Melanie Jenkins: la heredera de la oscuridad

Capitulo 9

-¡Vamos, Mel, tú puedes! ¡Golpéame con más fuerza!

La voz de Kenneth retumbaba en el claro que rodeaba su cabaña. Melanie, jadeante y con los nudillos enrojecidos, lanzó otro puñetazo hacia el pecho de su hermano. Aunque él la superaba en fuerza y agilidad, ella no se rendía. No lo hacía por ganar. Lo hacía porque no quería volver a sentirse indefensa.

Habían pasado horas entrenando. Melanie sentía cada músculo arder, pero se obligaba a seguir. Su familia insistía en que debía aprender a defenderse, en especial Seutonio. Y aunque no entendía del todo el porqué, confiaba en él. En cambio, con sus padres... aún había heridas abiertas que tardarían en cicatrizar.

-Muy bien, criaturitas, ya pueden descansar -anunció Pandora, acercándose con una bandeja en cada mano: una con bolsas de sangre, la otra con galletas recién horneadas.

Melanie se lanzó por las galletas como un animal hambriento. No había comido nada desde hacia horas. Pandora la observó con ternura y tristeza a la vez.

-Lo hiciste muy bien, cielo.

-Porque me esfuerzo. Y Seutonio cree en mí -dijo Melanie, sin mirarla.

La frase cayó como una aguja en el pecho de Pandora. A pesar del tiempo, su hija seguía recordando que la habían encerrado como si fuese un monstruo. No era fácil reparar esa clase de traición.

-Mely -dice Kenneth mientras se secaba un hilo de sangre que escurría por su boca- vamos a recorrer el bosque. ¿Te apuntas?

Ella dudó. El recuerdo del misterioso joven de ojos oscuros que había visto entre los árboles aún la perseguía. Desde entonces, se aferraba al entrenamiento y a los libros que Seutonio le traía como regalo. Evitaba ir lejos de los perimetros de su hogar.

Pandora notó esa tensión sutil en los hombros de su hija, esa mirada que se perdía al horizonte como buscando excusas. No preguntó. Solo acarició su cabello con dulzura y susurró:

-Estarás segura con tu hermano, Melanie.

-Así es Mel, lo prometo

Y esa promesa, fue suficiente. Melanie asintió, dejando que Kenneth la cargara a su espalda mientras corrían hacia el bosque.

El aire era puro y vibrante. Melanie reía mientras el viento le acariciaba el rostro. Kenneth se deslizaba entre los árboles con una velocidad inhumana. Ella se aferraba a su espalda, deseando que ese momento no terminara nunca. Se preguntaba si algún día sería como ellos. Como un vampiro. ¿Lo quería realmente?

Recordó las palabras de su padre. Que podría transformarla al madurar. Pero ahora, tras observar el mundo de los humanos, y escuchar los relatos de Seutonio y de libros antiguos, ya no estaba tan segura. ¿Qué perdía y qué ganaba al convertirse en vampiro?

El bullicio de voces la trajo de vuelta. Misha y Luka, disipulos de Seutonio, discutían quién llegaría primero a la cascada. Kenneth la dejó en la orilla del lago antes de unirse al salto. La luz de la luna, bañaba el agua con un brillo plateado. Todo era tan hermoso.

Melanie, tentada por la frescura, se agachó para mojar sus pies. Pero antes de tocar el agua, unos brazos la rodearon por la cintura y la arrojaron al arroyo helado.

-¡Te voy a clavar una estaca por el trasero cuando salga, Misha! -gritó, empapada y furiosa.

-¡Las niñas pequeñas no deben decir esas cosas! -rió él. Luego corrio hacia el acantilado lanzándose al agua desde lo alto de la cascada.

Entre risas, chapoteos y gritos, la escena parecía una pintura viva: adolescentes jugando como si el mundo no estuviera al borde del abismo.

Pero todo se quebró cuando unas antorchas se encendieron en la lejanía.

-Diablos... ¿son humanos? -susurró alguien.

-¿Qué humano saldría a estas horas? -gruñó Kenneth, colocándose de inmediato al lado de su hermana, protegiendola con su cuerpo. Misha, Luka y Costel se posicionaron a su lado en formación defensiva.

Tres vampiros avanzaron hacia las figuras encapuchadas. Entonces, una de ellas dejó caer su antorcha y, al tocar la arena, un círculo de fuego se encendió alrededor de los vampiros.

-¡Es un aquelarre! -gritó Kenneth, y sin pensar se arrojó al agua con Melanie.

-¡Misha, Luka! ¡Entren al agua ahora!

-¡No podemos dejarlos! -rugió Misha.

Pero Kenneth lo arrastró, junto a Luka, hacia el fondo del lago. Costel, sin embargo, no tuvo la misma suerte. Quedó atrapado con los demás en el circulo de fuego.

Las antorchas temblaban en manos de las encapuchadas mientras la noche caía como un manto pesado sobre el claro del bosque. Un murmullo profundo comenzaba a alzarse desde las gargantas de las mujeres que rodeaban el fuego, cada una vestida con capas oscuras y collares de huesos.

-¡Costel! ¡Suéltame Kenneth! ¡Es mi hermano! -gritó Misha con desesperación, intentando soltarse para ir tras él.

-¡Te matarán! -rugió Kenneth, sujetandolo con fuerza mientras observaba a Melanie, que miraba todo aterrada.

Ella no apartaba la vista del círculo de fuego. Una de las encapuchadas descubrió su rostro, revelando una figura familiar: la misma mujer que ella y su hermana Crystal habían visto arder en el bosque. Estaba viva, aunque su aspecto había cambiado profundamente. Su aura oscura la delataba. Melanie supo de inmediato que era extremadamente peligrosa.




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