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Capítulo 32

Si había algo en lo que la empresa podría ganar un premio era en la rapidez con que los rumores se movían. Melanie odiaba los rumores, pero era humana y tenía defectos, así que de vez en cuando caía en la tentación. Todos estaban interesados en saber la verdad detrás de lo ocurrido en la última fiesta de la empresa. En especial, las lenguas venenosas de sus ex amigas (todo sea dicho con cariño).

Roberta le paso una bolsa de frituras abierta, la cual recibió con gusto para luego dársela al guardia de seguridad que estaba parado a su lado. Matthew llegó dos minutos después y se unió a ellos.

Edward Campbell, con círculos oscuros bajo sus ojos, esperaba al lado del ascensor como todo un buen chico. Megan Reed, con pinta de querer asesinar a una persona en específico, se dirigió al ascensor con un fuerte taconazo. Tac, tac, tac.

La bolsa de frituras inició su camino de regreso de mano en mano.

—Apuesto veinte a que le da una bofetada —dijo Roberta.

—Lo va a ignorar, es la ley del hielo, mi esposa lo hace cuando olvidó sacar la ropa del lavarropas —dijo el guardia.

—Va a ser toda una adulta en esto —la defendió Melanie con cero esperanzas de que sucediera.

Matthew prefirió guardar sus opiniones.

Megan fue directo a donde estaba Edward, cuando él abrió la boca para decir algo volteo la cara y sacudió su cabello al estilo de las películas de comedia. Sip, nada de romance por aquí. Ahí también quedaba siendo todo lo adulta que era.

—Nadie logró acertar —dijo el guardia, con alivio.

Matthew levantó la mano con timidez. —Aposté por una escena digna de «Un lugar llamado Notting Hill».

—No fue ni de cerca —se quejó, pero aún así busco el dinero en su cartera.

Vieron a Edward hacer cara de asco y luego escupir en su mano, sostuvo entre el dedo índice y el pulgar el largo cabello rubio. No tenían remedio, sospechaba que con lo orgullosa que era Megan el tipo no tendría oportunidad de disculparse.

Tuvo que recordarse que no era su problema, era algo que ellos tenían que resolver solos, pero no se la hicieron fácil. A media jornada laboral, Edward había optado por otra táctica, volvía a ser el insufrible que era según Megan. Dejando atrás las miradas de cachorro apaleado y mostrando una fría cortesía. Lo que puso de los nervios a Megan. Y, por supuesto, todos notaron el cambio. El problema en sí no era que estuvieran peleados sino que casi media empresa parecía interesada en ello.

***

Megan llevaba días con mal humor y no sabía cuál era el motivo. Apostaba a que se debía a que cuando fue a hacer su avena se dio con que ya no quedaban frambuesas. Y cuando fue a por café la cafetera le había fallado, la muy traidora. Pequeñas cosas que se acumularon durante el fin de semana.

—Ahora sé porque la pasante se fue llorando al baño después de verte —Melanie se acercó a su escritorio con un pedazo de pastel como ofrenda—. ¿Qué le hiciste?

—De manera gentil le dije que hiciera bien su trabajo —y lo había sido, palabra de honor.

Engullo el pastel sin temor a que la vieran. El que Melanie la estuviera juzgando en ese momento no contaba.

—Quería pedirte un favor, pero ahora tengo miedo de que me muerdas.

—Esta es mi cara de felicidad.

—Muy feliz por lo que veo. Debí haber traído el pastel entero —dijo en voz baja.

Una vez que le dio el último bocado del pastel estaba lista para afrontar el día. Una buena cantidad de azúcar a veces era muy necesaria. También era capaz de reconocer que no fue tan amable como pensó con la pasante. Le pediría disculpas después, últimamente eso se le daba bien.

—¿Cómo pago el pastel? —preguntó con voz más amable.

Melanie movió sus dedos contra la mesa en un golpeteo, se veía dudosa antes de por fin decidirse.

—Tengo que hacer el inventario de los nuevos productos, George está con licencia de paternidad.

Le entregó el listado, pero cuando Megan lo tomó Melanie no lo soltó, tuvo que tirar dos veces antes de que cediera. Bajaron a la bodega. Conocía muy bien a su amiga y supo que algo ocultaba, no obstante su curiosidad pudo más. Cada una tomó un estante para revisar, se podía escuchar con claridad cada que tomaban una caja y la arrastraban, de la misma forma los pasos al alejarse.

La voz del fondo de la bodega le llamó la atención, la conocía. Melanie no se atrevería, no era de las personas que se metían en medio de otros. Incluso cuando la puerta se cerró seguido de las rápidas pisadas seguía sin creerlo. Fue directo a donde provenía el ruido, al doblar por el estante vio a al hombre que cuyo nombre la hacía enfurecer, hablando por teléfono.

Traidora.

Campbell se dio la vuelta y palideció al verla. —Oh —fue lo único que dijo.

—Sí, oh —repitió con algo de fastidio.

Decidida a ignorar la situación continuó con lo que había ido a hacer. ¿Qué importaba que fuera lo más cerca que estaban desde esa noche? Por fortuna, Campbell no insistió en establecer una incómoda platica. Cobarde. Ese hombre la irritaba hiciera lo que hiciera.




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