Melanie Jenkins: la heredera de la oscuridad

Capitulo 8

City Death, Aldea Humana

La luz pálida de la luna se asomaba entre las nubes grises mientras las campanas de la iglesia sonaban con un tono lúgubre anunciando el crimen atroz de Valeri Perkins. Nadie lo decía en voz alta, pero todos sabían que no había sido un suicidio.

Seutonio llegó poco despues de que el sol se desvaneciera en el horizonte. El olor a sangre aún flotaba en el aire. Vio a la muchedumbre amontonada frente a la iglesia, observando con una mezcla de horror y morbo cómo el cuerpo de una joven mujer rubia era bajado con esfuerzo. Él no se inmutó. El comportamiento humano no dejaba de resultarle grotescamente predecible. En su experiencia, cualquier señal de rebeldía femenina era castigada por el sistema patriarcal con una violencia desmedida, como si con cada muerte quisieran recordarse a sí mismos quién mandaba.

-¡Alto ahí, intruso! -gritó el alguacil apuntando con su rifle directo al pecho del vampiro. Pero era absurdo acusarlo; el cadáver tenía al menos ocho horas colgado y él apenas acababa de llegar con el crepúsculo. Pero ¿cómo explicarle a un humano que no podía andar bajo el sol sin revelar su naturaleza inmortal?

-¡Al suelo, ahora!

Seutonio lo miro fijamente, evaluando si valía la pena defenderse. Pero una voz femenina se alzó entre la multitud, saliendo en su defensa antes de que algo terrible pudiera ocurrir.

-¡Alto! Lo conozco. No es un asesino.

Cassandra Miller caminó con paso firme, se colocó entre el alguacil y el forastero.

-¿Lo conoce señorita Miller? -preguntó el oficial, escéptico.

-Es un viajero. Y un hombre de confianza -dijo con frialdad.

El alguacil bajó el arma, aunque no con gusto. El pueblo estaba tenso, y cualquier chispa podía provocar un incendio. Pero nadie se atrevía a contrariar la palabra de una Miller. No en City Death.

-Ven, vamos a mi casa estaremos tranquilos ahí

Seutonio asintió y la siguió, aún con los todos de todos sobre el.
Ya en el interior de la casa, Cassandra preparaba té con una calma sospechosa.

-No llegas en un buen momento, Seutonio.

-¿Amor pasional? -ironizó él, observando a través de la ventana, como la gente poco a poco iba volviendo a sus casas tras lo sucedido.

-Algo así. ¿Qué haces aquí Seutonio?

-Melanie Jenkins está en City Death.

Las tazas temblaron en sus manos. Una cayó, se estrelló contra el piso y manchó el tapete con el líquido oscuro. Cassandra no dijo nada al principio. Solo recogió todo en sumo silencio tratando de ordenar sus pensamientos. No conocía a Melanie, pero ese apellido... Jenkins. Recordaba bien a Dolores Jenkins y la alianza forjada con su antepasada, Harmony Miller. Sabía que aquella sangre portaba secretos que no debían salir a la luz.

-No debe estar aquí -murmuró-. He sentido la presencia de brujas Oscuras rondando los límites del pueblo. Si saben que está aquí... el sello podría romperse.

-Háblame de la profecía.

-Solo las brujas blancas la conocemos. Si te la digo, las Oscuras podrían leer tu mente.

-¿Pueden hacerlo?

-Las más poderosas, me temo que sí.

Seutonio entrecerró los ojos.

-Entonces debes ayudarnos. Tu familia, es fiel servidora de Dios. Han protegido City Death por generaciones ¿no?

Cassandra dudó. No era la primogénita. Su hermana mayor, Ariadna, desaparecida hacía años, era la heredera del poder de su familia. Y si había caído en la Oscuridad, entonces... la profecía ya no estaba a salvo.

-Está bien. Te ayudaré. Pero la profecía... solo la sabré yo. No diré nada hasta que se cumpla el plazo acordado.

El vampiro asintió con seriedad. Sabía que no podía forzarla. El destino de su especie estaba ahora en manos de una bruja con demasiados secretos.

(...)

La puerta se abrió sin previo aviso, como tantas veces antes.

-¿Quién era ese tipo?

Dimitrius entró como una sombra. Se paró en medio del umbral como un perro guardián y cerró de un portazo.

-Solo un viajero. Se asustó al ver un cuerpo colgado del campanario. ¿Otra vez estuviste siendo imprudente, Dim?

El muchacho sonrió con ironía. No negó la acusación.

-Vi su rostro. No se sorprendió. Parecía... satisfecho.

Cassandra lo miró de reojo. Aunque su tono era burlón, sus ojos estaban cargados de preguntas. Y de desconfianza.

-Como si oler la sangre lo complaciera.

-Dices cosas raras. Volveré al mercado...

Pero no logró alcanzar la puerta. Dimitrius la acorraló, apoyo un brazo contra la madera y con el otro la sujeto del cuello con fuerza controlada. No buscaba lastimarla, pero sí someterla.

-¿Quién era ese hombre en realidad? ¿Qué quería de ti? ¿Por qué te pusiste tan nerviosa?

Cassandra no pestañeó. Le sostuvo la mirada con una calma que lo desarmó. Lentamente, él fue aflojando los músculos. Esa mujer siempre sabia cómo calmar a la bestia dentro de él.




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