Mensajes

Capítulo 22

Apenas abrió la puerta recibió un cabezazo de la adorable cabra bebé. Edward seguía sin saber cómo se las ingeniaba para escapar de su jaula. Ya iba siendo tiempo de que comenzara a construirle un hogar en el patio, pues al contrario de las cabras enanas la suya iba a crecer. Si ahora mismo era un peligro para los adornos de su casa (los cojines) no se imaginaba dentro de unos meses más.

Se quitó los zapatos y los tiró sin importarle donde caían, avanzó hasta la sala y luego regresó para acomodar los zapatos uno al lado del otro en el mueble de la entrada. No se sorprendió por el estado de su casa ni por sus calcetines que iban en una línea directo a la cocina. ¿Cómo algo tan adorable podía causar tantos destrozos? La cabra dio saltitos hasta donde estaba sentado y volvió a darle un cabezazo. Esos pequeños ojos amarillos lo miraron con acusación.

«Díselo», parecían gritar.

Edward se cubrió el rostro con su brazo porque todos los cojines (los que no estaban destrozados) estaban guardados en lo más alto de su armario. Si hasta una cabra te juzga por tus acciones, entonces en verdad la habías cagado. Siendo honesto no esperaba que las cosas llegaran a este punto. No sabía qué era lo que esperaba conseguir con todo ello. Fue un impulso nacido de una de sus muchas noches de insomnio. Y por la creencia de que era un número viejo y que ese mensaje no iba a ser leído.

Cuando salía con Irina a menudo su madre le decía que era muy indeciso y que ella se aprovechaba de eso.

—No me gusta ver cómo pasa por encima de ti.

—Irina no es así —respondía.

No era que fuera indeciso, sino que le parecía un exceso de esfuerzo lo contrario. Creció con dos hermanas mayores de carácter fuerte, que tenían por costumbre imponer sus ideas. Se acostumbró a dejar que las mujeres en su vida tomarán las decisiones. Hacía las cosas más sencillas.

—No entiendo cómo eres tan bueno en tu trabajo si dejas que las mujeres te pisoteen.

—Las mujeres no me pisotean, mamá —contestaba con tranquilidad.

Le gustaba creer que era cierto pero viendo en retrospectiva ya no estaba tan seguro.

La cabra dio otro salto, esta vez terminó encima del sofá. Levantó las patas delanteras y le asestó otro cabezazo en su costado desprotegido. Edward soltó un quejido al tiempo que se agarraba el costado. Su teléfono salió volando del bolsillo que él mismo había cosido, la pantalla se iluminó mostrando el último mensaje.

Te veo mañana.

Esa noche iba a cambiar todo. Así como empezó el primer mensaje iba a terminar. En su mente iba directo a donde estaba Megan y le decía que era él quien le mandaba los mensajes. Luego se iban a reír de lo ridículo de la situación o tal vez le gritaría (lo más seguro) y le lanzaría lo que tuviera a mano. Fuera como resultaran las cosas el secretismo se iba a acabar, lo que era bueno porque llevaba noches sin dormir.

Cuando tenía nueve su mamá lo llevó a una dulcería, tenía que recoger un paquete para una amiga de la iglesia. Por aquel entonces era muy estricta con el cuidado de sus dientes, decía que no quería gastar tanto en un dentista cuando creciera. Recordaba que el dueño estaba distraído con otro cliente, nadie lo veía, entonces estiró la mano y tomó un dulce. Le sorprendió lo fácil que fue, en las pelis lo hacían ver más difícil, con cámaras y policías implicados. Salieron de la tienda y solo llegaron a caminar unos metros antes de que se detuviera. Tenía la sensación de que era en ese momento cuando aparecían las autoridades, lo iban a llevar a prisión donde pasaría el resto de sus días, todo por robar un dulce. Apenas pudo contener las lágrimas mientras devolvía el dulce.

Esther se mantuvo en silencio todo el camino, cuando llegaron a casa Edward le pregunto porque no le grito.

—¿Por qué tendría que hacerlo? Al final hiciste lo correcto.

Esa fue la única vez en que hizo algo malo. Cada que rompía una regla o hacía algo a escondidas se volvía paranoico con la idea de que iban a atraparlo. Esos malditos mensajes lo tenían paranoico ahora.

La cabra saltó a la mesa.

—¿Te crees conejo? —pregunto.

«Mee», fue su única respuesta.

—Mañana —prometió.

Le diría a Megan la verdad mañana.




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