Mensajes

Capítulo 38

Tres días después de lo sucedido en el baño, Megan le envió un mensaje con una fecha y dirección. Considero la idea de llevar a Adorable, sí, iba a usar a la cabra como escudo. Megan no especificó qué tipo de cita sería, ¿un picnic? ¿ir a patinar sobre hielo? Si resultaba ser una cena en un lugar elegante (lo que se ajustaba más a su estilo) no quería quedar en ridículo cuando no lo dejaran entrar. Tal vez existían lugares en donde dejaran entrar a cabras, cada día abrían más negocios pet-friendly.

Dejar a Adorable sola en casa tampoco era una opción, no si consideraba los destrozos que encontraba al regresar. A las seis y treinta su madre ya estaba tocando la puerta, debajo de un brazo tenía una canasta con bolas de lana y dos agujas, y con la otra mano sostenía la correa de un perro pekinés.

—Mamá, ¿por qué lo trajiste? Sabes que no se llevan bien.

Esther lo rodeó y se metió a la casa, Gordon, con su cara de «soy el hijo favorito, no te me acerques» camino por detrás. Moviendo la cola a medida que caminaba y la cabeza alta, el perro era la viva imagen de la altanería.

—Tonterías. Se llevan de maravillas.

Gordon gruñó cuando vio a Adorable. Seh, se llevaban de maravillas. Gordon se subió al sofá y Adorable lo siguió, como una colegiala enamorada. El pekinés de malas pulgas dio una última advertencia antes de bajarse del sofá e ir directo a su habitación.

—Solo asegúrate de que no rompan nada —pidió.

Un fuerte sonido de un objeto al caer y romperse lo hizo correr de nuevo adentro. Aparentemente Adorable no entendió la advertencia. No tenía tiempo para eso, dejaría que su madre se las arreglara ante cualquier inconveniente que surgiera.

—Voy a regresar a las diez —otro ruido—, a las nueve.

Edward se sintió como un idiota cuando llego al lugar de la cita vistiendo camisa y pantalon de vestir. Tomó un taxi, ya que Megan no apreciaria que llegara en una bicicleta y le dijera: súbete nena. ¿Qué se suponían que iban a hacer en un estacionamiento? La cita podría ser un viaje sorpresa, la esperanza nació en su pecho. Al final resultaba que si era la chica en la relación, esperaba romance, flores. ¿Era demasiado pedir?

Megan llego en su auto cinco minutos tarde. Edward era un poco quisquilloso con la puntualidad, pero como era un caballero no se lo mencionó.

—Sube —dijo al mismo tiempo que se quitaba el cinturón de seguridad.

Intentó subirse en el asiento del copiloto, pero ella lo detuvo. —¿Qué haces? Tienes que subir de este lado.

—Megan tal vez no lo recuerdes, pero conducir no es lo mio. Además estás consciente de que por cada litro de gasolina consumido, un automóvil emite en promedio 2,35 kg de CO2.

—Campbell, tal vez no lo recuerdes, pero tu tono de sabiondo es irritante —Megan se bajó del auto y prácticamente lo empujó para que subiera—. Será divertido.

—¿Esta es nuestra primera cita? —pregunto incrédulo.

—Iba a llevarte a hacer puenting, pero pensé que eso iba a ser demasiado para ti. No quería que te diera algo y tener que llamar a emergencias.

Como si saltar al vacío desde un puente fuera una de las cosas más divertidas para hacer en fin de semana. Sus pensamientos se debieron reflejar en su rostro porque Megan sonrió. No era la cita que esperaba.

—Sé conducir —dijo con resignación.

—Sí, conduces como una abuela. Eres de las personas que paran el tráfico.

—Conduzco con precaución, lo que es diferente —lo que deberían hacer muchos de los conductores de cualquier vehículo. ¿Tan difícil era seguir las normas de seguridad?

—¿En dónde llevas a Adorable cuando salen?

—En la canasta de la bicicleta.

La expresión horrorizada de Megan lo dijo todo. Adorable era una cabra bien portada cuando se trataba de salir. Con su pechera asegurada para que no le diera por saltar y se lastimara y un cojín donde sentarse, iba feliz de la vida. El problema era su tamaño, si seguía creciendo su bicicleta ya no iba a ser un transporte seguro. Podía agregar un carrito para bicicletas, de hecho ya tenía uno en su lista de favoritos.

—¡Eso es peligroso!

—No lo es, porque soy cuidadoso —quiso agregar lo de sus cascos a juego, pero lo pensó mejor—. Respeto todas las señales de tránsito y voy despacio. Siempre voy por el lado de los ciclistas. No escucho música ni me distraigo. La seguridad es lo primero.

Megan dejó salir un fuerte quejido. —Y estoy saliendo contigo —dijo sin poder creérselo.

—¿Estamos saliendo? —Edward meneó las cejas, una tonta sonrisa ocupaba casi toda su cara.

Megan le dio instrucciones para arrancar el auto y avanzar, estaba fingiendo que no escuchó su pregunta. Ahí se iba todo el romance.

—Sé cómo conducir —protesto— y estás ignorando mi pregunta.

—Te responderé cuando completes una vuelta sin detenerte. Tenemos hasta antes de las ocho para usar el estacionamiento sin que nadie nos moleste.

Con razón el lugar estaba desértico, cuando llegó le pareció extraño y las películas de terror que había visto le jugaron una mala pasada. Por lo general, era donde los emboscaba algún espíritu vengador o una aparición, que no eran lo mismo. En una tarde de aburrimiento se puso a buscar sobre cada uno.




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