Melanie Jenkins: la heredera de la oscuridad

Capitulo 4

City Death seguía envuelta en la misma neblina espesa que la había recibido años atrás. La niña que había llegado enferma, febril y casi sin fuerzas a los dos años… ahora tenía once. Tantos años de encierro. Tantos años de crecer entre la sombra y el silencio del sótano, con la puerta que marcaba la frontera entre el mundo y ella.

La enfermedad que casi la mató en Rumania ya no ardía en su cuerpo, pero no había desaparecido de un día para otro. Se había extinguido lentamente, como un fuego condenado a apagarse por una fuerza misteriosa que nadie comprendía. Cada semana, algo en su interior se fortalecía, una energía que parecía respirar con ella, como si City Death —o lo que dormía bajo esa tierra— la reconociera.

Pero nadie lo sabía.
Ni siquiera ella.

El sótano era lo único que conocía.

Las paredes de piedra estaban marcadas por las décadas de humedad del bosque. Las tablas del piso crujían como si guardaran secretos. A veces escuchaba pasos arriba: Pandora, moviéndose en silencio; Magnus, arrastrando algo pesado; o solo susurros entre ellos, apagados y tensos. Pero de día, no se escuchaba nada: arriba reinaba la quietud absoluta, pues sus padres dormían como tumbas.

Los primeros años habían sido los peores.
Melanie recordaba fragmentos vagos de su infancia: fiebre, temblores, delirios, la voz de su madre cantando, la de su padre ordenando algo entre murmullos. Su cuerpo parecía romperse desde adentro. Aun ahora, al pensarlo, sentía que esa niña enferma seguía escondida en algún rincón de sí misma.

Pero eso era antes de que empezara a sanar.
Antes de que Crystal llegara a su vida.

Crystal y Kenneth habían sido adoptados hacía un año, cuando Melanie tenía diez. Los dos poseían la palidez y la audacia inquietante de los vampiros jóvenes. Crystal apenas parecía mayor que ella, pero ya tenía una presencia firme, una mezcla de dulzura y fuerza que Melanie había sentido desde el primer instante.

No le hablaron de inmediato. Al principio, Crystal solo bajaba con una vela y le dejaba la comida en silencio. Pero Melanie la miraba como quien se aferra a un rayo de luz. Todo en ella le daba curiosidad, talvez porque nunca había conocido a nadie más que a sus padres. Tantos años de encierro, la privaron de muchas cosas, pero de una en particular: libertad, vivir en sociedad. Era humana, y como todo humano necesitaba la compañía de otro ser para sentirse mejor consigo misma. Pero su padre, no creía lo mismo.

La conexión con Crystal nació lento… y a los once, por primera vez, Melanie no se sintió completamente sola.

Y estaba agradecía por eso.

(...)

Ya era pasada la medio noche, el viento azotaba la cabaña con fuerza y la neblina se pegaba a las ventanas. Melanie estaba sentada contra la pared, arropada en una manta vieja, cuando escuchó pasos en la escalera. Eran suaves, casi imperceptibles.

Crystal.

Siempre la reconocía.

La puerta se abrió con un chirrido, y la tenue luz de un farol alumbró el rostro de la bella muchacha de cabello castaño claro. Sus ojos brillaban con una calidez que Melanie jamás había visto en Pandora o Magnus desde hacía mucho tiempo.

—¿Puedo entrar? —susurró Crystal.

Melanie asintió.
Crystal cerró la puerta, dejando el sótano en penumbra.

—Traje pan… y una manta nueva. La de arriba estaba húmeda —dijo, con esa voz que parecía acariciar en lugar de romper el silencio.

Melanie tomó la manta, agradecida pero sin saber cómo decirlo. No era buena hablando. Años sin usar la voz con nadie salvo para gritar o suplicar le habían enseñado a guardar palabras.

Crystal se sentó a su lado.

—Hoy te ves mejor —comentó con una sonrisa leve.

—Me siento distinta —admitió Melanie, jugando con la tela entre sus dedos—. Como si algo se estuviera… despertando dentro de mi.

Crystal la miró sin miedo, sin desconfianza, sin ese recelo que veía en sus padres.

—Eso es bueno —susurró.

—¿Te parece?

—Sí. Aquí… las cosas crecen de formas raras. —Miró las paredes, luego a Melanie—. Tal vez este lugar te está ayudando.

Melanie quiso preguntar cómo, pero Crystal no sabía más que ella. Nadie lo sabía. Solo sentían que la niña ya no moría.

La enfermedad se retiraba como una marea cansada…
despacio, pero sin detenerse.

Crystal extendió las piernas y se recostó contra la pared.

—Kenneth quiere venir a visitarte —dijo de pronto.

—¿En serio? —Melanie abrió los ojos con incredulidad. Hablaba muy poco con él; su presencia imponente le daba un poco de miedo.

—Quiere enseñarte a jugar algo que inventó… cuando era humano. —Crystal rió un poco—. Era bastante torpe, pero no se lo digas.

Melanie sonrió por primera vez en días.
Con Crystal era fácil sonreír.

—¿Cómo era tu vida antes? —preguntó Melanie, bajando la vista—. Antes de llegar aquí. De ser vampiro.

Crystal dudó. Melanie la vio tragar saliva.




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