Medianoche Roja

Nicholas.

Hacía mucho tiempo que Viktor no había regresado, tampoco su hermana, cosa que agradecí. Aquella mujer tenía el corazón más oscuro que jamás había conocido.

Cuando había soñado con ella y con su muerte, me regocijé, aunque con la experiencia y el paso de los años, me había dado cuenta de que mis visiones eran cambiantes. El destino, no estaba escrito en piedra, como muchos pensaban, no era algo inamovible...Variaba y cambiaba de manera intermitente, según nuestras decisiones, con lo cual, afirmar que aquella terrible mujer moriría, era un riesgo por mi parte. Un riesgo, que casi me cuesta la vida.

Estaba hambriento. Calculé que haría al menos un par de días que nadie me traía comida. Había estado racionalizado el agua, ya de por sí escasa, en el cuenco sucio de madera, dando pequeños sorbos cada vez que tenía sed.

Me moría por bebérmela toda de un trago, pero me arriesgaba a morir de sed.

Había algo positivo en mi situación, ya de por sí deprimente, Ophelia había olvidado encadenarme. La mujer había salido como una exhalación, cuando vino a traerme el cuenco de agua, y desde ese momento, nadie había aparecido.

Me encontraba demasiado débil, para intentar escapar. Pero estaba decidido, hoy era ese día.

Sentía las piedras frías a mi espalda, me giré y las usé para levantarme, ya que muchas eran irregulares. Había estado hablando solo, para evaluar el eco, ya que sabía que estaba en una cueva, en algún lugar escondido en el bosque.

Me temblaban las piernas e intenté calmar mi respiración.

Desconocía dónde podía hallarse la salida, careciendo de visión , tu oído y tu olfato se convertían en todo tu universo. Y joder, pensaba usarlos para salir de aquí.

Era un tipo realista, sabía que mis posibilidades de sobrevivir solo en el bosque, lleno de lobos y trampas de cazadores, y dando por sentado, que los tres hermanos malditos me darían caza si lograba escapar, eran bastante escasas. ¿Pero qué se suponía que debía hacer, quedarme sentado y esperar a que decidieran ofrecerme como sacrificio a esa criatura? Por supuesto que no.

Respiré hondo.

Vamos Nicholas, demuéstrales que no eres un inútil—pensé.

Evalué la corriente de aire, que había sido fría en la madrugada. Apenas dormí un par de horas, derrotado por el cansancio, pero estuve analizando el suelo de la gruta con mis pies descalzos. Me mantuve quieto, de pie pegado a la pared que ahora palpaban mis manos temblorosas.

Una leve corriente de aire me rozó la mejilla, débil y gélida.

— Bien — murmuré.

Extendí mi mano izquierda palpando la pared, en algunas zonas estaba húmeda.

Decidí vencer a los pensamientos negativos, avanzando con cuidado, un paso, después el siguiente.

Cada pocos pasos paraba en seco, escuchando los sonidos y evaluando la brisa, que, me daba de lleno en el rostro.

Estaba cerca de la entrada a la cueva. La adrenalina me hizo avanzar un poco más rápido, siempre pegado a la pared y palpando el suelo con mis pies. Había grava suelta que se me clavaba en las plantas, pero no me importaba.

Me agaché y palpé el suelo irregular, hasta encontrar una piedra pequeña. Sin pensarlo dos veces, la lancé hacia delante para hacerme una idea de dónde podría estar la entrada.

Esperé el sonido. Nada.

De repente, la brisa cesó. Había algo o alguien, obstaculizando la entrada. No me moví y contuve la respiración.

Unos pasos se hicieron eco, en el silencio de la cueva y pude percibir otra respiración entrecortada acercándose.

—¿Ibas a alguna parte adivino? — exclamó una voz masculina en tono divertido — reconozco que tienes agallas. ¿Cuánto tiempo crees que sobrevivirías ahí fuera?.

Me quedé quieto cuando pasó frente a mí y se agachó para dejarme un cuenco con comida. Percibí el olor a asado con alguna especia desconocida. El estómago me gruñó.

— ¿Quién eres? — pregunté —¿eres la criatura?.

—No adivino, de ser la criatura haría tiempo que tu cuerpo estaría descomponiéndose en algún lugar apartado del bosque... no entiendo ese afán de Ophelia, de mantenerte con vida.

De repente algo cayó a mis pies con un sonido sordo. Noté el movimiento, como si algo o alguien se estuviese retorciendo, emitiendo sonidos ahogados.

— Te traigo compañía —exclamó la voz, divertida —¡ah! Se me olvidaba...

Los pasos se acercaron hasta mí y alguien colocó unas cadenas alrededor de mis pies, sin cuidado. Escuché que también lo hacía con la persona que habían traído a la cueva.

Después de varios minutos , nuestro captor desapareció, alejándose a grandes zancadas. El eco de sus pasos, sonaban ya lejanos, casi extintos.

—Tranquilo, voy a ayudarte — dije, y me arrastré como pude por el suelo rocoso, a pesar de las cadenas en mis tobillos. Palpé hasta dar con lo que interpreté como una pierna.

—Intentaré desatarte.

Tardé más de lo que esperaba en dar con las cadenas alrededor de sus tobillos y la soga alrededor de sus muñecas. Tiré con fuerza de la soga, y escuché un sonido ahogado.

—Perdón — exclamé — será más inteligente quitarte la venda de la boca , primero.

Palpé los hombros y el cuello hasta dar con ella. Rodeé su cabeza con mis manos, hasta dar con el nudo, que logré desatar con esfuerzo.

—Por fin — exclamó la voz. Estaba seguro de que era un niño o una persona muy joven.

—¿Quién eres? — pregunté.

—Me llamo Lukas, ¿puedes quitarme la venda de los ojos?. Me acerqué de nuevo y palpé su rostro.

—Más arriba — me indicó. Logré dar con ella, y repetí el proceso anterior.

—Estamos en una cueva — afirmó.

—Sí, en algún lugar del bosque.

Las cadenas de mis tobillos no me permitían moverme con total libertad. Las heridas abiertas de mis tobillos, comenzaban a palpitarme.

—Tengo cadenas alrededor de mis tobillos —exclamó el niño, intentando zafarse.

—Lo sé. ¿Sabes por qué te han traído aquí? —pregunté.

El niño me contó lo sucedido con un tal Marius y Ophelia. Me habló de su hermana y de Michael.




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