Medianoche Roja

Abi.

William llegaba tarde y yo comenzaba a impacientarme. ¿Y si se había olvidado de nuestra cita?. Michael tenía razón, no había parado de pensar en nuestros besos en toda la tarde.

Maldito idiota.

La cafetería era preciosa, una construcción de piedra cubierta de enredaderas con flores de tonos azules, blancos y rosados. Las ventanas redondeadas, reflejaban la luz ambarina del atardecer. Me encontraba sentada en una de las mesas de hierro forjado, bajo grandes pérgolas cubiertas de flores, en un pequeño jardín trasero.

Una leve brisa meció con suavidad los mechones sueltos de mi trenza. Cerré los ojos, en escasas ocasiones había sentido esa paz. Podía escuchar al resto de personas sentadas en las mesas colindantes charlar y reir .

De repente, un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿ No se supone que es el caballero quien debe esperar? —William me dedicó una sonrisa.

—Soy una mujer algo atípica —exclamé.

William tomó asiento a mi lado. En esta ocasión llevaba su cabello suelto , una camisa blanca y unos pantalones de algodón oscuros. Estaba muy elegante.

—¿Te he hecho esperar demasiado?.

—En absoluto —sonreí.

William me observaba fijamente con esos profundos ojos oscuros. Algo dorado brilló en su pecho, emitiendo pequeños destellos con la luz del atardecer.

Él siguió mi mirada y sonrió.

—¿Llevas la tuya?

Saqué tímidamente la amaterisa de la bolsita que llevaba colgada en mi cinturón, oculta, por los pliegues de mi vestido y se lo mostré.

William pareció complacido.

—¿Puedo? —exclamó, extendiendo su mano para sostener mi piedra.

Se la ofrecí y él la sostuvo en su palma. El cristal brilló de manera impresionante, y acto seguido su luz se extinguió.

—En las profecías antiguas, se contaba que un intercambio de amaterisas atraía la buena suerte y funcionaba como amuleto de protección. Siempre que fuera voluntariamente y de corazón.

—¿Me estás sugiriendo algo? —pregunté con curiosidad.

—Sólo si tú lo deseas, podemos intercambiar las nuestras —dijo.

William se sacó el colgante y me lo ofreció. Aquel gesto era demasiado íntimo, dudé.

—Acéptalo, por favor. Te protegerá.

Tomé su cristal y este brilló en mis manos, con un hermoso tono dorado.

—Ahora te pertenece, acude a él cada vez que lo necesites.

Iba a preguntarle qué significaba eso, cuando llamó al mesero y pidió dos tés. Nos sirvieron rápidamente, solo que en lugar de él, fue su hija quien nos los trajo embobada, por su presencia.

Ni siquiera me miró.

Aquel hombre llamaba la atención de todas las mujeres a nuestro alrededor. Y podía entenderlo, ya que su belleza era atípica, casi sobrenatural. Algunas mujeres le miraban de forma descarada y otras, le dedicaban miradas tímidas desde la distancia.

—Parece que todas las damas a nuestro alrededor, te observan de cerca — reí, dando un sorbo a mi té.

William se giró y miró brevemente a nuestro alrededor, acto seguido, volvió su mirada hacia mí.

—Lástima que solo me interese una — respondió, observando mi reacción.

Me sonrojé. Él sonrió, dando un sorbo a su té humeante. No sabía qué responder a su halago y permanecí en silencio.

— ¿ Llegaste bien a la posada? —preguntó —la otra noche.

—Si gracias , y también, gracias por las rosas, eran preciosas – respondí con timidez.

—No me de las gracias, siento que no te hacen justicia. ¿ Sabes por qué te invité a tomar el té , Abigail?.

—Lo cierto es que no – exclamé.

—Porque eres diferente.

—¿ Y eso es algo, bueno?.

—Es algo excelente, de hecho. La mayoría de mujeres que he conocido, solo se preocupan de lo superfluo, compiten por llamar la atención de los hombres , sin embargo, tú te esfuerzas por no ser vista. Eso me intriga.

—¿Y todo eso lo sabes, por nuestro encuentro de la otra noche? —pregunté curiosa.

Él sonrió.

—Puedo percibir el interior de las personas, sus miedos, sus anhelos , sus culpas... fue muy sencillo leerte — exclamó —noté tu magia, casi de inmediato.

—¿Magia? —pregunté con temor. ¿Sería posible que William la hubiese percibido?. Mi madre me había advertido de niña sobre los peligros de mostrar abiertamente la magia a desconocidos.

—No te preocupes, no voy a delatarte. Sé que los habitantes de Almandine no ven con buenos ojos la magia...

—Estoy impresionada.

William me miró durante unos segundos. Sentí como su mirada leía mi alma, con tanta profundidad, que me incomodó.

—Tu mayor anhelo, es ser amada, ser vista, ser importante para alguien.¿Me equivoco?

Se me heló la sangre. Nadie nunca había acertado tanto con algo tan personal, y no sabía cómo sentirme al respecto.

Tragué saliva.

—Te he incomodado.

—No , está bien — sonreí con tristeza — todo lo que dijiste es verdad. Tienes un don extraordinario. ¿Eres un brujo?

— No exactamente. Lo que yo soy, es complicado.

—Tengo la mente abierta, sé lo que se siente al ser un bicho raro —exclamé, toquetando el colgante de la amaterisa. La piedra emitió un ligero brillo apenas perceptible y me hizo cosquillas en la palma de la mano. William me observó con atención.

—Se ha conectado a tí. Los cristales son seres vivos, pueden potenciar las emociones, por ello una catalizadora, podría usarlo para controlar su magia.

— ¿Es por esa razón por la que la llevas siempre encima, para controlar tus emociones? —pregunté.

— Algún día te contaré porqué. ¿Te apetece dar un paseo? Hace un día maravilloso — exclamó.

—Me encantaría, pero me temo que debo regresar, mañana parto temprano a la capital. Quizás otro día.

El semblante de William se tornó frío de repente.

— ¿Puedo preguntarte por qué?

—Voy a visitar a una vieja amiga —mentí, aunque no era del todo falso. No podía desvelar la verdadera razón por la que debía encontrar a Hannah antes de que el hermano de la bestia tomara la delantera, o todos acabarían muertos.




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