Medianoche Roja

Michael.

Ella no debería haber visto eso. Entonces, ¿por qué me importaba tanto lo que pensara al respecto?.

Cuando vi cómo había destrozado la habitación, me di cuenta de que no debía estar cerca de ella. Lo había visto en sus ojos ámbar....la ira , la desconfianza. Esos ojos, a los que podría mirar por toda la eternidad. Era absurdo negar que me atraía, sin embargo no iba a arrastrarla a la muerte y la oscuridad.

La imagen de Violet vino a mi cabeza, casi como un resorte, peleando por el terreno de mi mente, con garras y dientes.

No me olvides, parecía gritar.

Ojalá estuviera aquí. Ojalá esto fuera una pesadilla.

Cuando entré en casa, sabía que algo no iba bien. Mis cosas estaban esparcidas por el suelo y la puerta de entrada, había sido forzada. Cogí mi espada con cautela y analicé mi entorno.

Mierda.

Subí a la planta superior y revisé todas las habitaciones hasta llegar a la mía.

Mis libros estaban rotos y tirados sobre la cama y el suelo. Las cartas habían desaparecido...

Y ahí estaba. Una daga clavada en el armario, como la firma macabra de su autor.

Iba a matar a ese hijo de puta.

Ahora ellos conocían la información y teníamos un problema.

Me senté sobre la cama , abatido. Confiaba en que Hannah, le encontrase y pronto.

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Encontré a Marius charlando animadamente con Lukas y Abi, cuando llegué a la posada.

Aquella noche, se celebraba el festival de la cosecha y todos estaban entusiasmados. Todos, excepto yo.

Aquella celebración me recordaba demasiado a Violet, demasiado a Tobby, a una época en la que, a pesar de la maldición, era feliz. Todo se había ido a la mierda en un pestañeo.

Sacudí la cabeza para hacer desaparecer los recuerdos con desesperación. Me había prometido a mí mismo ser fuerte, se lo había prometido a mi padre. La cuestión era que no sabía si viviría mucho más tiempo para cumplir esa promesa.

Deseaba acabar con la bestia y su estirpe. Pagarían con su sangre, lo que nos habían hecho a todos, a Tobby.

Apreté los puños con ira y respiré hondo.

Abi se percató de mi cercanía y se giró levemente para mirarme. Después frunció el ceño.

—¿Él va a acompañarnos? — exclamó.

Marius y Lukas me miraron. El pequeño de los Ashbluff se acercó a mí y me abrazó. Aquel gesto me pilló desprevenido, por lo que me quedé inmóvil durante varios segundos. El chico me miró, los ojos brillando de emoción. Le sonreí y le devolví el abrazo.

—¿No te dije que Michael vendría con nosotros?.

Marius le dedicó una falsa sonrisa de disculpa a Abi, quién le fulminó con la mirada.

—¿Es verdad que fabricas espadas que brillan? —exclamó Lukas entusiasmado.

Me encantaba este crio. Me agaché poniéndome a su altura.

—Totalmente.

—¿Podrías enseñarme?

—Lukas... —le regañó Abi —ya hemos hablado de eso. Nadie va a enseñarte a fabricar armas con tu edad.

—Aguafiestas... —se quejó el pequeño de forma dramática.

—Si vas a estar de un humor de perros, deberías quedarte en la posada —le dije a Abi dedicándole una sonrisa de medio lado.

—Está muy irritable últimamente —dijo Lukas con resignación —hasta destrozó el armario de nuestra habitación.

Abi abrió los ojos por el comentario de su hermano y se ruborizó. Jugueteó con el dobladillo de su vestido azul , en un intento por disimular.

—Lukas... —exclamó.

La miré y sonreí con malicia. Ella me devolvió la mirada y puso los ojos en blanco, visiblemente molesta.

—No voy a dejar a mi hermano solo con vosotros dos. A saber a qué clase de perversiones le expondríais en mi ausencia...

Marius levantó ambas manos en un acto de defensa.

—¡Eh! A mí no me metas... —rió.

La miré de nuevo y crucé los brazos sobre el pecho.

— Relájate Ashbluff , ya sé que eres muy puritana.

Ella apretó los puños y se giró dándome la espalda a propósito.

—Vamos Lukas, tenemos que vestirnos para el festival.

—¿Qué significa puritana? —preguntó el pequeño mientras subían las escaleras apresuradamente.

No llegué a escuchar la respuesta, pero no podía explicar la satisfacción que sentía al molestarla. Sonreí como un idiota, sin percatarme que Marius me observaba.

—¿Qué ha sido eso Lordiel? —exclamó situándose a mi lado, con una sonrisa divertida —¿te gusta?.

—No —mentí.

—A mí no puedes engañarme, te conozco demasiado bien —rió, dándome una palmadita en la espalda.

—No pretendo cortejarla, si es eso a lo que te refieres.

—Si no lo haces tú, lo haré yo —bromeó.

—Adelante... —exclamé como si no me importara.

—No puedes encerrarte en tí mismo eternamente, Michael. Date una oportunidad de ser feliz.

No podía hacerlo. Me aterraba la idea de amar a otra persona, de sentirme vivo, de apostar por algo que quizás, no terminara bien. No podía permitirme amar a nadie, sin saber si en unos meses vería un nuevo amanecer.

Abi era una buena persona. No podía hacerle daño. Prefería quedar como un imbécil arrogante ante ella, que hacerle eso a ella.

No, definitivamente no.

La felicidad era algo con lo que no podía fantasear.

Marius me observó en silencio esperando alguna respuesta sarcástica, que nunca llegó.

—Por cierto, ¿qué hay de Hannah? Hace mucho que no me hablas de ella —preguntó.

Hannah solía visitarme un par de veces al año, ya que no estaba sujeta a la maldición. Ella y Marius tenían buena relación, 'podría decirse que Hannah siempre había sido el amor platónico de Marius, desde que había cumplido la mayoría de edad. Sonreí al recordar aquel verano en el bosque, en el que él había intentado besarla y ella le había pateado las pelotas.

Menudo imbécil.

La había entrenado en el uso de la espada desde que era una niña. Era jodidamente buena, me atrevería a decir que incluso, mejor que yo. Mi hermana había puesto el grito en el cielo, cuando su pequeña niña de doce años, había aparecido en casa una mañana blandiendo una espada corta y asustando a Roger, el gato atigrado al que a veces alimentaban.




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