Medianoche Roja

Lucian.

Había tenido una pesadilla recurrente. El demonio me miraba y se reía, sentado sobre su trono de huesos, ojos negros como la noche, me observaban desde todos los rincones.

Me miré las manos, que se habían convertido en garras cubiertas de sangre, mientras intentaba zafarme de manos, heladas y negruzcas intentando sujetarme y anclarme, a ese horrible lugar.

—Pronto nos veremos Lucian...

Esa voz infernal me reclamaba en sueños, una y otra vez.

—Ya he pagado por el favor —grité.

El demonio se levantó de su trono cadavérico y con paso lento se acercó a mí. Una mano con uñas afiladas me sostuvo el mentón , mientras sus ojos negros y terroríficos, me observaban.

—Tú me perteneces —dijo, y acercó su mano a mi pecho despacio. Proferí un grito, cuando sus uñas se clavaron una a una en mi piel, adentrándose en mi pecho cada vez más, hasta dar con mi corazón.

Me desperté cubierto en sudor en mitad de la tarde. Debí haberme quedado dormido en algún punto.

Hacía semanas, sino meses, que no dormía más de tres o cuatro horas seguidas, sin que esos sueños llamaran a la puerta de mi inconsciente, sin poder evitarlo.

Me levanté de la cama y me dirigí hacia la biblioteca, quizás lograra despejarme, leyendo un poco. Recorrí los estantes antiguos, repletos de libros desgastados y polvorientos, hasta dar con el que buscaba.

Me senté en el viejo sofá de cuero negro y pasé varias páginas distraído. La amaterisa, colgada en una vieja cadena alrededor de mi cuello, comenzó a brillar , iluminando de dorado la estancia silenciosa.

Sonreí.

Si bien la maldición no me permitía salir de Almandine, podía proyectarme a otros lugares de manera temporal como una sombra , con todo lo que eso conllevaba, ceder más poder y control al monstruo y menos, al hombre.

Mi humanidad se desvanecía a pasos agigantados, y si no conseguíamos romper la maldición, la bestia, acabaría por apoderarse de mí completamente, y por toda la eternidad.

Cerré los ojos y pensé en Abi. Sostuve mi amaterisa en la palma de la mano , que ahora brillaba con mayor fuerza y en cuestión de segundos, logré proyectarme como una sombra en una calle empedrada, frente a una casa gigantesca y ornamentada.

La catalizadora estaba de pie y parecía nerviosa. Observaba el sendero, que se adentraba en la edificación con gesto afligido.

La joven desconocía que la tarde que intercambiamos los cristales, realizamos un ritual de conexión mutua. Me había parecido una idea excelente, para poder encontrarla con rapidez.

Ella también podría proyectarse para ubicarme, si era su deseo. Por obvias razones, jamás lo sabría... no soportaría que se encontrara con mi forma más aterradora.

Me acerqué a ella , que aún observaba absorta el sendero y estuve tentado a tocar su mano. No podía hacerlo, no debía...

De repente la chica se giró y me miró con una expresión de sorpresa, después, enarcó una ceja.

—Tú...

Sonreí con mis dientes afilados y floté , hasta colocarme a unos metros, frente a ella. No quería asustarla, aunque, para ser honestos, no parecía demasiado asustada.

—Hola, catalizadora...

—¿Qué estás haciendo aquí de nuevo? —preguntó en susurros.

—Quería ver si me necesitabas, tu amaterisa me llamó.

Ella miró su pecho, que titilaba en destellos dorados, de manera intermitente.

—Tienes que marcharte, no sé porqué mi amaterisa te ha llamado, pero no necesito tu ayuda.

—¿Tanto me temes?, ¿ tanto rechazo te provoca mi presencia? —dije, acercándome a ella un poco más.

—No te tengo miedo, quiero saber qué eres y por qué estás conectado a mi cristal.

Parecía que la bruja no había atado cabos, afortunadamente. Imaginé que la versión más humana de mí mismo, era incompatible en su mente, con la versión más terrible y monstruosa.

Me alegraba que ella, aún no hubiese llegado a esa conclusión, sin embargo, sabía que tarde o temprano vería la conexión.

—Lo que yo soy no es importante Abigail, sólo deseo ayudarte.

—¿Por qué? — me preguntó inquieta —soy una catalizadora, no he hecho jamás, ningún pacto de sangre con ningún ser, a no ser que seas ...

—Dilo.

Abi dudó. Ya había evitado responder en otra ocasión, pero esta vez, sería sincero.

—¿Se te ha comido la lengua el gato, catalizadora?. Dilo... —insistí.

—¿Eres... esa criatura? La que sale cada luna llena...la otra vez, evadiste mi pregunta.

—Hoy me siento magnánimo. ¿Y si lo fuera, me temerías? —exclamé, situándome frente a ella.

Acerqué mis dedos sombríos e intangibles a su rostro. Mi mano lo atravesó y me sentí frustrado. Ella no se apartó, no me temía. Jamás había sentido tanta dicha, era la primera persona desde que maldijeron a mi estirpe, que no sentía temor , al estar cerca de mí. Me sentí eufórico.

Debes ser cuidadoso, me regañé.

—No —exclamó — no siento temor, siento...curiosidad.

—Responderé a tus preguntas, aunque debes saber que mi tiempo aquí, es limitado.

Ella me observó y me dedicó una sonrisa amable.

—¿Eres Lucian? —preguntó.

Escuchar mi nombre de sus labios, extendió una sensación agradable por todo mi cuerpo.

—Sí.

—¿Por qué me ayudas? Usé mi magia contra tí, aquella vez.

Miré de manera inconsciente a mi pecho, donde la bruja me había dejado las marcas de sus manos, ahora, invisibles.

—Porque yo también siento curiosidad por tí, catalizadora.

—Curiosidad... —repitió casi en susurros.

Y sentimientos, pensé.

—No me temas Abigail —exclamé, acercando mis labios a los suyos. Ella abrió mucho los ojos por la sorpresa y retrocedió, poniendo distancia entre nosostros.

Una mujer se acercaba a paso rápido por el sendero.

—Debo marcharme —dije —si me necesitas, llámame a través del cristal.

Luego, me desvanecí.

Volví a mi forma humana, totalmente agotado. Me llevé la mano a los labios, aquel beso se había sentido irreal , pues una sombra no podía tocar nada, a nadie.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.