Mensajes

Capítulo 33

Campbell no podía quitar la vista de Adorable y las astas, que estaban más grandes que el día anterior, bien podría ser solo su imaginación. La misma cabra ya no era tan pequeña como cuando la adoptó. Ahora estaba acostada en el sofá individual, lo retaba a que la bajara. Cabra astuta.

La mesa de la cocina seguía con lo que quedó de la cena de la noche. A diferencia de las otras fiestas, donde se reunían en casa de su madre, para recibir el año se turnaban y ese año le tocaba ser el anfitrión. Debería comenzar a limpiar antes de que los quehaceres se acumularan más. Pero no podía dejar de pensar en Megan y de que se trataba su intento de tregua.

—¿Estás lista para conocer a Megan? —le pregunto a la cabra.

No recibió ningún bee como respuesta. Era el único que estaba preocupado.

—Esa mujer puede devorarnos vivos. Va a hacerlo. Tu no tienes que preocuparte por eso, tienes esas cosas en tu cabeza —simulo unas astas con los dedos—. Si le das un cabezazo no te aseguro que no te lo devuelva.

De hecho la imagen que se le formó en la mente fue tan irreal que se largó a reír. Adorable y Megan peleando a cabezazos. Ahí se iba su cordura.

«Bee bee»

—Claro, ahora si opinas —la cabra siguió emitiendo su balido—. Los dos vivimos en esta casa y es hora de que pongas de tu parte. Estoy cansado de caminar por cualquier habitación y encontrar tus residuos, al menos deberías acostumbrarte a salir afuera.

En respuesta, Adorable saltó del sofá y levantó su colita peluda para dejar caer pelotitas de excremento. ¡Eso es cooperación señores!

Un nuevo año con nuevos retos incluidos.

Enseñar a la cabra a usar un baño.

***

Elias pasó un brazo sobre el hombro de su esposa y la apretó contra su cuerpo. Sentada en el otro lado de la mesa, Megan tenía la sonrisa más grande de su vida.

—Deberíamos conseguirle ayuda —dijo Elias—. Ha comenzado a asustarme.

—Apuesto a que le paso algo bueno —dijo Norah.

Megan dio un gran bocado de la comida, ajena a la platica de sus padres.

—No debí deshacerme de las botellas de vino —se arrepintió Elias. Su niñita era como una montaña rusa en persona, un día despotricando contra una persona y al siguiente tenía la sonrisa de un asesino.

—En un divorcio, ¿quién tiene las de ganar con la custodia? —preguntó de repente.

—¿No estás muy grande como para que decidamos la custodia? Además no nos vamos a divorciar —Norah se divertía con toda la situación.

—Ustedes no.

Elias casi se cae de su asiento, su corazón comenzó a golpear como un loco contra su pecho. —¿Vas a divorciarte? ¿Pero cuándo te has casado?

Megan continuó comiendo como si no hubiera soltado una bomba, al terminar se sirvió otra porción. No noto lo mucho que sudaba Elias, al punto de que bajo sus axilas se formaron dos enormes círculos.

—No sería un divorcio como el de otros y el niño en cuestión tampoco es un niño. Ya que estamos, soy su única hija así que voy a heredar la casa en el futuro. Tenemos un gran patio, si dispongo de ello ahora no habrá problema, ¿verdad?

Norah tenía un gran jardín que cuidaba con esmero y para protegerlo tendrían que poner una cerca. Sería incómodo al principio, pero una vez que se acostumbraran no iba a ser un problema. En cuanto vieran a Adorable se iban a enamorar, era inevitable, si es que no le tenían miedo a las astas del animal.

—¿De qué niño estás hablando? —preguntó Elias, ahora con el sudor goteando de sus sienes. Norah le pasó un pañuelo al tiempo que le daba palmaditas tranquilizadoras en la mano.

—A mi adorable niña.

Esta vez, Norah tuvo que intervenir antes de que Elias necesitara llamar a una ambulancia.

—Cuando dices niña, ¿a qué te refieres realmente? Soy tu madre y te puedo asegurar que no has tenido ninguna niña o niño.

—Es una sorpresa. La van a amar, es adorable.

—Megan —dijo con tono serio Norah.

Megan por fin se dio cuenta de las expresiones de sus padres, dejó la comida a un lado y estiró el brazo intentando alcanzar la botella, pero recordó que no había ninguna.

—¿Dije algo malo?

—Empieza por lo del divorcio y luego llega a la custodia de la niña que no sabíamos que existía.

—No lo decía de manera literal. Ni siquiera me he casado. Y hablaba de una niña que tiene cuernos.

Elias se atoro con su propia saliva.

***

Melanie tomó un largo trago de ron, vio la caja de madera y volvió a servirse otro vaso.

—Si no lo quieres me lo quedo —dijo con cansancio Rita.

—Por favor —casi escupe las palabras. ¿Cómo se le ocurre a su madre que podría querer algo como eso? ¿En qué cabeza cabe esa idea?

Rita atrajo la caja de madera, la tapa tenía pintado un mapa, haciendo referencia a lo de adentro. Uno de cada continente.




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