Memorias de un Amor

Por sostener el amor...

“Asegúrate de no hacerte pedazos
al intentar arreglar a un hombre que ya está roto”.

-Mr. Amari Soul.

 

Había un grave problema en su matrimonio. Él era adicto a las drogas, pero eso era algo que desde hace tiempo le había dejado de importar a Sofía, a pesar de que ella era la que pagaba el precio. Ante la sociedad parecían ser el matrimonio feliz, sin problemas, sin embargo, entre cuatro paredes, su vida era un total averno.

Sofía estaba aferrada en ayudar a Isaac, solía decir que así la vida se le fuera en ello, lograría alejarlo de ese veneno que poco a poco lo mataba. No se arrepentía de haberse casado con él, siendo que desde el noviazgo supo de su adicción. Cada mañana al despertar y verlo a su lado, rezaba a Dios para que le diera fuerzas y poder continuar en la batalla. Sofía no creía en las casualidades, se cegaba comentando que si Dios permitió ese matrimonio, era por algo.

No tenían hijos, las veces que lograron concebir, tuvo abortos espontáneos debido a lo mismo. No era ella, era él. Sin embargo, ahí seguía su lado, aguantando insultos, golpes, malos tratos. Así lo quería ella.

Isaac podía ser el hombre más amoroso cuando quería, aunque eran pocas las veces que tenía un gesto tierno para Sofía, pues desgraciadamente la necesidad de olvidarse del mundo y sentir esa adrenalina, era cada vez más frecuente. De consumirlas cada tercer día, pasó a tomar dosis diarias, una tras otra. Se ponía insoportable e incontrolable, no había poder humano que lo hiciera razonar.

Una tarde lluviosa, Isaac regresó a casa para consumir su veneno, recién lo había comprado y estaba ansioso por ya ingerirlo. Sofía estaba cocinando, preparaba el caldo tlalpeño que tanto le gustaba a su marido. Empezó a escuchar golpes fuertes. Era Isaac que no podía contener la euforia que drogarse le causaba, por eso golpeaba la mesa tan fuerte. Se acercó a él y lo tomo de las muñecas, pero se le olvido que era más fuerte que ella.

—Tranquilo, mi amor. Tranquilo —le susurraba.

Isaac alzó el puño fuertemente y deshizo el agarre de Sofía, causándole un golpe en la barbilla y provocando que se mordiera la lengua. Le sangraba mucho. Corriendo hacia el fregadero, se enjuagó la boca y volvió para cuidar a su esposo.

—Isaac, tienes que seguir asistiendo a las rehabilitaciones. Mira cómo estas.

—¡Cállate, mujer! No me molestes, vete a hacer tus cosas —le gritó, empujándola a la vez para sacarla de la habitación.

—No, Isaac. No dejaré que te encierres. —Forcejeaba con él.

—¡Lárgate! —Le soltó un bofetón que la tumbó al suelo.

Sofía lloraba ante el dolor, no ante la situación que se repetía. Débilmente se puso en pie, volvió a la cocina y sacó las llaves de las puertas de adentro de la cajonera. Regresó a abrir. Isaac estaba ingiriendo más líneas. Desesperada, hizo lo que muchas otras veces: tiró todo cuanto había encima de la mesa, esparciendo el polvo blanco por el suelo.

Su marido encolerizó, estaba rojo de ira. La tomó por el cuello, estampándola contra la pared. Si Sofía no actuaba, la mataría. Internamente lloró de una forma desmesurada, era ella o él. El aire la faltaba. Alargando el brazo, alcanzó el cuchillo con el que hace unos minutos atrás había cortado las verduras para el plato favorito de su marido. A pesar de estar endemoniado, Isaac percibió las intenciones que su mujer tenía, así que intentó quitarle el cuchillo. Sofía aún podía darle batalla, pero en el intento, el cuchillo atravesó la piel de ella, justo en el abdomen. No fue solo un accidente, el arma blanca se hundió cinco veces más en su carne. Si, la vida se le había ido tratando de rescatar a su marido.

Con lágrimas que desbordaban del alma, Sofía llegó al cielo y se formó en la larga fila que le daría el pase a la habitación que habían reservado para ella. La mujer que se había formado atrás, le hizo conversación.

—Hola, me llamo Sara.

Sofía volteó a verla. Sara no tenía hematomas ni rasguños, tampoco golpes y mucho menos heridas. Extrañada, Sofía le preguntó.

—¿Por qué llegaste hasta aquí intacta? ¿Cómo moriste?

Sara sonrió.

—Tuve un derrame cerebral provocado por un exceso de cosquillas, mientras mis nietos y yo jugábamos. A mi edad, tantas cosquillas pueden matarte. Tengo 89 años. —Sofía se sorprendió. Jamás hubiera imaginado que algo que causara alegría, pudiera matar—. ¿Y tú, por qué moriste?

Su respuesta fue breve. —Por sostener el amor.            

 



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En el texto hay: relatos, violencia de genero, mujeres

Editado: 22.05.2020

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