Buscar al descendiente estaba siendo una tarea imposible. Dejé a Eric, el hijo mayor de uno de mis vecinos, a cargo de la taberna, y me dediqué a ir a cada bendita tienda de objetos mágicos de Kendrem. Nada. Es como si aquel tipo, no existiera.
Me preguntaba si Michael habría obtenido la información correcta.
Regresé a casa de un humor de perros. ¡Por los dioses!, aquello era una absoluta pérdida de tiempo.
Abrí la puerta distraida, hasta que noté a una figura en mitad de la sala de estar, observándome. El hombre, enorme y musculoso, resaltaba con la tenue luz que emanaba del fuego casi extinto, de la chimenea. Tenía una espada corta en la mano derecha y estaba inmóvil, esperando algo o a alguien. A mí.
Reconocí a ese salvaje de inmediato. Era uno de los hombres de Kemir. Sabía que algo así, pasaría tarde o temprano, esas alimañas eran como lobos, siempre actuaban en manada...y probablemente, aquel bastardo habría venido por venganza.
Desenvainé mi espada y me preparé para el ataque. Aquel hombre dió un paso, después otro, haciendo que la tensión en mi estómago estallara, y pude atisbar una sonrisa maliciosa, proyectada por el reflejo de las llamas.
— Me has hecho esperar demasiado —exclamó iracundo —tuve que ir a esa taberna tuya a buscarte. El hombre sacó algo de su bolsillo y me lo lanzó. Lo agarré al vuelo y lo tiré al suelo asqueada. Le apunté con el arma, apretando los dientes con ira. La mano de Eric , amoratada e inerte, estaba a escasos metros del suelo, frente a mí.
— Hijo de puta —gruñí.
Él avanzó hacia mí y sujetó su espada amenazante. En esta ocasión pude apreciar su aspecto; era fornido , de cabello oscuro y rapado. Sus ojos eran pequeños y oscuros, llenos de maldad, como dos pozos sin fondo, esperando tragárselo todo.
Tenía la nariz afilada y los pómulos altos.
—Todo esto es culpa tuya Hannah. Si tan solo no te hubieses metido en nuestros asuntos, no tendría que despedazarte como a un animal.
Acto seguido se lanzó al ataque. El espacio era tan reducido, que apenas pude esquivarlo, chocando contra uno de los muebles. Ahogué un gemido de dolor.
Antes de que pudiese tan siquiera levantar la espada, le lancé una patada en el estómago, haciéndole retroceder hasta chocar con el sofá. Le sonreí, y él gruñó mostrándome los dientes como un perro. Atacó totalmente enfurecido y fuera de sí y nuestras armas chocaron de forma violenta.
Tenía una fuerza descomunal , dados su tamaño y envergadura. De repente, recordé las palabras de John; " cuando vayas a golpear a alguien que te dobla el tamaño, mejor ataca a sus piernas".
No sabía por qué las palabras de ese imbécil, venían ahora a mi cabeza, pero estaba más que agradecida.
Era un movimiento arriesgado, ya que , aquel hombre podría ensartarme como a un animal, si fallaba el golpe. Aún así, ¿tenía alguna otra opción? . Era eso o la muerte.
Le empujé con todas mis fuerzas, apretando los dientes, y aproveché esos segundos de confusión, para girar sobre mí misma y golpearle en su pierna izquierda, la más cercana a mi posición.
Él cayó de espaldas sobre la mesa de la sala de estar, haciéndola añicos.
—¡Me las vas a pagar! —gritó. Me preparé para su ataque.
—No tan rápido —dijo una voz a su espalda. Una suave brisa me rozó la piel. La ventana de la sala de estar estaba abierta , la cortina color blanquecino ondeando por la brisa nocturna.
John se encontraba de pie, tras el hombre y sonreía feroz.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, con la respiración agitada por la pelea.
John me miró, y con un movimiento rápido agarró al hombre de los hombros y lo levantó, quedando a su altura.
Aquel bastardo, estaba tan impresionado como yo.
—¿Y tú quién coño eres? —escupió.
—Tu peor pesadilla —susurró, dijo, lanzándole hacia la pared con fuerza.
El gigante trastabilló, pero se recuperó inmediatamente , atacando a John, con una ira desmedida.
Este desenvainó su espada y se defendió. Los siguientes minutos fueron un baile de acero contra acero . Era hipnótico ver a John pelear. ¿Por qué estaba pensando en aquello justo en aquel momento?.
Decidí acabar con aquello de una vez por todas. El gigante iracundo, golpeó a John en el rostro y este cayó sobre los pedazos aún en pie, de lo que antes había sido mi sofá.
No perdí tiempo y justo cuando se giró le clavé mi espada en el pecho con todas mis fuerzas.
—Dale mis saludos a Kemir. Dile que nos veremos en el infierno —gruñí, sacando la espada de su pecho. El hombre cayó con un ruido sordo al suelo, empapando todo con su sangre. Un reguero de color escarlata, me rozó las botas. Me aparté, asqueada.
John estaba de pie a duras penas sujetándose a la pared, claramente mareado.
—¿Estás bien? —pregunté preocupada. Tenía mala cara. Me dedicó una mirada, antes de desmayarse en el suelo.
Genial, pensé.
En ese momento sentí un deja vu, y me vi de nuevo arrastrando al grandullón escaleras arriba, a mi habitación.
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No me podía creer que le hubiera arrastrado hasta mi cama, literalmente.
Había tenido que sacar el cadáver y lanzarlo al río que discurría no muy lejos de allí, manchándome de sangre la ropa. Varias personas se habían alejado a mi paso, de regreso a casa, al verme con aquellas pintas. Casi me reí.
Después de haberme dado una ducha caliente y haber recogido lo poco que quedaba en pie, de mi sala de estar, encendí el fuego y me senté frente a él.
No me atreví a caminar hacia la taberna, por temor a lo que pudiese encontrar allí. Mañana me ocuparía de ese asunto. Pensé en Eric, ¿seguiría con vida?. No podía marcharme dejando sólo a un extraño en casa.
¿Qué iba a hacer con Jhon?. No me fiaba de él, no hacia más que revolotear a mi alrededor...sin embargo, era innegable que me había salvado la vida.
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Editado: 07.07.2026