Memorias de un Amor

Las redes del amor

“Nada puede durar tanto,
no existe ningún recuerdo por intenso que sea, que no se apague”.

-Juan Rulfo.

 

Fuimos otra pareja más que se conoció por Internet. Una solicitud de amistad marcó la diferencia: antes era solo yo, al tiempo fue él quien con sus palabras me hacía vibrar, convirtiéndonos en cómplices del día y la noche que atesoraban vernos charlar.

Las pláticas eran realmente maravillosas, cualquier cosa que sucedía era la excusa perfecta para entablar una conversación y durar horas debatiendo. No, no éramos una pareja convencional, éramos únicos en nuestro mundo color de rosa.

Como anécdota les puedo contar que cierto día llegué de la universidad terriblemente cansada, pasaban ya de las nueve de la noche y aún no había cenado. Él lo sabía porque en el camino me desahogué manifestándole lo injustos que eran al dejarnos salir hasta esas horas. Al llegar a casa, al pie de la puerta, había una bolsa que contenía ni más ni menos que mi comida favorita. Puede que sea un gesto sin importancia, dirán que a muchas les sucede e incluso las llevan a comer a los restaurantes, pero ¿comenté que para ese entonces llevábamos seis meses platicando y aún no nos conocíamos en persona? Tampoco lo pudimos hacer por videollamada, nuestros horarios no coincidían.

Cumplimos nuestro primer aniversario, pocas cosas habían cambiado durante todo ese tiempo. Seguía sin poder conocerlo, sin embargo comenzaba a resignarme, a conformarme con las fotos y la palabrería. Prefería tenerlo así, que decirle que si no se mostraba, ya no habría un nosotros, pues terminaría arrepintiéndome y dándome de topes contra la pared. Se había convertido en el aire que respiro, así de intenso era esto.

A los días, casi a la media noche, me llegó un mensaje de voz. Era él, proponiéndome matrimonio. Provocó que todos mis sentidos se pusieran alerta, causó que la mente repensara esas palabras un millar de veces. “Es una broma, ¿verdad?” Me dije a mi misma, después se lo pregunté. Una negativa recibí. Pero por la mañana descubrí que lo había dicho inconscientemente, había salido de antro y también se había emborrachado.

De verdad que una persona sí que puede vivir solo de palabras, pues los meses transcurrieron dando un total de dos años y ahí seguíamos, dialogando a todas horas, dándonos cariño y amor virtualmente.

Una noche que hablábamos por teléfono, la voz de un niño oí, le pregunte quién era, pues esa voz inocente parecía llamarlo “papá”. No estaba enterada que tuviera hijos y después de dos años, no creía que algo así me ocultara. Se empezó a poner nervioso ante mi interrogatorio. Las palabras se le atoraban. Entonces, molesto me lo confesó: ese niño era su hijo de cuatro años de edad. Nuestra burbuja se rompió. No era tan grave que tuviera un hijo, era la mentira que logró mantener por veinticuatro meses y contando. Terminamos por cortar la llamada, éramos capaces de decir cosas por las que después nos arrepentiríamos.

Al día siguiente una amiga me visitó en casa, vio que no estaba bien y preguntó qué me pasaba. Le conté lo sucedido la noche anterior. Me pidió ver el perfil de Darío, quien resulta que era conocido de ella. Le alegué el por qué nunca me lo había dicho, pero sinceramente nunca le hablé de él a nadie. Me mostró su perfil desde su móvil, había cosas ahí que desde el mío no podía ver. Claramente las ocultaba. Arleth me dejó husmear todo, encontré una fotografía justamente del día de ayer en que nos enojamos, era su mano entrelazada con la de una mujer, y le acompañaba un texto que decía que le habían dado el “sí”. Se iban a casar.

No entendí como es que fui capaz de vivir en la mentira tanto tiempo. Tenía sentimientos encontrados, poco faltó para que perdiera la compostura y no lanzara el teléfono de Arleth contra el mármol. No quería volver a saber de él, y eso lo podía lograr fácilmente: lo eliminé, no quería darle oportunidad a que me explicara. Con el paso de los días me di cuenta que hice bien, pues si tan importante era para él, al percatarse me hubiese marcado. Su pasatiempo llamado Danna, había sido desechado.

Cuidado con esas personas que conocen en las redes, son capaces de robarte, y se preguntarán qué fue lo que Darío me robó; además del tiempo, el corazón.

Me permití ilusionarme. Me permití sentirme querida e importante para alguien. Y aquí estoy, desollando de mis recuerdos cada palabra que en un principio me hizo vibrar. Comprobé una teoría: uno no se enamora en sí de la persona, se enamora de su intelecto, de ese poder que tiene para hacer que las letras en conjunto suenen hermosas, tanto que resuenan en tu interior provocando desgarres en el alma.

Cuidado con esas personas que conocen en las redes, tienen el poder de enamorarte sin necesidad de tocarte.      



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En el texto hay: relatos, violencia de genero, mujeres

Editado: 22.05.2020

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