City Death
11 de marzo de 1856, 04:05 a. m.
Otro día más encerrada entre esas paredes grises.
La humedad impregnaba el aire del sótano, donde el frío calaba los huesos y el tiempo parecía haberse detenido. Melanie ya no lloraba, ya no gritaba, ya no suplicaba. Se había rendido. Aceptar la prisión no era resignación: era sobrevivencia. Había aprendido a convivir con los muros, con la oscuridad, con la soledad. A veces, incluso, creía sentirse libre en su propia celda, una contradicción absurda que se le había vuelto familiar. Quizás ya estaba loca. O quizás, simplemente, se había adaptado.
Esa madrugada, como tantas otras, parecía destinada a la monotonía... hasta que la puerta de hierro se abrió con un crujido largo y chirriante que quebró la rutina.
Un hombre cruzó el umbral.
Era un adulto, aunque no envejecido, de cabellos azabache y semilargos que rozaban sus hombros. Su presencia imponía, no por altura ni musculatura, sino por el aura inquietante que lo envolvía. Su piel pálida como la luna contrastaba con unos ojos carmesí que brillaban como carbones encendidos. Un vampiro, sin lugar a dudas. Vestía un largo sobretodo de cuero negro que rozaba el suelo, y coronando su cabeza, un ridículo sombrero de galera que rompía con el aire gótico de su figura, como una broma mal colocada en un funeral.
-Hola, Melanie. Al fin nos conocemos -saludó con una sonrisa.
La joven se incorporó de golpe sobre la cama, con sus sentidos alerta. Sus ojos se clavaron en él como cuchillas, analizando cada detalle, cada movimiento.
-¿Quién eres tu? -preguntó con voz firme, ocultando bajo su coraza el nerviosismo que hervía por dentro. No conocía a ese hombre. Pero claro, tampoco conocía a casi nadie. Su mundo era una habitación cerrada.
-Un viejo amigo de tu padre. Me llamo Seutonio. De seguro habrás oído hablar de mí.
No lo había hecho. Y no tenía el más mínimo interés en hacerlo. Cualquier cosa vinculada con su padre la repugnaba. Aquel hombre que la había dejado allí como si su existencia fuera una carga.
-Jamás me habló de ti -escupió, con la frialdad de una daga.
Seutonio solo sonrió, como si lo hubiera esperado.
-No me sorprende -dijo, y se acercó con tranquilidad para sentarse frente a ella, igualando su altura, para que pudieran hablar cara a cara-. Melanie... tú tienes un poder inmenso dentro de ti. La voluntad.
-¿Voluntad para qué?
-Viviste encerrada dieciséis años entre estas paredes. Y, sin embargo, estás aquí, viva, intacta. Para mí, eso habla de una fuerza asombrosa.
Físicamente, tal vez. Pero su alma... su alma estaba hecha jirones. Ya no creía en Dios, ni en nadie. Si existía un Señor en su gloria celestial, le había dado la espalda hacía mucho. No tuvo compasión de ella. La dejó ahí. Olvidada.
-Esto no es vida -murmuró.
-En eso estamos de acuerdo. Ya fue suficiente, ¿no? ¿No te gustaría salir, explorar el mundo que hay allá afuera?
Algo chispeó en sus ojos.
No quería ilusionarse. No podía. Pero la esperanza, traicionera como siempre, se filtró por las grietas de su corazón herido. La idea de volver a ver las estrellas, de sentir el viento en su rostro de correr bajo la luna... le erizó la piel. Soñaba con ese momento desde que tenía uso de razón. Decidir por sí misma. Ser libre. Pero algo no encajaba.
-Eso es todo lo que más anhelo... ¿por qué ahora? ¿Qué cambió?
-Por el momento ya no hay peligro. Los cazadores se han marchado, y los humanos dejaron de ser una amenaza para nosotros -interrumpió otra voz desde la entrada.
Melanie giró el rostro.
Ahí estaba él. Magnus Jenkins.
Su padre.
La mirada del hombre estaba teñida de arrepentimiento, pero Melanie lo ignoró. Ya no le importaba. No le debía nada. Como él la había tratado como una extraña, así lo trataría ella de ahora en más.
Magnus sintió el peso de esa indiferencia como una daga. Había cometido un error imperdonable. Creyó que la distancia la haría fuerte. Que si la dejaba sola, crecería sin depender de nadie. Pero se equivocó. Lo único que ella necesitaba era su amor. Su presencia. Y él no supo dársela.
Salieron del sótano sin decir una palabra más.
Melanie se detuvo en el pórtico. El aire fresco golpeó su rostro como una caricia largamente esperada. Cerró los ojos y respiró profundo, dejando que cada sonido y cada aroma del bosque se impregnara en ella. El crujido de las hojas. El canto lejano de los búhos. El susurro del viento.
Y luego echó a andar.
Sus pasos eran firmes pero lentos, como quien se reencuentra con un mundo que había dejado de pertenecerle. Magnus y Seutonio la seguían a una distancia prudente, respetando su espacio.
-Tranquilo, Magnus -murmuró Seutonio-. Con el tiempo se olvidará de lo que pasó. Ahora, andá y compartí este momento con ella.
-Lo intentaré. Gracias por todo. Pensé que no me ayudarías. ¿Qué te hizo cambiar de opinión?
Seutonio ladeó la cabeza.
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Editado: 02.09.2026