Marius había llamado a la misma sanadora que había ayudado a Lukas, para sanar a Michael.
Este, se encontraba en la posada, descansando. Cuando le pregunté sobre lo que le había sucedido, me dijo que no era la persona idónea para hablar del tema.
No podía evitar preguntarme si se encontraba bien. La tarde anterior, me había sorprendido frente a la puerta de su habitación, mis nudillos rozando la madera, a punto de golpear.
No. Me había dicho, antes de llamar. Finalmente, había regresado con Marius y Lukas.
Quería saber qué había sucedido con Jonathan, y para eso, tenía que descubrir en qué andaba metido.
-Háblame sobre la maldición -pregunté a Marius al regresar.
Este me miró sorprendido.
-Vas directa al grano, Ashbluff -dijo, negando con la cabeza, mientras sonreía.
Llevaba el cabello dorado recogido. Sus ojos me miraban con cautela. Marius miró a nuestro alrededor y se acercó a mí, como quien va a desvelar el mayor de los secretos.
A esa hora la posada, estaba llena. Dos chicas jóvenes, atendían a los comensales y servian jarras de cerveza y otras bebidas que desconocía. Me senté junto a él y a Lukas, y esperé con impaciencia.
-¿Qué deseas saber?
-Todo -respondí.
-Sólo para asegurarme, ¿esto tiene algo que ver con lo de Michael?
-Con Jonathan -me apresuré a responder. No estaba mintiendo, o no del todo.
-Entiendo. Esta será una historia larga...
-No tengo prisa -solté.
Marius se colocó las lentes con cuidado y suspiró.
-Veréis, todo comenzó hace más quinientos años. Tharion el viejo, era el mejor hechicero del país, y el más temido. Practicaba magia oscura, realizaba favores a los aldeanos de Almandine a cambio de algo. Era un intelectual totalmente obsesionado con la inmortalidad y el control del tiempo.
-Un hechicero de la sangre -susurré. Marius asintió.
-¿Favores, de qué tipo? - preguntó Lukas con curiosidad.
-De todo tipo, amorosos, de cura de enfermedades incluso, había aldeanos que le pedían resucitar a sus seres queridos, cosa que, lógicamente no podía hacer. Llegó el día, en el que el viejo hechicero realizó un ritual para invocar a un demonio del inframundo, a cambio de que le concediera la inmortalidad. Aquel demonio, le dijo que sólo le concedería la inmortalidad, cuando derramara la sangre de los hijos de Almandine. El hechicero horrorizado por la petición no accedió, pero siguió con aquella terrible y retorcida idea en la cabeza...día tras día, hora tras hora.
Investigó en antiguos libros de magia negra y encontró un conjuro, algo retorcido y oscuro que definitivamente, serviría a su propósito. Necesitaba que alguien, derramara la sangre de los hijos de Almandine sin que él, se manchase las manos.
Alguien, que estuviese tan desesperado, que accediese a realizar un trato con él.
Por aquel entonces, una familia de nobles, se habían mudado a vivir a esta tranquila zona del país, ya que su padre estaba muy enfermo y deseaba pasar sus últimos días en paz.
Este viejo noble, tenía tres hijos. A la medianoche de un primero de diciembre lluvioso, bajo la luna llena, el padre ya moribundo mandó llamar a sus tres hijos para despedirse, ya que sabía que la muerte llamaría a su puerta. El mayor de los tres hermanos, desesperado, les preguntó a sus criados por el hechicero del que tanto había oído hablar. Estos temerosos, le advirtieron que no hiciera tratos con él, ya que, a pesar de que sus deseos se cumplían, nunca terminaban bien, y siempre se pagaba muy caro.
Uno de ellos, el más leal y que había estado gran parte de su vida al servicio de aquella familia, le suplicó que no hiciera ningún pacto, ya que tenía la capacidad de ver el porvenir y sabía que el precio sería demasiado alto, para todos.
Su señor no le escuchó, hizo traer un carruaje y montó en él a su difunto padre y a sus hermanos y partió en mitad de una tormenta.
Cuando llegaron a casa del hechicero, este lo tomó como una señal y comenzó a planear la manera de realizar ese pacto.
Los tres hermanos, le suplicaron que le salvara la vida a su moribundo padre, a cambio de oro, de tierras e incluso de títulos. Tharion lo rechazó todo, pero les dijo que había una manera... si uno de ellos, accedía a derramar la sangre de los hijos de Almandine en su nombre, a ser su instrumento, le devolvería la buena salud a su padre.
Pelearon entre ellos para ver quién se sacrificaría. Finalmente, el mayor de los tres accedió.
Su nombre era Lucian.
Cuentan que hubo lágrimas y despedidas. El hechicero realizó un ritual de sangre y el demonio apareció de la nada. Lo que este desconocía, es que el más leal sirviente de la familia, Thomas, había visto lo que les sucedería a todos y dio la voz de alarma en Almandine, antes incluso, de que su señor decidiera partir a casa de Tharion.
Un grupo de hombres y mujeres de Almandine, se armaron con espadas, hachas y antorchas y marcharon durante la noche tormentosa, en busca del hechicero para ajusticiarlo, hartos de sus trucos oscuros y de sus pactos con el mal.
Dicen que los rayos iluminaban la noche oscura a su paso, como si los dioses hubiesen decidido por fin, dar paz al pequeño pueblo.
Cuando Tharion, estaba a punto de derramar la sangre del primogénito para congratular al demonio y convertirlo en su arma contra los habitantes, Thomas, apareció con su caballo y le ordenó que parara o moriría a manos de la multitud.
El primogénito se enfadó tanto, que golpeó al leal sirviente, rompiéndole la nariz y dejándole inconsciente.
Cuando la multitud llegó, el demonio, aquel ser que había invocado, comenzó a impacientarse y le exigió al hechicero que no le hiciera perder más su tiempo. Pero fue demasiado tarde, Tharion, no pudo terminar su pacto ya que los aldeanos furiosos lo sacaron de rastras y lo golpearon hasta casi matarlo.
El demonio enfurecido, maldijo a los aldeanos. Cada luna llena, a medianoche, una bestia infernal se cobraría en sangre su interrupción. Entonces, su magia oscura convirtió al primogénito en la bestia de la que hablaba, ya que había aceptado el pacto no concluido del hechicero.
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Editado: 17.06.2026