El viaje a la capital se me hizo largo y pesado. Quizás, porque mi mente era un hervidero de pensamientos contradictorios y caóticos en ese momento.
Marius me había dado indicaciones de cómo era el aspecto físico de Hannah y de dónde podía encontrarla. Con un poco de suerte, estaríamos de regreso en unos días, eso, si Viktor no nos encontraba antes.
Había esperado ver a Michael antes de marcharme. Sin embargo, la espada de Almandine no había hecho acto de presencia.
Miré por la ventana del carruaje. Multitud de helechos cubrían el bosque. Flores silvestres de color marfil y amarillo se dejaban entrever entre la densa vegetación, a nuestro paso.
Observé a un ciervo que timidamente, comía entre los árboles y que nos miró con curiosidad , antes de desaparecer a la carrera.
El cielo de la mañana , borrones de blanco sobre azul, era hermoso. Suspiré complacida.
Me entretuve de nuevo observando el bosque mientras avanzábamos, cuando una sombra apenas borrosa titiló ante mis ojos, después, se desvaneció. Me incorporé y miré con más atención.
¿Lo habría imaginado? La falta de sueño me estaba jugando malas pasadas.
De nuevo una sombra oscura como la noche, me observaba entre los árboles. El tiempo pareció ralentizarse cuando pasamos a escasos metros de donde se encontraba.Unos ojos rojos brillaron y aquella cosa pareció sonreir, con unos dientes afilados como dagas.
Mi pulso se aceleró. Me alejé todo cuanto pude de la ventana, con temor a que mis ojos se cruzaran con los de aquel ser, otra vez.
Algo vibró en mi pecho. Miré hacia la amaterisa que ahora iluminaba el interior del carruaje. Recordé las palabras de William; " actúa como protector". Tal vez estuviera en lo cierto.
La sujeté con cuidado y cerré mi palma sobre ella. Un calor tenue, me invadió y el cristal vibró. Me preguntaba si él sentiría lo mismo con el mio.
Tras varios minutos, intentando que el miedo no me atenuara, me asomé timidamente por la ventana, aquella cosa había desaparecido.
Horas después, llegamos a la capital.
La ciudad era impresionante. Sus edificios y casas eran de piedra grisácea, con adornos florales y grandes ventanales. Un grupo de niños pasaron corriendo cerca de mí, jugaban a perseguirse entre risas y empujones. Divisé no muy lejos, lo que parecía un mercado repleto de gente , donde los vendedores ambulantes vendían toda clase de dulces y bebidas y regateaban con los compradores.
El cochero y yo, nos encaminamos a la posada en donde me hospedaría, calle abajo, ya que con el carruaje no podía atravesar el mercado . El hombre, aunque joven, cargaba mi pequeño baúl con pesadez. Me ofrecí a ayudarlo, pero se negó en varias ocasiones. Marius conocía al dueño de la posada, desde la infancia, y a pesar de estar repleta, había logrado que me cediera una de las habitaciones más grandes de ese lugar.
Cuando llegamos un hombre sin cabello nos recibió. El cochero dejó mi pequeño baúl en el suelo, y tras hacer una ligera reverencia se marchó.
Mi habitación era preciosa, en tonos dorados y blancos. No me entretuve demasiado, y me marché en busca de Hannah.
¿Le habría hablado Michael de mí? ¿Sabría que había venido en su búsqueda?.
Recordé los detalles sobre su apariencia y me perdí entre las calles , abarrotadas de gente.
Caminé por el corazón de la ciudad, todo era hermoso y muy ornamentado. Paseé por la plaza central, donde una fuente dorada con un caballo alado, resplandecía con los rayos del sol. Aquella era la parte más rica de la ciudad, repleta de templos y academias.
Cuando dejé atrás todo ese esplendor y me adentré en los barrios más decadentes de la ciudad, el entorno cambió los colores dorados y blancos, por el negro y la suciedad.
Me dirigí directamente hacia el lugar en el que trabajaba Hannah. El edificio era viejo y daba la sensación de estar abandonado. Varias plantas colonizaban sus paredes desgastadas y una enredadera enorme, trepaba a través de los muros , casi rozando el tejado.
Aquello me pareció extraño. Estaba segura de haber entendido bien a Marius. Repasé mentalmente los detalles que me había dado sobre la apariencia de la sobrina de Michael, mientras me acecaba a aquel edificio terrorífico.
Jugueteé de manera inconsciente con mi cristal para templar los nervios, que como serpientes, se enroscaban en mi estómago. Un fuerte olor a humedad me golpeó de lleno.
Asqueroso, pensé.
Una mujer de mediana edad con el cabello dorado y por los hombros, leía un documento con dificultad, ajustándose las lentes de manera inquieta. Estaba apoyada en un mostrador con un cristal sucio.
Vestía una túnica blanca con algunos bordados color plata, en el costado. Una sanadora.
Recordé que al igual que en Mistwick, en la capital, la magia no era un delito.
-Buenos días, me llamo Abigail Ashbluff, me gustaría poder hablar con la señorita Hannah Lordiel, por favor - exclamé , intentando ehar un vistazo más allá de la mujer, quien ahora me dedicaba una mirada ceñuda por encima de sus lentes.
-Disculpe señorita, me pregunta ¿Por quién?.
-Por Hannah, Hannah Lordiel, me dijeron que trabajaba aquí, como sanadora.
-¿Viene por alguna afección? -preguntó, mientras volvía a dirigir su mirada con desisnterés, al documento que sostenía.
-Soy amiga de su tío, Michael. Tiene el cabello dorado, es alta y tiene los ojos azules.
Esperé con impaciencia, mientras aquella mujer volvía a mirarme por encima de sus lentes con frustración.
-¿Está segura de que pregunta por la persona correcta?.
-Sí -respondí, aunque lo cierto era que ya no lo tenía tan claro.
La mujer se giró y llamó a su compañera, una mujer rolliza con el cabello castaño, que miraba sus uñas con aburrimiento, y que debió haber llegado en algún momento, mientras le preguntaba.
-Esta señorita, pregunta por una tal Hannah Lordiel.
La mujer del cabello castaño me miró, y después observó a su compañera con desdén.
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Editado: 17.06.2026