Medianoche Roja

Viktor.

Colarme en casa de Lordiel, fue sencillo. Sabía que estaba en la posada con compañía...Ophelia se había encargado de avisarme con suficiente antelación.

La pequeña casa del herrero, estaba colocada y limpia, todo ordenado al milímetro. Esperaba que el adivino estuviera en lo cierto, sino, me vería obligado a encargarme de él.

Rebusqué entre las posesiones de Michael, sin poner excesivo cuidado en colocar las cosas en su lugar. Lo cierto es que, me importaba una mierda si sabía que había estado ahí.

Subí a la planta superior hasta su habitación. Era pequeña y para sorpresa de nadie, estaba totalmente ordenada.

Observé la habitación en silencio y algo llamó mi atención. Al fondo, había un pequeño estante de madera con algunos libros viejos y pulcramente colocados. Me acerqué y rebusqué en su interior, lanzándolos sobre la cama y el suelo sin cuidado.

Algo cayó a mis pies de un viejo libro con el lomo raído. Sonreí. Varias cartas estaban atadas con un cordel desgastado.

Bien, pensé.

Rompí el cordel y fui leyendo hasta encontrar la que buscaba.

Michael escribía a una tal Hannah. ¿Sería una familiar, una amante?. En la carta, la espada de Almandine, compartía con ella lo que había averiguado sobre la ubicación del descendiente.

Doblé la carta y la guardé. Acto seguido, saqué una de mis dagas y la clavé en el armario con fuerza.

Ahora ese bastardo sabría que había estado aquí.

Debía darme prisa. Si lo que decía en la carta era cierto, aquella mujer, Hannah, estaría buscando al descendiente.

Esto iba a ser divertido.

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—El descendiente está en la capital —exclamé, mientras me tumbaba en el sofá con una sonrisa satisfecha. Saqué la carta doblada y arrugada que le había robado a Michael, y la agité.

Lucian me devolvió la sonrisa.

—Prepárate para partir lo antes posible. Aprovecha el festival de la Cosecha.

—¿Qué harás tú? —pregunté, poniendo ambas manos bajo mi cabeza.

Lucian permaneció en silencio durante unos segundos y después me dedicó una mirada llena de significado.

—Acudiré al festival.

Me levanté casi de manera inconsciente. Mi hermano había perdido el juicio.

—¿Por qué, Lucian? Es peligroso y un riesgo innecesario.

—Estoy harto de esconderme. Ninguno de ellos ha visto mi rostro y por una vez, deseo aferrarme a mi humanidad Viktor, ¿ acaso es eso mucho pedir?.

Apreté los puños con ira y me acerqué a él , mientras permanecía impasible.

—Nos estás poniendo en riesgo a todos, por un capricho —gruñí.

—Entonces, date prisa, encuentra al descendiente y acabemos con esto de una vez.

Sus ojos brillaron, tornándose de un rojo intenso. Me alejé. En ocasiones, no sabía donde comenzaba la bestia y terminaba mi hermano.

—Si te descubren, y algo sale mal, no estaré aquí para salvarte el culo esta vez, ¿ eres consciente de eso? —dije airado.

—Nadie me descubrirá. Nadie espera que el monstruo al que tanto odian, camine por sus calles durante el festival. Relájate. Eres el único que puede salir de Almandine, eres el único, en el que puedo confiar.

—Utilizas cualquier excusa para recordarme que soy un bastardo.

—Eres mi hermano —exclamó, dándome un ligero apretón en el hombro —nunca lo olvides.

—Me marcho mañana al alba. Piensa bien en lo del festival, Lucian. Si algo os sucediera a Ophelia o a tí...

— Estaremos bien —me interrumpió —ve.

Lucian me abrazó antes de que me marchara. La realidad era que yo era un bastardo, el único, al que la maldición no había tocado de lleno. Sin embargo, ni a Lucian ni a Ophelia parecía importarles. Ellos eran mi familia y haría cualquier cosa por ellos.

Encontré a Ophelia en su habitación. Un montón de vestidos estaban esparcidos de cualquier manera, sobre la cama. Levantó la cabeza cuando notó que la observaba, apoyado en el marco de la puerta.

—No me lo digas, para el festival... —exclamé divertido.

—¿Nos acompañarás?

—No puedo. He de partir al alba, hacia la capital.

—¿Es por el descendiente? —preguntó, cogiendo un vestido rosado de su inmenso armario.

Asentí.

—Necesito que averigues quién es Hannah.

Ella me miró con el ceño fruncido.

—Michael se escribe cartas con una mujer llamada Hannah.Como pensábamos, van tras el descendiente, y ella sabe donde encontrarlo. Necesito saber quién es, y donde localizarla.

—Está bien —dijo con una sonrisa.

—Necesito esa información , antes del alba.

Ophelia suspiró resignada, pero asintió.

—Cuida de Lucian en mi ausencia y no...

—Llames mucho la atención —rió, —lo sé.

A sus veintitrés años, Ophelia parecia una niña. Sus ojos, expresivos y vivos, denotaban inteligencia. No estaba de acuerdo, con muchas de las cosas que hacía. Sabía que usaba su belleza y su cuerpo, para conseguir siempre lo que quería, pero para mí, siempre sería mi hermana pequeña. Sin embargo, mientras la observaba juguetear con esos vestidos, me di cuenta de que , siempre sería dueña de sus decisiones. Y eso era algo que envidiaba.

Yo siempre había vivido a la sombra de Lucian. Siempre sería el bastardo, aquel al que en un arrebato de bondad, su padre había perdonado la vida, en lugar de dejarlo pudrirse a su suerte.

Lucian, había endurecido su corazón con el paso de los años. Su única obsesión era protegernos de la maldición, y si para eso, tenía que asesinar a personas inocentes a sangre fría, nada podía detenerlo. Ophelia, por otro lado, parecía disfrutar manipulando a los demás.

La oscuridad estaba impresa en su alma joven. En ocasiones, había sacado a la fuerza de sus hogares, a algún habitante de Almandine para nuestro hermano, incluidos niños y ancianos. Por lo general, usaba una droga natural a veces, incluso los envenenaba.

Nunca había mostrado su rostro. Éramos dos monstruos, condenados a ser invisibles a ojos del mundo.




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