Medianoche Roja

Abi.

Miré el paisaje sombrío a través de la ventana del carruaje. El reflejo del sol de media tarde me tenía soñolienta. Había sido una semana de viaje. Una semana en la que, no había parado de pensar en Jonathan y en su desaparición, hacía ya más de un mes.

Laura, mi doncella, a menudo se preocupaba por los surcos oscuros que habían comenzado a aparecer bajo mis ojos, como dos sombras devorando mi piel.

—Señorita, debe dormir más —había exclamado con preocupación.

Como si eso fuera posible.

—¡Abi, ya hemos llegado! —la voz chillona de Lukas, mi hermano pequeño, hizo eco en el espacio cerrado, sacándome de mis pensamientos.

No era buena idea que un niño de apenas ocho años viajara conmigo a la ciudad maldita. Así es como llamaban a Almandine. Durante cientos de años, muchos habían perdido la vida cada luna llena. Familias completas sufrían en su propia piel, la pérdida de sus seres queridos a manos de una criatura sedienta de venganza...O eso era lo que mamá me había contado una vez. Ni siquiera los mejores hechiceros del país, habían logrado erradicar la maldición que pesaba sobre sus habitantes, como una losa oscura y terrible.

Desde que nuestros padres fallecieron en aquel naufragio, nada había vuelto a ser lo mismo. Había procurado ser una madre para Lukas, y ocuparme de todos los asuntos personales de la familia, junto con Jonathan.

Jonathan.

El recuerdo de su sonrisa me estaba destrozando.

Cuando recibí la visita de un hombre enorme, de gafas pequeñas y anticuadas en el salón de nuestra casa, sabía que algo andaba mal. Recordaba a aquel tipo, ya que había visitado a papá en varias ocasiones.

Al parecer, Jonathan, había desaparecido misteriosamente y nos había dejado a Lukas y a mí, una carta sellada, con algún tipo de instrucción.

El hombre corpulento, nos informó de que, siguiendo lo que su cliente le había confiado, si pasaba más de un mes sin que recibiera noticias suyas, debía hacernos llegar la misiva. Según él, había insistido mucho en que, me trasladara personalmente a Almandine para saber el contenido de la misma.

Todo era demasiado extraño, como para no sentir curiosidad.

Mi mente se negaba a aceptar, que le hubiese sucedido algo malo. Pero como me dijo el hombre corpulento, que más tarde descubrí que se llamaba, James Arsden, todo era una posibilidad.

Jonathan y yo, habíamos crecido juntos. A pesar de que él, era varios años mayor que yo, siempre le había considerado como a un hermano. Hasta que eso cambió.

Almandine era todo lo contrario a Mistwick, nuestra pequeña ciudad. La primera, tenía una población de más de cincuenta mil habitantes. Todos malditos. Aquel pensamiento me hizo temblar.

Por lo que mamá me contó en una ocasión, en la que la curiosidad insaciable de Lukas, la había hecho responder a cientos de preguntas sobre la maldición de Almandine, la población vivía principalmente del comercio con otras ciudades y aldeas vecinas. Principalmente de cultivos y pieles de animales. En todo el reino, era conocida su feria de la cosecha, ya que personas de todos los rincones olvidaban la precaución, con la que el resto del año intentaban no acercarse al lugar, para evadirse y celebrar el final del otoño, y el comienzo del invierno.

La leyenda sobre Almandine, había corrido como la pólvora.

Todo el mundo especulaba acerca de lo que realmente sucedía en aquellos parajes, ya que la ciudad, estaba rodeada de un inmenso lago y un bosque, cuya hermosura, contaban, te hacía olvidar la oscuridad que se colaba entre sus calles.

No conocía mucho más de ese lugar y pensar que tenía que poner un pie ahí, era una idea nada seductora.

— ¿Y no puede traernos usted mismo la carta? - le pregunté con curiosidad —¿es totalmente necesario tener que viajar hasta allí?

El hombre se colocó las gafas con gesto nervioso.

—Jonathan insistió en que fuera en persona, ya que, según sus palabras, usted no movería un solo dedo, si no lo veía con sus propios ojos — exclamó, emitiendo un largo suspiro y continuó — yo solo cumplo su última voluntad.

—¿Ver el qué? —pregunté.

James se acercó sigilosamente, como si fuera a contarme el mayor secreto del mundo.

— A la bestia —sentenció.

Aquel recuerdo hizo que me estremeciera.

Ya no había vuelta atrás.

Lukas y yo, nos encaminamos hacia el despacho del señor Arsden. El carruaje atravesó las calles estrechas y adoquinadas hasta detenerse ante una puerta oscura, con símbolos rojos pintados en las paredes.

Bajé del carruaje seguida de mi hermano y me estiré. Había sido un viaje muy largo.

La puerta se abrió y el señor Arsden, asomó la cabeza con precaución.

— Pasen-dijo.

—¿Qué significan esos símbolos? -exclamó Lukas.

—Son protecciones. La magia no está permitida en Almandine, pero cada uno se protege como puede.

Enarqué una ceja.

—¿Y cómo pretende que unas marcas rojas en su puerta le protejan de la supuesta bestia, entonces? —pregunté.

—Porque son símbolos paganos, pertenecían a las antiguas tribus indígenas ya extintas de las montañas del norte. No es magia per se.

El hombre nos guio a una estancia al final del pasillo. Toda la casa estaba en penumbras y con las cortinas cerradas, por lo que tuvimos que valernos de un viejo candelabro, que James sostenía, para guiarnos.

La estancia en la que nos encontrábamos era pequeña y claustrofóbica. Una mesa de madera ocupaba gran parte de la habitación, frente a una ventana con las cortinas color crema, cerradas.

Un par de estanterías cubiertas de polvo y papeles por doquier, ocupaban el resto de la diminuta habitación.

—Aquí está —exclamó sacando la carta de uno de los cajones de la mesa — les pido como un favor personal, que cuando salgan por mi puerta, no regresen a este lugar. No me han visto y yo, no les he entregado nada.

Aquello me parecía excesivo, pero asentí.

—¿A qué viene tanta precaución? —preguntó Lukas.




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