Medianoche Roja

Parte tercera. Suspiro.

ABI.

Esa criatura, Lucian, me había besado. Todavía intentaba procesar lo que acababa de ocurrir.

Miré la amaterisa y la toqué con sumo cuidado, como si un simple roce, pudiese traer a aquel ser de regreso. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Era cierto que me había ayudado y no parecía tener intenciones de hacerme daño, sin embargo, mi mente racional viajó a aquella noche de luna llena, con el cadáver de aquel hombre hecho pedazos en el suelo empedrado de Almandine, y no pude evitar echarme a temblar.

Mi mirada recorrió el cristal dorado y pensé en William, después de todo, ¿ No era él quien me la había regalado? ¿Habría alguna relación entre él y la criatura? ¿Sería posible que...? No, me dije a mí misma. William era un hombre amable , le había visto ayudar a aquellas chicas la noche de la cosecha, no parecía que hubiera ninguna relación, sin embargo... Observé atentamente mi amaterisa, acariciándola con el pulgar. ¿Podría ser que fuera la criatura en su forma humana?.

Recorrí el sendero con la mirada. Arin caminaba con premura en mi dirección, su cabello rojizo agitándose, con cada movimiento y una amplia sonrisa en su rostro.

—Está hecho, Stephan está sanado, lo que me recuerda... —dijo, extrayendo una bolsita oscura repleta de monedas. Arin la abrió y sacó varias, después me extendió la mano para que las cogiera —te di mi palabra.

—Gracias, pero no puedo aceptarlas.

—Pensaba que las necesitabas para regresar a tu casa —exclamó con extrañeza.

—Y así es, pero tenía que encontrar a alguien antes.

—¿Y lo has hecho?.

—Yo diría que sí —sonreí.

Ella me miró confusa y finalmente pareció comprender.

—¿Me buscabas a mí? — rió.

—Sí y es importante que me escuches Arin.

—Te escucharé, pero antes vayamos a comer, ¡me muero de hambre!.

Arin y yo caminamos entre las calles abarrotadas de Kendrem, hacia las afueras. La bruja nómada vivía en algún lugar apartado del bosque, en un claro rodeado de pinos y flores silvestres.

Observé un montón de plantas medicinales en lo que parecía un pequeño huerto improvisado, en la parte delantera de la casa. Las ventanas estaban abiertas de par en par, dejando que la luz del sol se reflejara en los cristales relucientes.

Arin me instó a sentarme en una silla vieja de su cocina, mientras se dispuso a preparar un guiso, que olía de maravilla. Mi estómago rugió sonoramente.

—¿Cuánto llevas sin comer? — me preguntó, mientras troceaba varias verduras.

—He perdido la cuenta —dije, mientras observaba mi entorno. La cabaña era pequeña, la madera estaba rota en algunas partes y los muebles eran antiguos y estaban desgastados.

Algo temporal, pensé.

Las brujas nómadas, como su propio nombre indicaba, no pasaban más de una estación en un mismo lugar, sin embargo, si Jonathan había descubierto el paradero de la descendiente, eso, significaba que ella llevaba bastante más que solo una estación, en la capital.

—¿Planeas quedarte mucho tiempo en Kendrem?.

Pude observar el atisbo de una sonrisa desde mi posición, mientras removía el guiso en una olla desgastada.

—No voy a marcharme pronto, no por ahora, si eso responde a tu pregunta.

—Entiendo, Kendrem es ... interesante —exclamé con cuidado, aún estaba deciendo cómo decirle lo de la maldición.

—Interesante es una forma de decirlo —rió — ¿ por qué me buscabas Abigail?. Sus ojos verdes me escrutaron con interés.

—¿Cómo conoces mi nombre? No recuerdo habértelo mencionado.

—Me lo dijo Rebecca —exclamó con indiferencia — Y bien, no has respondido a mi pregunta.

— Quizás te parezca una locura... —comencé.

—¿Es por la maldición de Almandine?.

—¿Lo sabes? —pregunté confundida. Si la bruja nómada lo sabía, era lógico pensar que no estaba interesada en ayudar a sus habitantes, puesto que seguía allí.

Ella asintió. Acto seguido, me sirvió un plato de caldo con verduras e hizo lo mismo para ella, y se sentó frente a mí.

Arin se metió una cucharada en la boca y emitió un gemido de satisfacción.

—Está delicioso —exclamó.

—¿Conoces la maldición? — pregunté con cuidado, esta era la única oportunidad para convencer a la bruja de ayudar. No quería ser descuidada y echarlo todo a perder.

Me metí una cuchara en la boca , aquel caldo de verduras , tenía razón, estaba delicioso.

—Hace unos meses , alguien me visitó y me lo contó todo. Creo que os conocéis.

—Jonathan... —dije, casi en un susurro imperceptible. De repente, habia perdido el apetito —espera, ¿te habló de mí?.

—Sí, y te mencionó en varias ocasiones, de hecho. Y te daré la misma respuesta que le dí a él, en ese entonces...no me interesa invocar a un demonio de ese nivel, no soy una bruja de sangre.

Algo se removió en mi pecho. Sentí la magia acariciar las palmas de mis manos.

—Sabes que todos morirán si no les ayudamos.

Arin se metió otra cuchara en la boca y sonrió.

—¿Y eso es asunto nuestro, Abi?. No se puede jugar con esas entidades, siempre sale mal.

—Hay personas a las que aprecio en Almandine, Arin. Puede que no te importe y puede que no lo comprendas, pero la mayoría está pagando por un pecado que jamás cometió.

—Lo comprendo. Sin embargo si vierto mi sangre para invocar a ese demonio , tendré que pagar el precio. No estoy dispuesta a hacer tratos con él.

Suspiré abatida. Todas esas personas, pagando con sus vidas inocentes... Era tan injusto, iban a morir si llegaba la medianoche roja y nadie hacía nada para evitarlo.

Apreté los puños y miré a Arin. Ella me devolvió la mirada y enarcó una ceja.

—Ayudarías a esa pobre gente ¿si yo ocupara tu lugar , para pagar el precio?.

Arin me miró sorprendida.

—No creo que seas plenamente consciente de lo que estás diciendo.

—Soy plenamente consciente. ¿Lo harías?.

Arin lo sopesó.

—La pregunta es, ¿ te sacrificarías por Almandine?. El demonio te exigirá un precio a pagar, y créeme, no será bonito. Además, nadie me asegura que quiera que ocupes mi lugar, una vez que use mi sangre para invocarlo. No tengo garantías.




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