Decidí caminar por las calles de Almandine en busca de respuestas. Marius me había comentado que, no muy cerca de la posada, se encontraba el oráculo. Al parecer, era el descendiente de un adivino muy conocido en el país.
Tal vez podría preguntar por Jonathan, quizás, él podía darme las respuestas que tanto ansiaba.
Mi corazón latió rápido. Sentí el eco de la magia dentro de mí, luchando por salir. Respiré e intenté tranquilizarme, lo que menos deseaba era romper cosas a mi paso o herir a alguien, sin querer.
Llegué hasta el lugar, ahora abarrotado de gente.
Una gota cayó sobre mi rostro y resbaló por mi mejilla. Miré al cielo, ahora teñido de gris, estaba a punto de romper a llover.
Una fila de personas, esperaba ante una pequeña casa cuya entrada estaba tapada por una cortina color burdeos.
Lo que no esperaba era encontrar a Michael, apoyado en una de las paredes cercanas. Tenía los brazos cruzados sobre su pecho y parecía analizar a la multitud desde la distancia.
La camisa se le ajustaba, marcando sus brazos musculosos. Su cabello estaba revuelto y se agitaba ligeramente con la brisa que había comenzado a soplar.
Miró hacia el cielo y se limpió varias gotas del rostro.
Me ruboricé. No debería estar pensando en lo atractivo que me parecía, incluso haciendo ese gesto tan mundano.
Caminé hacia la multitud y me acerqué a una señora entrada en años, que hablaba animadamente con una niña.
-Disculpe -dije tocándola el hombro con suavidad. Ella me miró con el ceño fruncido -¿es aquí donde puedo visitar al oráculo?.
-¿Por qué crees que estamos esperando? -gruñó.
-Casi diría que me estás siguiendo...
No hizo falta girarme, para saber a quién pertenecía aquella voz.
MIchael se había acercado hasta situarse a mi lado y me miraba extrañado.
-Podría decir lo mismo.
Él sonrió de medio lado y se acercó a mi oreja.
-¿Vienes a preguntar por Jonathan, no?.
-Eso no es de tu incumbencia.
-Tienes razón -susurró -pero siento curiosidad.
-¿Y tú? -pregunté.
-Vengo por la maldición.
Miré a mi alrededor, las personas que nos rodeaban conversaban como si no fueran presa de la maldición y de ese demonio de ojos rojos.
-Parece que eres el único que intenta ser libre. Actúan como si no les importara.
-Han perdido la esperanza -respondió y la tristeza cruzó su semblante -han sufrido mucho.
-Y sin embargo, tú eres el único que se juega el cuello cada luna llena, para salvarlos a todos.
Michael me miró y me dedicó una sonrisa triste.
-Es lo que siempre he hecho.
La lluvia comenzó a caer con fuerza. Empapándome hasta los huesos.
Muchas de las personas que esperaban en la fila, se dispersaron despejando la entrada.
Me acerqué y una voz grave, me llamó desde dentro.
-Pasa, Abigail Ashbluff, te esperaba.
Un hombre de mediana edad con cabello dorado y una barba enorme, me sonrió apartando la cortina a mi paso, e invitándome a entrar.
La magia palpitó en mis manos. Agarré mi vestido con fuerza y me armé de valor. Me giré para observar a Michael, pero este había desaparecido, seguramente, refugiándose de la lluvia en alguna parte.
El interior de la pequeña estancia, estaba alumbrado por velas que titilaban con la brisa. Olía francamente mal y todo estaba sucio y desordenado.
-Pasa-dijo una voz desde el fondo.
Estaba tan oscuro que no podía distinguir su rostro.
Frente a él, una mesa con un cuenco de madera y lo que parecía una extraña bola de cristal.
Todo parecía místico e inquietante. De repente, las velas ardieron con más intensidad y pude ver su rostro.
Era un chico joven, con una belleza sobrenatural. Su cabello, era corto y lo llevaba grasiento y despeinado, recogido hacia atrás.
Era albino y estaba extremadamente delgado y pálido.
Vestía una túnica blanca con una serie de simbolos dorados.
Nunca había conocido a alguien con esa apariencia, no en Mistwick. El chico me hizo un gesto para que me sentara frente a él.
Le miré y sus ojos, blancos y translúcidos, me observaron. Un brillo espectral le recorrió la mirada, mientras me sonreía.
-Has tardado más de lo que esperaba, catalizadora.
Me tensé.
-Dame tu mano, no te haré daño.
Obedecí a regañadientes. El adivino, dibujó con sus largos dedos huesudos las líneas de la palma de mi mano.
-El pasado no te dará lo que buscas.
-¿Y qué significa eso?
-Eso tendrás que descubrirlo por tí misma. Pero te diré algo, pequeña bruja, la valentía, en ocasiones no viene de actos heroicos, sino de tomar las decisiones más justas, aunque nos rompan el corazón. La maldición te abrazará y te arrastrará al abismo, pero el amor te traerá de regreso... -dijo, mirando por encima de mi hombro, hacía la entrada.
-¿Cómo es eso posible? Yo no estoy maldita...
-Veo dos caminos, el futuro de Almandine en tus manos. Elige con sabiduría. Cuando llegue el momento, usa tu ventaja en su contra.
El vidente presionó mi palma y me dio la impresión de que sus ojos brillaron.
No entendía nada. Sus palabras eran demasiado crípticas y no tenían ningún sentido para mí.
-Quiero saber qué le sucedió a Jonathan...
El vidente me miró, sus ojos blancos observándome en silencio.
-Lo sabrás a su debido tiempo.
-¿Está muerto? -pregunté, el corazón a punto de romperme el pecho.
Antes de que el oráculo me respondiera, el hombre de la barba entró de manera repentina y me levantó con brusquedad.
-Lo lamento, señorita, su tiempo ha terminado.
-¡Suélteme! Puedo caminar sola - dije de mala gana, zafándome de él con fuerza.
-No le hagas daño -exclamó Nicholas apretando los puños.
Aquel hombre me miró con lascivia y se lamió el labio inferior.
-No vuelva a ponerme sus sucias manos encima -dije iracunda.
- Es usted muy guapa, pero muy respondona. Alguien debería enseñarle una lección - dijo, acercándose lentamente a mí, como si fuera un felino a punto de atacar a su presa.
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Editado: 17.06.2026