Medianoche Roja

Viktor.

Me alejé de aquella taberna a paso rápido y de repente, mi respiración se hizo mas pesada. La visión se me nubló y tuve que recostarme rápidamente a la pared más próxima para no estamparme contra el suelo.

La maldición.

Era el único miembro de mi familia que podía salir de Almandine sin morir, pero incluso yo sabía que aquello no era una ventaja. La propia maldición me consumiría si no regresaba en unos días a casa.

Muy en el fondo, Lucian y Ophelia me envidiaban, ya que era el único de los tres, que podía "darse un paseo" fuera de Almandine, lo que ellos desconocían, era lo frustrante de sentirse débil y mareado de continuo. Indefenso.

Mis rodillas flaquearon y caí, finalmente al suelo empedrado, golpeándome la cabeza con fuerza.

Joder.

Intenté luchar contra la pérdida de consciencia, pero fue en vano.

Desconocía cuanto tiempo había pasado en el suelo. Me sobresalté cuando sentí unas manos arrastrándome pesadamente por la calle. Abrí los ojos con dificultad y miré hacia arriba, estirando el cuello cuanto pude.

-Ya estás despierto - dijo una voz femenina. Aquella voz, me resultaba familiar - pesas un montón.

La mujer de la taberna.

Me soltó de golpe y me golpeé la cabeza contra el suelo , todavía aturdido.

-¡ Cuidado! - gruñí incorporándome lentamente.

Me tambaleé y a punto estuve de caer de nuevo, pero aquella mujer me sostuvo por el brazo conn dificultad, guiándome hacia la pared.

La observé con mayor detenimiento que en la taberna. Tenia la nariz afilada y pecas que le salpicaban el rostro. Sus labios eran finos y era delgada y de estatura pequeña. Sin embargo, había algo exótico en aquellos ojos almendrados de color verde.

Tenía el cabello largo y castaño y lo llevaba trenzado. Vestía de un tono azul oscuro, con unos pantalones ajustados y un corsé.

Retiré la mirada cuando me percaté que me observaba con el ceño fruncido. Quizás había pasado demasiado tiempo analizándola con descaro. ¿A quién carajo le importaba?.

-¿ Has terminado? ¿ deseas que me gire para obtener una mejor perspectiva? - dijo cruzando los brazos sobre su pecho, claramente molesta - no deberías beber tanto.

-¿ Qué te hace pensar que estoy borracho?.

-Que estabas inconsciente en la calle - exclamó - por cierto, deberías agradecerme que te recogiera justo a tiempo, un gato callejero iba a mearte en la cara.

¿ Estaba de broma?.

-Gracias por salvarme del gato - respondí - ahora debo marcharme.

De nuevo, las piernas me fallaron. Todo me daba vueltas y las náuseas aparecieron.

-No creo que estés en condiciones de ir a ninguna parte - exclamó con una sonrisa irónica - puedes venir a casa y dormir un rato, tienes mala cara.

-¿ Normalmente recoges a desconocidos de la calle y les llevas a tu casa?.

Ella frunció el ceño.

-No es gratis - respondió con una sonrisa maliciosa - necesito alguien que arregle el jardín.

Aquella mujer estaba loca, meter a un desconocido en su casa, a mí. No tenía ni idea de lo manchadas de sangre que estaban mis manos. Ella me observó con impaciencia.

-No es una buena idea - dije, alejándome de ella con pasos pesados.

-¡Eh grandullón! - gritó a mi espalda. Me giré y la miré con desgana.

-¿Qué? - respondí.

-Al anochecer, la capital puede ser un lugar peligroso, sobre todo para los forasteros. Y por si te lo preguntas, tengo mi casa llena de armas muy afiladas. Te cortaré las pelotas si intentas ponerme una mano encima.

Sonreí. Estaba definitivamente loca, sin embargo me encontraba muy débil y necesitaba descansar.

-De acuerdo, acepto el trato.

Sabía que aquello no era buena idea. Pero no tenia alternativa.

-Mueve el trasero y sígueme.

Caminamos lo que pareció una eternidad en silencio. Ella iba delante de mi y en ocasiones se giraba para ver si la seguía, intentando disimular.

Aguanté el ritmo acelerado de sus pasos, lo mejor que pude.

La casa estaba situada al final de una calle estrecha. Desde fuera daba la impresión de ser pequeña. Sobre la puerta principal, colgaba un emblema ennegrecido que debía pertenecer a su familia. Una espada en llamas.

Un jardín repleto de flores de diversos colores, rodeaba la edificación. El interior olía a hierbas y flores. Aquello me sorprendió. Miré de soslayo a la mujer, no parecía la clase de persona a la que le gustaban las flores, mas bien, parecía alguien que tendría un arsenal de armas en su desván.

En las paredes de la sala principal, había una colección de mapas y estanterías repletas de libros de todas clases.

-Aún no me has dicho tu nombre - dijo, mientras encendía el fuego de la pequeña chimenea , que estaba situada al fondo de la habitación.

-John.

-¿John a secas? -exclamó girándose para mirarme con el ceño fruncido.

Dudé. Era arriesgado decirle mi verdadero nombre a un desconocida.

-Mckoy.

-Muy bien John Mckoy , ahí tienes una manta, aunque espero que con el calor del fuego sea suficiente. Dormirás en el sofá. Hay comida en la cocina y el baño está al fondo a la derecha.

Mi habitación está en la segunda planta, aunque no debes subir para nada a no ser que te estés muriendo, literalmente. ¡ Ah! Y casi se me olvidaba... Te he guardado la espada y las dagas.

Me toqué la espalda y el cinturón de manera instintiva.

Mierda. Me sentía desnudo sin mis armas.

-¿ Podrías devolvérmelas? -pregunté sin intentar parecer desesperado.

Ella pareció pensarlo.

-No me fío de ti John, lo lamento. Te las devolveré mañana. Que descanses.

Y después desapareció escaleras arriba. ¿ Cómo coño había terminado así? Desarmado por una desconocida y durmiendo en el sofá de su casa. Lucian y Ophelia, se habrían burlado de mi.

A la mañana siguiente, tenía el desayuno en la mesa del pequeño salón junto a una nota en la que decía que no me olvidará del jardín. El fuego era ya cenizas.




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