Megan se pasó la noche sin poder conciliar el sueño, nada nuevo últimamente. Debatía consigo misma qué hacer con Campbell. ¿Qué hacía con Campbell? Viendo en retrospectiva, no había nadie que le cayera tan mal como él. Cansada de dar vueltas bajo a la cocina a por algo de leche caliente o vino (la segunda opción era buena).
Al parecer no era la única que no podía dormir. La luz de la laptop iluminaba el redondo rostro de Elias, a su lado tenía una taza con una infusión caliente.
—¿Tampoco puedes dormir florcita?
—Veo que no soy la única —Megan se acercó por detrás para curiosear lo que buscaba—, ¿un crucero?
—Tengo pensado sorprender a tu mamá, es por nuestro aniversario.
—Ya lo sabía —mintió.
Elias no se lo creyó ni por un minuto, aun así sonrió. Megan era muy dramática hasta con las cosas más insignificantes, algo que aumentó en los últimos días. Era difícil pasarlo de largo. Un buen padre preguntaría si estaba todo bien, pero un mejor padre lo dejaría estar. De todas formas Megan ya era una adulta.
Megan sacó una botella de vino y se sirvió, acabó con el contenido de una sola vez.
—¿Todo bien? —preguntó con cautela. Era demasiado tarde para escapar.
Tomando la botella y la copa fue a sentarse en la silla libre. Megan apoyó el mentón sobre su mano.
—¿Por qué te agrada tanto Campbell? ¿Es porque es un ratón de biblioteca? Si lo piensas bien no tiene nada que atraiga. Su personalidad es de lo peor, tan sabelotodo que tiene que corregir cuando una persona se equivoca, es tan irritante.
—Eh…
—Y esa manera de vestir. Todo en su persona es molesto. Qué me dices de esa sonrisa, es de lo peor, me recuerda a la de los asesinos en las películas de terror.
Elias miró la puerta que daba al pasillo, donde unos metros estaba su dormitorio. Con resignación accedió a hablar con su hija sobre chicos. Ese era el tipo de conversación que su esposa debería de tener.
—Deberías de darte la oportunidad de conocerlo, verás que es alguien muy agradable.
Megan volvió a servir vino. Ese tipo tenía a todos engañados, nadie conocía como era en verdad. No tenía nada de agradable. Era irritante, la ponía de los nervios.
—¿Has pensado que quizás no te agrada porque sabes que si lo conoces puede llegar a hacerlo?
Megan puso mala cara, muy ofendida como para formular una oración. En parte era su culpa, era obvio que su papá adoraba a Campbell.
—Solo era una idea.
***
7 de noviembre
Edward aceleró el paso, por el rabillo del ojo todavía pudo distinguir la sombra de su persecutor. Llegó al ascensor y apretó el botón repetidas veces. La persona estaba más cerca. Casi a trote fue directo a la puerta que llevaba a las escaleras, donde comenzó a subir a toda prisa. Era ahora cuando tropezaba y el asesino lo alcanzaba.
—¡Edward! —el grito atrajo la atención de un empleado que utilizaba las escaleras para fumar—. ¿No me escuchaste llamarte antes?
El empleado apagó el cigarrillo y salió antes de que pudieran reconocerlo. Sin más opción que encarar a la persona que lo venía persiguiendo desde que entró a la empresa, Edward se detuvo y rezó en silencio. Todo en su interior gritaba que lo habían descubierto, hasta ahí llego.
Melanie no se veía agotada por subir el tramo de escaleras.
—Te mandé un mensaje y no contestaste, supongo que no lo viste.
Edward desvió la mirada, en ese punto cada mentira lo corroía por dentro. Al inicio fue una, luego se volvieron dos y así sucesivamente hasta que se hizo una montaña. Una montaña que amenazaba con aplastarlo con su peso.
—No importa. Quería hablar acerca del tipo que le envía los mensajes a Megan.
Ahí estaba, todos iban a subir las escaleras con un cartel de «mentiroso», luego lo publicarían en el sitio de chismorreos de la empresa para que todos lo supieran. Quizás lo llamaran de recursos humanos.
—¿Qué pasa con eso?
—Eso mismo quiero saber. Qué pasa con eso —repitió con lentitud.
Melanie lo miró con suspicacia.
—¿Acaso tú…? —Dejó la frase sin acabar, esperando que él lo hiciera.
Sus pensamientos debían de ser visibles porque la sospecha de la chica aumentó. Las mujeres y su sexto sentido. Gotas de sudor resbalaron por su cuello, su ritmo cardíaco aumentó de manera alarmante.
—¡Lo admito! Fui yo —dijo al mismo tiempo que Melanie gritaba:
—¡Ya lo descubriste!
Se hizo el silencio. Melanie procesó lo que acababa de escuchar, palabra por palabra, con lentitud las junto en una oración. Luego miro el nervioso rostro del contador y su camisa empapada de sudor.
—¿Fui yo? ¿A qué exactamente te refieres con yo?
Edward aflojo el nudo de la corbata, se quitó las gafas y se pasó un pañuelo por la frente y el cuello. En parte se sentía aliviado de que otra persona lo descubriera, pero el terror de ser descubierto era más fuerte.
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Editado: 07.02.2026