Medianoche Roja

Hannah.

Mi puño se estrelló en su nariz. Escuché el crujido del hueso al quebrarse y el tipo cayó al suelo con un alarido. Era la tercera vez esta semana, en la que tenía que echar a patadas a algún indeseable. Desde que el hijo de puta de Kimer y su grupito de perros falderos, se había mudado a la Capital, los altercados se sucedían día sí, día también, con todo lo que eso conllevaba...más gastos para reparar el mobiliario echado a perder, con las peleas.

—Lárgate de aquí — dije, poniendo mi pie sobre su cabeza con fuerza.

—Vas a pagarlo con la vida, zorra — gruñó , intentando levantarse.

Levanté el pie de su rostro y cogí mi espada apuntando con el filo, a su ojo derecho.

—He dicho que te largues o jugaré a las canicas con tu ojo... —gruñí.

Si esto seguía así, acabaría presa por matar a este bastardo.

El obedeció haciéndome un corte de mangas al marcharse , mientras sujetaba su nariz rota.

—¡Eres un demonio! — gritó —¡esto no quedará así!, ¿lo sabes verdad?.

Claro que lo sabía. Sin embargo, la próxima vez, estaría preparada.

—¡Regresa cuando aprendas a pelear como una mujer! — respondí lanzándole un beso.

Miré a mi alrededor, las mesas de la taberna estaban volcadas y varias sillas se encontraban por el suelo. Aquello era un auténtico desastre. Me llevaría toda la tarde reorganizarlo todo.

Ese asqueroso gigante de Kimer, había estado acosando a las mujeres en mi taberna otra vez.

Se lo había advertido varias veces, no me había quedado otra opción que patearle el trasero.

Sabía pelear desde los doce años, Michael se había encargado de enseñarme.

La taberna , había pertenecido a mi madre antes de morir. Desde muy joven, me había pasado los días ayudándola hasta casi la extenuación. Por aquel entonces, no me daba cuenta del regalo de pasar tiempo con ella, la echaba mucho de menos y daría lo que fuera, porque estuviese aquí.

Recorrí con la mano una de las mesas de madera, dañada con el paso de los años, con marcas y manchas. La decoración , era simple, y daba un aspecto de dejadez al lugar. No había querido cambiar nada desde la muerte de mamá, como si al hacerlo, algo de su recuerdo se perdiera para siempre, con ella.

—Buena pelea — dijo una voz grave a mi espalda.

Me giré con recelo, a punto de atacar a quien quiera que buscara problemas, otra vez.

Un tipo alto, de cabello corto y oscuro, me observaba desde el umbral de la puerta. Era guapo, pero no lo suficiente para hacerme perder unos valiosos minutos de mi vida, en una charla que no llevaría a nada.

—No sabía que tenía público — respondí con indiferencia, mientras levantaba las sillas volcadas y recogía los cristales del suelo. Pensé que ignorándole, se marcharía.

El tipo no se movió, tampoco respondió a mi comentario.

—¿ Quieres beber algo o simplemente vas a mirar? — pregunté enarcando una ceja.

Llegué a pensar que el tipo era tonto.

—Una cerveza — respondió por fin.

Pues no es tonto, no... pensé.

Continúe recogiendo los cristales. Me sobresalté cuando una mano robusta rozó la mía, al recoger un pedazo grande de cristal, junto a la mesa.

La aparté con brusquedad.

Alcé la mirada y me encontré con los ojos de aquel extraño a escasos centímetros de los míos. Retrocedí. Él también.

—Cuatro manos recogen mejor que dos — dijo , levantando una silla y colocándola en su lugar.

—No tienes porqué ayudarme, no me conoces de nada – respondí.

— No parece que nadie más, esté dispuesto a hacerlo.

Miré a mi alrededor. El forastero tenía razón, entre los dos acabaríamos antes.

—Empieza por aquella parte, entonces —exclamé señalando con la cabeza a un montón de sillas rotas al fondo de la taberna.

Se dirigió hacia el lugar que le había indicado y comenzó a recoger.

Pusimos todo en orden en silencio, mientras los escasos clientes que no habían huido durante la pelea, y que estaban arrinconados al fondo, volvieron a ocupar las mesas con normalidad.

Al terminar, el extraño se sentó en la mesa más alejada , y miró a través de la ventana, distraído. No debía tener más de veinticinco, pero su postura rígida y su semblante serio, le hacían parecer mayor.

Le serví su cerveza, mientras continuaba ensimismado observando, a través de la ventana. Me asomé ligeramente para mirar en su dirección, varias personas caminaban alegremente, nada fuera de la común. Su mirada se encontró con la mía a través del reflejo del cristal.

Me giré avergonzada.

—Invita la casa —exclamé —gracias por la ayuda. Él ni siquiera se inmutó.

Menudo tipo más raro, pensé, y regresé a la barra. Atendí a varios clientes.

En ocasiones notaba los ojos del desconocido fijos en mí. Me fijé en que vestía de negro y llevaba una espada a su espalda.

—¿ Por qué vas armado? — pregunté, mientras limpiaba la mesa contigua a la suya.

Él se bebió el resto de su cerveza de un trago y me ignoró.

—No eres muy simpático y tampoco muy hablador — exclamé algo molesta.

No me molestaba que me ignoraran, pero había una delgada línea entre la ignorancia y la descortesía.

—No estoy aquí para hacer amigos — respondió cortante.

—Ya veo.

El desconocido dejo unas monedas sobre la mesa y se levantó para marcharse.

Cuando llegó a mi altura, se giró levemente.

—Cuando vayas a golpear a alguien que te dobla el tamaño, mejor ataca a sus piernas — dijo, y después desapareció.

La tarde se me hizo larga y aburrida. Mañana sería un día largo, buscaría al descendiente. No podía fallar a mi tío.




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