Melanie Jenkins: la heredera de la oscuridad

Capitulo 7

Las campanas de la capilla resonaban en el corazón de City Death. Un nuevo amanecer se extendia sobre el pueblo con una luz grisácea que apenas lograba atravesar las nubes bajas. El cielo parecía pesar sobre las almas que habitaban aquel rincón olvidado por Dios y vigilado por sombras.

Como cada día, la rutina despertaba. Las puertas de las casas crujían al abrirse y los pasos sobre el empedrado se mezclaban con el mugido de alguna vaca.

Cassandra Miller caminaba con paso firme y una cesta de telas entre los brazos. Saludaba con una leve sonrisa a cada persona que encontraba, sin detenerse demasiado. Todos la conocían y la respetaban. Era la última Miller, una de las primeras familias que habitaron City Death. Heredera de una estirpe que alguna vez fue poderosa y venerada, ahora reducida a una silueta solitaria bajo las cenizas del tiempo.

Vestía como siempre: un vestido modesto de lino crudo, con bordados hechos a mano, y un collar simple de piedras opacas. Sus cabellos castaños oscuros caían en ondas sobre su espalda, y sus ojos, verdes con reflejos de avellana, observaban el mundo con una mezcla de paciencia y resignación. Aunque algunos la llamaban "la loca del pueblo", había algo en ella que imponía silencio. Una dignidad que no necesitaba demostrarse.

Las chismosas la observaban con ojos afilados, cuchicheando entre dientes sobre su negativa a casarse, sobre la ausencia de su familia. Nadie sabía por qué seguía en el pueblo mientras el resto de los Miller desaparecieron como niebla. Pero ella sabía por qué.

Ella tenía un deber.

Las Miller eran brujas blancas. Vinculadas a la naturaleza y fieles servidoras de Dios. Muy distintas a las otras... a las Oscuras.

Las brujas negras adoraban la muerte, practicaban ritos paganos, se acostaban con demonios y hacían sangrar la tierra con blasfemias. Aun así, el cristianismo decidió exterminarlas a todas por igual.

Cassandra había crecido sabiendo que su vida no le pertenecía. Que tarde o temprano, descubrirán quien era y vendrían por ella. Pero a estas alturas, la muerte no le asustaba en absoluto.

—Otra vez fallaron.

La voz llegó como un zumbido cargado de ironía, a su espalda. No necesitó girarse.

Él estaba ahí, como siempre.

Cassandra acomodó sus telas sobre el puesto de mercado con delicadeza, ignorándolo. Pero sabía que sus ojos estaban fijos en ella.

—¿Vas a seguir negando que eres a que me mantiene con vida?

— Soy una simple pueblerina -respondió sin mirar— ¿Qué podría hacer yo?

—Todos saben que eres... rara.

—¿Lo decís porque soy la única Miller que queda en el pueblo?

—Si fuera yo, me iría lejos. Al bosque, tal vez... Dicen que vive gente ahí, ¿no?

Cassandra detuvo por un instante sus movimientos.

—¿En el bosque?

— Sí. Vi a alguien anoche. Me observaba desde la sombra. No logré ver bien su rostro... pero su cabello... era rojo. Rojo como la sangre.

Los dedos de Cassandra se crisparon sobre la tela.

Cabello rojo.
Eso no era común. No en City Death al menos y eso no era una buena señal.

—¿Has estado embriagándote otra vez? Seguro lo imaginaste— intentó desviar la conversación, retomando su labor con frialdad.

Pero algo dentro de ella se agitó. Hacía días que sentía un desequilibrio en la naturaleza. Animales muertos en los bordes del bosque, el canto ausente de las aves y el aire cargado de algo oscuro.

Las Oscuras...

No, aún no. No estaba lista para enfrentarlas. No ella sola.

—Dí lo que quieras, sé que tu sabés qué está pasando, Cassie— dijo él, con una sonrisa arrogante— Ya lo voy a demostrar.

Ella apretó los labios. Tenía que mantener el perfil bajo. Sobrevivir.
Ese chico siempre buscaba respuestas donde no debía. Pero no podía revelarle la verdad. No todavía.

—Lo intentás hace tiempo y no lograste nada— dijo con calma, aunque por dentro sentía como su corazon latía con fuerza.

Él negó con la cabeza, sin borrar la sonrisa. Ella era la única persona que le importaba en ese pueblo, aunque no lo dijera. Y aunque sospechara que escondía cosas, la respetaba. A su manera, la cuidaba.

—¡Miren a quién tenemos aquí! El maldito y la loca del pueblo. La pareja del año.

La voz estridente de Valeri, la joven rubia de peinados perfectos y mirada venenosa, cortó el aire como un cuchillo. Se acercaba con su séquito de sombras, derramando celos por cada poro.

Cassandra respiró hondo.

—¿Necesita algo, señorita Valeri?

La educación de Cassandra la sacaba de quicio. Era una amabilidad que no podía corromper.

—¡Quiero que te vayas de una buena vez! ¡Toda tu familia está muerta! ¿Qué hacés aqui?

Las palabras calaron hondo en Cassandra. Era alguien que siempre guardaba la compostura y no se dejaba afectar por lo que las demás personas dijeran. Pero esta vez fue diferente, estaba harta de que la criticaran.




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