Memorias de un Amor

Descansa en mis brazos, amor

 

“Nadie nos advirtió que extrañar,
es el costo que tienen los buenos momentos”.

-Anónimo.

 

Merlina había sufrido una recaída por tercera vez, el cáncer no quería ceder ante las quimioterapias y demás medicamentos que le administraban. Pero ella era fuerte y aguerrida, peleaba aunque terminará tendida en la lona. A principios de año, en una de las quimioterapias, le tocó conocer a Marco, un joven de veinte años a quien le hacían transfusiones de sangre en la camilla contigua.

Ambos estaban pálidos, ojerosos, pero el aspecto no importaba en esas circunstancias. Ella, siendo una parlanchina, fue quien se acercó a él para preguntarle su nombre y el motivo por el cual estaba ahí.

—Me llamo Marco y tengo purpura, una enfermedad de la piel. —Merlina puso cara de desconcierto—. Mi sistema tiene problemas para coagular la sangre —explicó.

Ella asintió.

—Un gusto, Marco. Espero verte pronto, aunque no en las mismas condiciones —dijo apenada.

—Entiendo. Igual, espero verte más seguido. —Sonrió.

Ese fue el día que se conocieron, exactamente un 20 de enero. Desgraciadamente sus encuentros serían más frecuentes de lo que se imaginaban, pues ambas enfermedades no quitaban el dedo del renglón. Al mes volvieron a coincidir, se enfrascaron en una plática interminable, que literal, tuvieron que decirles que otro día continuaran, pues era hora de irse y había más pacientes que atender.

La enfermedad de Marco estaba más avanzada que la de ella, de hecho, en la última revisión, ya lo habían desahuciado. Cuatro meses, a lo mucho cinco, eran los que le daban. Por el contrario, a pesar de la fuerza de la enfermedad de Merlina, ella iba progresando.

A la siguiente cita acordaron salir, querían ir al cine, pero para Marco era imposible, dependía de todo un sistema que lo ayudaba a mantenerse con vida. Así que Merlina decidió llevar el cine hasta el hospital, instalando una pantalla y un reproductor DVD. Las sonrisas en sus rostros no tenían precio. Dos almas que se hacían compañía en los días grises, tratando de ponerle un poco de color. A Merlina le encantaba ver sonreír a Marco, especialmente por esos hoyuelos tan tiernos que se le formaban en las mejillas. Fue un maravilloso fin de semana el que pasaron.

Afortunadamente, Merlina cada vez iba menos a tomar quimioterapias, pero eso significaba no más idas al hospital, sin embargo y  pese a que odiaba el lugar, tenía un gran motivo por el cual seguir asistiendo. A la siguiente semana llevó videojuegos, pero Marco ya estaba muy débil como para poder sostener un buen rato los mandos. Merlina entristeció, pues sabía perfectamente que en una de sus visitas, quizá la cama de Marco estaría vacía, y no precisamente porque lo hubieran dado de alta.

Se habían encariñado mucho, entonces las visitas semanales pasaron a ser diarias, no había tiempo que perder. Todos los días, Merlina llevaba algo diferente para entretenerse y todas las noches, leían juntos un libro para escapar de la realidad. Ambos se entendían, estaban en los mismos zapatos. Al siguiente fin de semana, Marco le había pedido que llevara su película favorita, hace mucho tiempo que no la veía y ya comenzaba a olvidar aquellos detalles que más le habían causado gracia. Merlina lo complació, como en todo. Pero esta vez la cosa se tornó diferente, él le pidió que se recostara en la camilla, justo a su lado. Ella no puso objeción alguna, incluso le pareció cómodo estar entre los brazos de Marco. A la mañana siguiente, Marco despertó empapado en sudor, la fiebre le había subido considerablemente. Después de aplicarle compresas de agua fría y haciéndose valer de todo cuanto había a su alcance, los médicos lograron estabilizarlo. El corazón de Merlina descansó, ese no sería el día de la despedida.

Una noche se les ocurrió hacer un campamento, lo más semejante a ello fue llevar frituras y gaseosas, colgar sabanas del techo a la cama y apagar las luces para solo alumbrarse con linternas. Empezaron a contarse historias de terror, las cuales cobraron vida con todos los ruidos que el hospital segregaba. El miedo era solo una excusa para poder abrazarse más fuerte. Por la mañana, cuando Merlina le estaba dando de comer, Marco comenzó a toser fuertemente. Arrojó sangre por la boca y a los minutos, también por la nariz y los oídos. Sin explicaciones, se estaba desangrando. Bañada en sangre por estarle sosteniendo la cabeza para que no se ahogara, Merlina comenzó a llorar ante la escena de película que contemplaba. Lo estaba perdiendo. Los médicos le administraban plaquetas, pero no era suficiente, su cuerpo las expulsaba como si fuera agua. No había más qué hacer. Lo perdió.

Llorando sobre él, se aferró a su cuerpo cubierto de carmín. Sus padres intentaron separarla, pero fue inútil, las fuerzas sobrehumanas del dolor estaban en ella. Entre sollozos solo se podían escuchar las débiles palabras que le susurraba: “descansa en mis brazos, Marco. Descansa en mis brazos, amor”.



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En el texto hay: relatos, violencia de genero, mujeres

Editado: 22.05.2020

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