Medianoche Roja

Abi.

Michael me dedicaba alguna mirada de soslayo, suponiendo que no me daba cuenta.

Desconocía que de pequeña uno de mis juegos favoritos, era ignorar a mis primos mayores, George y Russell durante horas. Era un juego estúpido, visto con perspectiva, ya que la única regla era no reirse de las payasadas de los demás, intentando ignorarlos durante el mayor tiempo posible.

Si finalmente conseguían hacerte reir, debías hacer el reto que te propusieran los vencedores. Normalmente eran retos humillantes y que terminaban con algún castigo por parte de nuestros padres.

Suspiré. Mi aliento se evaporó en el frío de la noche, entremezclándose con una pequeña neblina que venía del bosque, y a la que los habitantes de Almandine, estaban más que acostumbrados. Sin embargo, a mí me parecía espeluznante.

Paseamos entre los puestos , intentando esquivar a la multitud. Nunca había visto a tantas personas congregadas en un mismo lugar.

En Mistwick, celebrábamos la llegada de la primavera con bailes y música a las afueras de nuestra pequeña ciudad. A pesar de que , muchas personas acudían a disfrutar del evento, no recordaba haber visto a tantos merodeando en el mismo lugar.

Era un poco agobiante.

Marius , Michael y Lukas, iban encabezando la marcha , mientras yo, rezagada, admiraba varios de los puestos, deteniéndome de continuo.

Podía ver la cara de fastidio de Michael, y por esa razón, única y exclusivamente, me empeñaba en prolongar mis paradas practicamente en todas partes. Estaba guapo, con su cabello corto y sin barba.

Me paré frente a un pequeño puesto de sidra especiada. Era realmente tentadora. En los puestos colindantes, observé panes aromatizados de diferentes cereales, tartas de frutas silvestres y quesos artesanales.

- Señorita, ¿desea un amuleto para atraer la buena suerte?

Una señora de mediana edad con el cabello canoso recogido en una larga trenza, me sonreía con simpatía. Llevaba varios amuletos de diversos colores y talismanes, contra los malos espíritus.

Le dediqué una sonrisa tímida y me acerqué para contemplarlos.

-Toma, puedes cogerlo -exclamó, cuando noto mi curiosidad, por un cristal de color dorado.

- Es una amaterisa - dijo una voz grave a mi espalda.

Me giré levemente, para toparme con unos profundos ojos oscuros, que me escudriñaban de cerca. El hombre era alto, muy alto, y su belleza rozaba lo sobrenatural. Llevaba su largo cabello oscuro recogido y vestía totalmente de negro, dándole un aspecto sofisticado.

Su nariz era recta, sus pómulos elevados y su piel pálida. Era el hombre más hermoso que jamás había contemplado.

El hombre, no aparentaba más de veintiocho o treinta años. Pero su seriedad y su mirada profunda le daban un aspecto regio, impropios de alguien de esa edad.

Como si me leyera el pensamiento, sonrió, mostrando una hilera de dientes blancos y perfectos.

Se acercó a la piedra dorada y la sostuvo con delicadeza. Observé a la mujer , quien miraba al hombre con asombro.

-¿Puedo? -le preguntó, antes de sostenerla entre sus largos dedos. La mujer asintió.

-Con ese rostro, no puedo negarte nada, jovencito -exclamó.

-La amaterisa, era conocida como la piedra de la luz o piedra de la buenaventura. Cuentan , que repele a los malos espíritus y otorga claridad en tiempos de sombras.

-Estoy impresionada - exclamé.

El hombre sonrió y sacó de debajo de su camisa una amaterisa, idéntica a la que la mujer nos había mostrado.

-Soy Abigail -dije con amabilidad.

-William -respondió, observándome de nuevo, con esos ojos impenetrables y extraños.

De repente, caí en la cuenta de que, me había despistado y desconocía dónde estaban Lukas y los demás. William miró en mi dirección.

-¿Te has perdido?.

-Eso creo.

-Disculpe señor -carraspeó la mujer -¿va a comprarla?

William sacó unas monedas y se las ofreció. La mujer las recogió con premura y se alejó a grandes zancadas.

-Para tí -exclamó.

Abrí los ojos por la sorpresa y negué con la cabeza.

-Lo lamento, no puedo aceptarlo.

-Insisto -exclamó cogiendo mi mano, y poniendo la piedra dorada sobre mi palma helada, por el frío de la noche -es tuya.

La magia comenzó a palpitar frenéticamente bajo mi pecho. Cerré los ojos y respiré profundamente. No podía dejar que me controlara, no ahí ante tantas personas desconocidas, que no dudarían en eliminarme, si descubrían que era una catalizadora.

-¿Te encuentras bien?

-Sí, es solo...que me he mareado entre tanta gente. No me gustan demasiado las multitudes -mentí.

-Te guiaré fuera de aquí -dijo posando su mano en la parte baja de mi espalda para guiarme. Un escalofrío me recorrió.

Aquel hombre, era extraño. Sus ojos, parecían dos pozos indescifrables que ocultaban miles de secretos. Caminaba con mucha seguridad, como si hubiese recorrido aquellas calles, cientos,sino miles de veces.

Llegamos al final del recorrido , donde la multitud comenzaba a dispersarse dejando un mayor espacio libre, para deambular.

-¿Te encuentras mejor? -preguntó.

-Sí, gracias por sacarme de ese agujero -espeté -parece que conoces bien Almandine, ¿vives aquí?.

Él sonrió y miró hacia el horizonte. La luz de la luna, se reflejó en sus ojos oscuros.

-No, pero he visitado la ciudad alguna vez.

-Entonces debo felicitarte, posees una excelente orientación.

-Podría decirse que sí.

Había algo hipnótico en la manera en la que me miraba. Algo aterrador y bello al mismo tiempo. William, parecía un príncipe oscuro sacado de un hermoso cuento macabro.

-Debería irme -dije evitando su mirada -mi hermano y mis amigos deben estar preocupados.

Él asintió y desvió la mirada hacia el final de la calle. Un grupo de jóvenes de no más de veinte años, molestaban a dos chicas que caminaban entre la multitud, gritándoles cosas obscenas.

Las chicas se escabuyeron aterradas hacia donde nos encontrábamos.




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