Memorias de un Amor

Amor cruel

“Entonces lloré por él y lloré por mí,
y rece de todo corazón no encontrarme con él nunca más en mis días”.

-Gabriel García Márquez.

 

Mi nombre es Ileana. Mi delito: enamorarme de la persona equivocada. Muchas historias de desamor se han oído. Hay muchos motivos por los cuales termina una pareja. No sé si es porque esto me pasó a mí, pero, a pesar de que muchos me han fallado y herido, nadie fue tan cruel como Tony.

El verano pasado salí de vacaciones a un pequeño pueblo a cuatro horas de casa. Paseando fui a parar a un bar, el cual me llamó la atención por la música que salía de él: música de los 80’s. Para mi sorpresa era una banda la que estaba tocando. Me situé en una de las mesas del fondo, queriendo pasar desapercibida, pues iba sola —no, no me preocupaba la soledad, más bien que pensaran que estaba loca—. Poco a poco el espectáculo fue llegando a su fin. Ya había terminado la cena, así que lo mejor era irme. Cuando me disponía a hacerlo, el joven guitarrista de la banda me detuvo gentilmente. Me saludó y me indicó su nombre. Tony. No perdió tiempo, confesó haberme visto cuando entre y también que le llamé la atención. Me invitó un trago y es trago trajo dos más consigo y así sucesivamente. Después de una larga charla y de intercambiar números, regresé al hotel a descansar con una sonrisa en el rostro. Realmente disfruté esa noche.

El interés mutuo hizo que alargara mi estancia. Aprovechamos para conocernos y entre cada dato, regalarnos un beso. Me cautivó. Y más cuando por las noches llevaba su guitarra para deleitarme con su melodiosa voz. Un mes vacacioné, después tuve que volver a casa. Fue difícil separarnos, pues fueron muchas las caricias que compartimos. La distancia lo único que generó fue que crecieran nuestras ansias locas de tenernos, de amarnos un poco.

Me convenció de mudarme a su pueblo. Me juzgaron loca, pero, ¿quién en su sano juicio no comete locuras por amor? Lo seguí. No llegamos a vivir juntos, pero sí formalizamos nuestra relación, conocí a su familia y él a la mía. Todo parecía ir bien. Un par de enamorados que disfrutaba el uno del otro. Los sentimientos que Tony despertaba en mí… Nadie más lo había logrado. Esa forma tan suya de quererme, de acariciarme el alma con su voz, era sorprendente.

Cumplimos veinticuatro meses juntos. Literal, juntos, pues no había ni un solo día en que no me visitara o yo lo acompañara a sus tocadas. Quizá ese fue uno de los errores que cometimos. Un día me llamó para invitarme al cine, dijo que pasaría por mí a las ocho. Las manecillas del reloj avanzaron, cruzaron las ocho, llegaron hasta las once. Su celular me mandaba a buzón. No me preocupé, al día siguiente lo vería, quizá tuvo un imprevisto. Se le fue haciendo costumbre plantarme. Cuando le preguntaba el por qué, evadía el tema. Lo hacía realmente bien, lograba despistarme.

Todo terminó justo el día en que se casaba mi mejor amigo. Se preguntarán el motivo. Vaya, fue la cotidianidad y la monotonía. Ese día se suponía que me recogería, pero al último momento prefirió no hacerlo. Si, lo prefirió. Lo supe porque después de haberme llenado de coraje, tomé un taxi con dirección a su casa. Sabía muy bien dónde guardaba la llave de repuesto, así que no hubo necesidad de llamar a la puerta. Mi pensamiento recreaba imágenes de Tony con alguna chica, creía que me engañaba. Cuando entré estaba ahí, tendido en el sofá, con un tazón de frituras en una mano y en la otra una lata de cerveza. Veía el futbol. Fue extraño. No comprendía.

Se atemorizó cuando pronuncié su nombre y me preguntó qué hacía. Conteste con otra pregunta.

—¿Qué haces ahí? ¡Se supone que iríamos a la boda de José! —le grité.

Perezosamente volvió a tomar su lugar en el sofá. Despilfarrando rabia, fui hasta él y de un manotazo tire las frituras que llevaba en mano. Sus ojos se desorbitaron, más no mostró señales de enfado. Su tranquilidad me sacaba de quicio. Por primera vez me sentí fuera de sí, ignorada, poca cosa. Exhausta y con el maquillaje corrido por el sudor y las lágrimas fugitivas de la ira, me senté en la mesita que adornaba el centro de la sala, bajé mis hombros y le pregunté nuevamente.

—¿Qué nos está pasando? ¿Por qué de la noche a la mañana tu actitud cambió?

—Me aburrí de ti —dijo dando un trago a la cerveza y reacomodándose en el sofá.

Sus palabras fueron como espadas, atravesaron todo mi ser.

—Explícame, Tony, porque no entiendo nada.

—Siempre complicándote la vida, Ileana —pronunció exasperado—. Así de simple, me aburrí de ti, de lo que tenemos. Cuando te veo ya no me provocas nada, ya no tengo esa necesidad de estar contigo y sentirte cerca en todo momento. Justo ahorita, me asfixias, me… me das lastima. Te ves tan patética.

Sollozando, me lance sobre él con la intención de estrecharle la palma de mi mano en su precioso rostro, aquel que me encantaba contemplar por las noches cuando se quedaba dormido. Sus reflejos lograron detener el golpe. Apretó mi muñeca con tanta fuerza que por un momento temí, me la fuera a fracturar. Presa del dolor, no me quedó más que caminar hacia donde me conducía. Abrió la puerta y me empujó.

—Regresa con tu familia, Ileana, aquí ya no tienes nada qué hacer, lo nuestro terminó. Confieso que fue bonito compartir contigo, pero ya, ya la chispa se apagó —expresó antes de cerrarme la puerta en la cara.



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En el texto hay: relatos, violencia de genero, mujeres

Editado: 22.05.2020

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