Medianoche Roja

Abi.

Estudié mi entorno por enésima vez. Habían retirado mi equipaje de la habitación, dejándome únicamente con lo que llevaba encima; ni una sola moneda, ni mis vestidos, absolutamente nada.

Desconocía cuántas horas habían pasado desde que ese infeliz me había encerrado. Primero, había golpeado la puerta e intentado forzar el pomo sin resultados. Más tarde, grité pidiendo ayuda, pero no parecía haber nadie en las habitaciones contiguas, seguramente lo tenían planeado desde el inicio. Pensé en Marius, ahora no tenía dudas, me había traicionado.

Debía salir de allí, debía avisar a Michael y proteger a Lukas. Volví a golpear la puerta con desesperación.

Cerré los ojos, aferrándome al miedo y la rabia en busca de mi magia. Podía sentirla palpitando en mis venas, removiéndose en mi interior, en busca de una vía de escape.

Vamos, Abi, me dije.

La amaterisa comenzó a brillar iluminando mi rostro, de un hermoso tono dorado. La sostuve con cuidado y me asusté, cuando una sombra oscura de ojos rojizos me observaba desde el fondo de la habitación. Retrocedí chocando contra la pared aterrada.

—No tengas miedo —exclamó con una voz tan grave como aterradora.

—¿Qué eres?.

—Alguien que ha venido a ayudarte —dijo, mostrando sus afilados colmillos en una sonrisa lobuna.

—¿Y por qué querrías ayudarme?.

—No hay tiempo para explicaciones —sentenció. — Concéntrate en tu magia, la necesitarás para salir con vida de aquí.

—¿Eres la bestia?

Aquel ser me observó con detenimiento, pero permaneció en silencio . Me aferré a la pared, en busca de una ayuda invisible.

— La magia funciona de maneras curiosas, según su portador. En tu caso, es inestable, porque rechazas esa parte de tí misma. Ya te he dicho, que no debes temerme.

—¿Por qué debería creerte? —exclamé, alejándome aún más de él, sin perder mi agarre a la pared, tras de mí —eres un monstruo.

Mis palabras parecieron herirle, ya que hizo lo que interpreté, como una especie de mueca.

—¿No te parece Abigail, que todos somos monstruos en la historia de otros? Sobre todo, si son otros quienes la cuentan, en base a sus intereses . Concéntrate en tu poder, tira del hilo que os une , abraza la emoción y haz que aflore. Ya viene. —dijo, desvaneciéndose.

Alguien al otro lado de la puerta , sacó un manojo de llaves, que tintineban al entrechocar.

El dueño de la posada entró con paso decidido , portando un cuchillo enorme y afilado.

Retrocedí hasta la parte más alejada , junto a la ventana. Me permití mirar hacia abajo, demasiado alto para saltar.

—No vas a saltar ¿verdad? —exclamó aquel hombre, avanzando lentamente hacia mí —podrías ensuciar el nombre de mi posada. Mis huéspedes son gente honorable y exigente, y un cadáver en la acera de enfrente, no me haría quedar especialmente bien.

Invoqué a mi magia con todas mis fuerzas. Nada.

Deja a la ira salir, Abigail. No te contengas.

Una voz grave se hizo eco en mi mente. Aquel ser no se había marchado. Era una sensación extraña, pero sentía su presencia a través de la amaterisa, que justo en ese momento comenzó a brillar.

—Vaya vaya...qué tenemos aquí, una bruja —rió.

El hombre me sostuvo por el brazo y alzó el cuchillo sobre mí.

Cerré los ojos y dejé que la emoción fluyera a través de mis sentidos. Sólo tenía una oportunidad. La magia rugió y salió disparada hacia el hombre a través de mis manos , estrellando violentamente al infeliz, contra la pared.

Podía sentir mi magia en mis huesos, en mis venas y en mi cuerpo. Por una vez, sentí que tenía el control.

Bien hecho, exclamó la voz en mi cabeza, antes de desaparecer definitivamente.

Corrí hacia el hombre que se encontraba inconsciente en el suelo, y le arrebaté el cuchillo. Me asomé al pasillo vacío y corrí escaleras abajo. Mis manos aún resplandecían de un tono rojizo, que ni siquiera traté de esconder.

Varios huéspedes me miraron contrariados cuando pasé a su lado, a toda prisa.

—¡Ha herido a Mike , seguidla! —gritó una voz a mi espalda.

No me quedé a comprobar de quién se trataba, corrí, serpenteando por las intrincadas calles, atestadas de gente. Muchos me miraban extrañados, otros me ignoraron por completo. En Kendrem, estaban acostumbrados a los altercados.

Paré en seco, cuando comprobé que nadie me seguía y apoyé mis manos sobre mis rodillas. Mi pecho ardía y me costaba respirar por la carrera.

Mi estómago rugió sin previo aviso y estaba sedienta. El sol de la mañana era tenue, y a pesar de ser otoño, la temperatura era agradable, aún así, mi cuerpo ardía. La magia se calmó, fue como un suave balanceo dentro de mí y la luz rojiza de mis manos, se extinguió.

Mis monedas habían desaparecido, no podía comprar algo de comida, ni podía hospedarme en ninguna parte y mucho menos, regresar a Almandine.

Desconocía el aspecto físico de Hannah y no sabía dónde encontrarla.

Estaba realmente jodida.

Me senté en el suelo, derrotada y exhausta. Dos mujeres conversaban animadamente sin percatarse de mi presencia, a pesar de estar a escasos metros de mí. Eran jóvenes. Una de ellas, llevaba un intrincado peinado , repleto de trenzas semirecogidas de color castaño , la otra, llevaba su largo cabello dorado trenzado hasta la cintura.

—Esa chica es un foco de problemas —dijo la del cabello dorado. —Siempre hay peleas en esa taberna.

Miré en su dirección. Un hombre tenía sujeta a una chica por el cuello y otro, mucho más alto sostenía una daga en su mano izquierda, y parecía a punto de atacarle. No podía verle , ya que se encontraba de espaldas a la puerta abierta.

—Vámonos antes de que las cosas se pongan feas —exclamó la otra, con una mueca de desagrado.

—Disculpen —exclamé con un hilillo de voz. Ambas mujeres me miraron. —¿Conocen de algún lugar donde pueda ganar unas monedas? Me han robado y...

—Querida tienes un aspecto horrible —dijo la mujer del cabello dorado, interrumpiéndome.




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