La oscuridad retrocedía lentamente mientras Pandora Jenkins comenzaba a abrir los ojos. Sus párpados, pesados como plomo, se resistían a dejar pasar la luz. Un cansancio extraño la envolvía, pero al mismo tiempo sentía una energía palpitante corriendo por sus venas, una vitalidad nueva que contrastaba con el letargo de su cuerpo. Era como si algo hubiese cambiado en su interior, como si ya no fuera completamente ella.
No recordaba qué la había llevado hasta ese lugar, ni por qué ese despertar le parecía tan ajeno. Solo una sensación latente le decía que había olvidado algo crucial, algo que latía en lo más profundo de su mente, escondido entre la niebla de la confusión.
La luz cálida de las velas titilaba suavemente, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de piedra. Tardó unos segundos más en adaptarse a esa claridad tenue. Cuando por fin su vista se estabilizó, notó que podía distinguir cada rincón de la recámara, incluso los más oscuros. Las paredes, de un color cobrizo deslucido, estaban agrietadas y cubiertas de musgo verdoso. Las telarañas colgaban como hilos plateados desde las vigas del techo alto y majestuoso, y las manchas de humedad en el muro desprendían un olor a encierro, como si el lugar no hubiera sido habitado en años.
Una pequeña ventana enrrejada apenas dejaba pasar la luz de la luna, que se colaba entre la espesa neblina del exterior y se derramaba en el ambiente como un velo plateado, otorgándole un aire espectral a la escena. Pandora, con lentitud y precaución, se sentó al borde de la cama matrimonial en la que hasta hacía segundos yacía dormida. La colcha estaba polvorienta y rasgada, y su textura áspera le provocó un estremecimiento.
No había mucho más en la habitación. Solo un escritorio viejo y carcomido por el tiempo. Encima descansaba un papiro enrollado. Lo tomó entre sus manos con suavidad, y al desplegarlo sus ojos recorrieron, con pasmo, un texto escrito en latín antiguo. Aquel idioma jamás lo había estudiado, y sin embargo... podía leerlo perfectamente.
Más allá de la sorpresa por su repentina erudición, fue el contenido lo que la hizo contener el aliento.
Pandora Jenkins
Hora de muerte/nacimiento: 23 hs
Día: 12 de noviembre de 1842
Un escalofrío le recorrió la columna.
¿Estaba muerta? Llevó dos dedos temblorosos a su muñeca derecha, buscando el pulso. No halló nada. Nada.
Su corazón no latía. Y sin embargo... estaba de pie, respirando, sintiendo.
¿Era una ilusión? ¿Una alucinación?
Se frotó el cuello, intentando calmar el vértigo, y entonces los notó. Dos pequeñas perforaciones bien definidas adornaban su piel blanca. Eran marcas de colmillos. El recuerdo la golpeó de repente.
Su hija. El parto. Su marido llevándola de prisa hacia un supuesto experto que podría asistirla... Luego, oscuridad.
Y una imagen.
Un hombre alto, de complexión imponente, con el cabello largo atado en una coleta baja que caía hasta media espalda. Vestía un sobretodo de cuero negro que se ceñía a su torso musculoso. Su rostro era fuerte, con cicatrices que cruzaban sus mejillas, y unos ojos escarlata que brillaban como brasas en la penumbra. Sus colmillos, afilados y relucientes, se le quedaron grabados en la memoria.
Recordó el miedo, no por ella, sino por su bebé. Su instinto de madre gritaba. Se llevó las manos al vientre con desesperación... y sintió el vacío. Ya no estaba redondo ni lleno de vida.
¡Había nacido!
Un nudo de emociones se formó en su pecho. Alegría, alivio, angustia. ¿Dónde estaba su bebé? ¿Por qué no estaba con ella?
La ansiedad se volvió insoportable. Se acercó a la puerta, una vieja madera de pino. La pateó con una fuerza que jamás pensó tener, y la madera cedió con un crujido seco. Ni siquiera le dolió cuando las astillas se clavaron en su piel. No le importaba. Solo quería encontrar a su hijo.
Corrió por los pasillos sombríos del edificio. El eco de sus pasos retumbaba como un tambor fantasmal. Gritaba, llamaba, imploraba. Nadie respondía. El aire era denso, como si la piedra misma respirara. La desesperación la estrangulaba. ¿No había nadie allí?
De pronto, escucho una voz.
—¿Pandora? ¿Qué haces ahí?
Se giró bruscamente y se encontró al borde de una cornisa. Un paso más y habría caído al vacío. No entendía cómo había llegado tan lejos.
Y entonces lo vio.
Magnus. Su esposo. Estaba ahí, su expresión era una mezcla de alivio y preocupación. En sus brazos, envuelta en mantas, dormía una criatura diminuta. Su hija. Su bebé estaba a salvo.
Saltó hacia él, corrió, y se fundieron en un abrazo que parecía querer borrar todo el sufrimiento.
—Magnus...— susurró, mientras tomaba a la niña entre sus brazos. Sus pequeños ojos cerrados, sus cabellos rojos como fuego, su piel pálida como porcelana, sus mejillas sonrosadas...— Es perfecta...Mi dulce niña
—¿Qué nombre le pondrás, cariño?
—Melanie... Lo lograste, amor. Nos salvaste a ambas.
—No iba a dejarte sola. Estamos juntos en esto. Hasta el final.
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Editado: 12.02.2026