Aquella mujer salió de la nada, literalmente.
Nuestros cuerpos chocaron cuando se giró de forma repentina, golpeando mi hombro derecho con fuerza.
Mierda.
—¿Te encuentras bien? — pregunté sosteniéndola con cuidado.
Ella me dedicó una mirada iracunda y se alejó.
—Podrías mirar por dónde caminas — gruñó.
Enarqué una ceja y resoplé.
—Eres tú, la que ha chocado conmigo, ¿de dónde demonios sales? — me defendí.
Menudo carácter.
Era menuda y delgada y llevaba el largo cabello castaño recogido en una trenza hasta la cintura. Sus ojos, enormes y expresivos me fulminaban sin compasión. Algunos mechones, se agitaban con la brisa, cubriéndole el rostro.
Era hermosa, muy hermosa.
—Estaba comprobando algo —exclamó, y acto seguido, se marchó calle abajo de donde sea que viniese, con paso decidido.
—No deberías caminar sola a estas horas, si eres forastera —grité.
Ella me ignoró.
Sonreí.
Había perdido el rastro de la daga. En esta ocasión no estaba solo, Ophelia estaba con él.
Dos pájaros de un tiro , me regañé.
Había perdido una oportunidad de oro. El viento sopló furioso, exteriorizando mi frustración.
Miré a la luna. Faltaba poco y me sentía preparado.
Quizás más que nunca.
Mi padre solía decirme que un hombre sabio, era paciente y sabía guardar la última carta para el final, sin mostrársela al enemigo. Bueno, había una carta que yo necesitaba tener, la que, con fortuna, lo cambiaría todo.
Caminé por las calles hasta altas horas de la madrugada, con rumbo a ninguna parte y ansioso, por una pelea, un buen polvo o una cerveza fría recorriendo mi garganta seca.
Llegué a casa y abrí la puerta con desgana. Hacía años que el silencio me recibía. Aunque tenía treinta años, ya conocía de cerca el significado de la pérdida.
Me miré al espejo, cansado.
El hombre que me devolvió la mirada estaba lleno de resentimiento y de venganza. Con fortuna, todo aquello terminaría pronto, para bien o para mal.
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Al día siguiente, caminé distraído hasta la posada de Marius. Éramos amigos desde niños y él era con diferencia, una de las personas en las que más confiaba.
El cielo, teñido de dorado y rosa me saludó, mientras caminaba hacia mi destino.
—El mercado os gustará —exclamó Marius hablando animadamente con una mujer y un niño.
La mujer, de espaldas a mí, me resultaba familiar... entonces, caí en la cuenta.
Hoy, su cabello no estaba trenzado, sino que caía en ondas suaves hasta su cintura. Llevaba un vestido rosado que realzaba su figura.
El niño, observaba atentamente a Marius, quien le sonreía con dulzura.
Como si se hubiera percatado de mi presencia, ella se giró y me observó fijamente. Marius y el niño la imitaron.
—Justo a tiempo-sonrió Marius.
No me gustaba esa expresión. Sabía lo que significaba.
—Este es Michael -explicó dirigiéndose a la mujer.
—Ya nos conocemos-respondió con sequedad.
—No voy a preguntar en qué términos —rio Marius.
Enarqué una ceja.
—No en el sentido en el que estás pensando —añadí. Ella puso los ojos en blanco.
—Y ellos son Abigail y Lukas Ashbluff.
—¿Ashbluff? —pregunté sorprendido.
Ella asintió extrañada.
Joder. Marius me miró de soslayo.
—Sería estupendo que les mostraras el mercado — exclamó.
—No tengo tiempo...
—Oh, ¡vamos!, puedes dejar lo que sea que estés haciendo para después.
—Me gustaría mucho verlo —exclamó Lukas con expectación.
Miré al niño de cabello castaño y sonrisa luminosa, cuyos ojos brillaban suplicantes. Me recordaba tanto a él...
—Está bien, pero sólo durante un rato.
—¿Has escuchado Abi? —sonrió triunfal.
—No necesitamos un guía —gruñó.
—Seguro que os lleváis muy bien —sonrió Marius.
Abi y yo nos miramos fijamente. Estaba claro que a ninguno le apetecía demasiado pasar tiempo con el otro.
— Perfecto, entonces puedes guiarte tú sola, ahorrándote el placer de mi compañía.
— Tienes un ego increíble, si te tienes en tan alta estima.
— Tengo varias cosas increíbles, de hecho.
Ella rio con ironía.
—Ya he escuchado demasiado —respondió, girándose para marcharse.
— Está claro, que no habéis empezado con muy bien pie —intervino Marius, lanzándome una mirada, cargada de significado.
—No me gusta perder mi tiempo, con muchachas estiradas.
Ella paró en seco y se giró, fulminándome con la mirada.
—Si vamos a jugar a deducir cosas de los demás, deduzco con qué tipo de mujeres te gusta calentar la cama, y estoy segura de que no son muchachas estiradas como yo.
Sonreí con malicia y me acerqué a ella.
—Muy acertado, y puedes estar muy tranquila, no eres mi tipo en absoluto.
—Menos mal, sería un esfuerzo inútil por tu parte.
—Coincidimos en algo —exclamé acortando la distancia entre nosotros.
Era varios centímetros más alto que ella, pero no mucho más. La miré con desdén y ella apretó los puños con ira.
Después, se giró y se alejó de mí a grandes zancadas. Lukas la siguió feliz.
Aquella mujer era irritante, pero tenía algo de mi interés... y Marius tenía razón en algo, no habíamos comenzado precisamente con muy bien pie.
—¿No crees que te has pasado de la raya? —exclamó Marius —teniendo en cuenta que tiene la carta de Jonathan.
— Ya me las arreglaré.
Y era cierto. Jonathan se había hecho un hueco, en los corazones de los habitantes de Almandine. Era de las pocas personas, que habían querido ayudarnos a romper la maldición y sabía, que había llegado a algún tipo de solución.
Y Abigail Ashbluff, tenía esa solución, en una simple carta.
Y esa carta sería mía, costase lo que costase.
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Editado: 17.06.2026