Melanie Jenkins: la heredera de la oscuridad

Capitulo 6

Desde que fue liberada de aquel sótano oscuro y húmedo donde había pasado tanto tiempo encerrada, Melanie intentó construir una nueva vida. Creyó que bastaría con alejarse de ese sitio para sentirse verdaderamente libre, pero la libertad no era algo que se obtenía solo cruzando una puerta.

Aunque ya no estaba rodeada de paredes, seguía sintiéndose prisionera. Su familia -amorosa, sí, pero profundamente desconfiada- la vigilaba sin descanso. Siempre había alguien a su alrededor. Jamás estaba sola. Ese control sofocante empezó a erosionar su paz interior.

"No confían en mí", pensaba una y otra vez, luchando por ignorar las miradas constantes. Pero no podía. Y por eso, cada vez que su familia salía de caza o se perdía en alguna tarea rutinaria como descansar mientras el sol estaba arriba, Melanie aprovechaba para escabullirse. Aunque solo fueran minutos, esos breves instantes de soledad se convertían en su oasis secreto.

Uno de sus lugares favoritos estaba cerca del límite del bosque: una pequeña elevación entre los árboles que ofrecía una vista discreta hacia una aldea humana cercana. La aldea era sencilla, modesta, compuesta por casitas de madera con techos empinados cubiertos de musgo, chimeneas que siempre humeaban, y calles de tierra apisonada que se convertían en barro cuando llovía. Aun así, para Melanie, ese lugar era fascinante. Era un mundo completamente diferente al suyo: un mundo donde no había monstruos, ni secretos que marcaran su destino. Allí vivían panaderos, herreros, carpinteros, cazadores y leñadores. Humanos corrientes. Gente común y libre.

Desde la copa de un roble frondoso, Melanie solía observarlos con curiosidad. Entre todos los aldeanos, uno siempre llamaba su atención: un joven de cabello negro y desordenado, alto, de complexión fuerte pero ágil, como un felino acostumbrado a sobrevivir. Sus ojos eran oscuros como la noche tras una tormenta, y siempre tenía el ceño fruncido, como si cargara un peso invisible.

Él no se comportaba como los demás. Mientras otros reían, compartían hogazas de pan o se emborrachaban en la taberna, él trabajaba en silencio, con los músculos tensos y la mirada baja. Melanie notó cómo los demás lo trataban: con desdén, con crueldad disfrazada de bromas. Lo insultaban, lo empujaban, lo obligaban a hacer las tareas más duras. Era la oveja negra del pueblo.

Desde que nació, circulaba una oscura superstición sobre él. Una anciana, hace muchos años, había dicho que aquel niño traería la desgracia al mundo. Sus padres, devotos de la brujería popular, lo abandonaron sin remordimientos. Nadie lo adoptó. Creció solo, sin amor, entre insultos y burlas. "Eres una desgracia. Nadie te quiere." Esas frases fueron la música de su infancia. Y, sin embargo, había sobrevivido.

Melanie lo veía endurecerse cada día. Sabía que la rabia que cargaba lo consumiría tarde o temprano. Y no tuvo que esperar demasiado.

Una mañana, mientras el muchacho cargaba un hacha sobre el hombro y caminaba hacia el bosque, uno de los leñadores -un hombre corpulento y grosero- le soltó una burla pesada. El joven no respondió. Solo escaneó el entorno con la mirada, como un animal en acecho. Luego, en un movimiento veloz y preciso, arrojó el hacha al suelo, sacó una cuerda de su cinturón y ató al otro hombre contra el tronco de un roble antes de que pudiera reaccionar.

-¿¡Qué haces!? -gritó el leñador, luchando contra las ataduras.

-¿Recuerdas cuando me colgaste de un árbol como carnada para los lobos? -preguntó el muchacho, mientras afilaba su hacha contra una piedra. Su voz era tranquila, pero contenía una furia silenciosa. El otro hombre, pálido de terror, comenzó a suplicar.

-¡Solo seguía órdenes! ¡Tengo hijos!

-Les darás un buen ejemplo -respondió él, sin apartar la mirada-. No deben meterse con alguien más fuerte.

Y con un solo golpe seco, le cortó la cabeza.

Melanie, que observaba desde los árboles, soltó un grito ahogado. El asesino alzó la mirada. Sus ojos se cruzaron por un breve instante. Él solo alcanzó a ver una cabellera rojiza desaparecer entre los árboles.

Intrigado, tomó su hacha y se adentró en el bosque. Nadie del pueblo se atrevía a caminar por esa zona, aun si era de día. Decían que estaba maldita, que allí habitaban los espíritus de las brujas Oscuras. Pero a él no le importaba. Había sobrevivido a tantas cosas que la muerte ya no le inspiraba temor. Más bien, curiosidad.

Melanie, oculta entre las sombras, lo seguía. Sabía que era peligroso, sabía que debía volver con su familia. Pero algo en él la inquietaba profundamente. Su frialdad al matar, la sonrisa casi complacida al ver la sangre... no era un humano común. Era un monstruo. Uno que caminaba libremente entre humanos.

(...)

Melanie nunca le contó a nadie lo que había visto. Ni siquiera a su hermana Crystal, su confidente más cercana. Crystal, aunque mayor que ella, era dulce y juguetona. Siempre la trataba como a una niña, con cariño protector. Pero no era ingenua. Había notado el cambio en su hermana: las distracciones, los silencios, las evasivas.

-Estás rara -le dijo una noche mientras trenzaban flores silvestres para decorar sus habitaciones.

-Estoy bien -mintió Melanie, sin levantar la vista.

Crystal no le creyó. Así que insistió para que su padre les permitiera salir solas al bosque. Después de días de ruegos, Pandora y Magnus aceptaron con condiciones. No alejarse demasiado. No de cruzar el río.




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