Mensajes

Capítulo 44

La telenovela mexicana se escucha en todas las habitaciones de la casa. Leticia reclamando a la esposa de su hijo ser una cazafortunas, seguido del inconfundible sonido de una bofetada. La indignación del hombre al encontrarlas para luego defender a su madre. Sentado en su cama, en la sala donde estaba el televisor, Gordon no apartaba sus redondos ojos de la pantalla. A su alrededor, una cabra blanca con manchas marrones y negro, daba saltos en un intento desesperado de atención.

En la cocina, frente a un recipiente lleno de arvejas y con una cara que expresaba cómo se siente respecto a la cita a ciegas que su mamá organizó, estaba Edward. No que fuera culpa de ella no saber que tenía una casi relación con una mujer, pero la cita fue con el sobrino del padre de la iglesia. Además lo llevaron a base de engaños, del tipo que no creyó que caería de grande. Como en secundaria, cuando tus amigos te organizaban una cita con la chica que te gustaba, iban a una heladería en grupo y de repente todos tenían compromisos que olvidaron. No lo sabía por experiencia propia, pero lo había visto demasiado.

—Deja de hacer pucheros —regaño Esther.

—Soy un hombre adulto, no estoy haciendo pucheros —se defendió.

Intento poner una cara de poker, no porque estaba haciendo pucheros sino porque quería hacerlo. El portazo fue una agradable interrupción, al menos hasta que la voz de Ella resonó por la casa. Sus botas de motociclista dejaron huellas en su paso a la cocina, seguida de Ellis, el amigo que invitó a pasar la navidad. Era una sorpresa que hubieran continuado su relación.

—Familia —saludo Ella, les dio un abrazo a todos y se detuvo un momento con Edward. —¿Por qué estás haciendo pucheros?

—¡Que no estoy haciendo pucheros!

—Venga, si no tienes que gritar —tomó asiento junto a Edward dejando que su amigo se presentará solo, al parecer Ellis era algo permanente—. La vida en la carretera es dura cuando no tienes una ducha. Nos detuvimos en una estación de servicio y tuve que tomar una ducha seca en un baño que no fue limpiado en los últimos años.

Esther golpeó la pierna de Ella con una cuchara de madera. —Baja los pies de la silla, esto no es un corral —se giró hacia el hombre que tapaba toda la puerta—. Que bueno verte Ellis, cariño. Deben estar hambrientos, dudo que hayan comido comida de verdad en esos lugares donde se detienen.

—Acampamos cuando no encontramos donde quedarnos y en una ocasión una serpiente se metió en nuestra tienda —comentó Ella con entusiasmo.

—¡Madre mía! ¿Pero qué clase de vida es esa? Lo normal es dormir en una cama. Han tenido suerte de que no se les ha aparecido un asesino serial. Vi en las noticias que un hombre guardaba a sus víctimas en su sótano, se paraba en medio de la carretera y hacía dedo solo a los autos conducidos por mujeres.

—¿Y cómo sabía qué autos parar? Si de noche no se ve nada —dijo Elliot sin dejar de revolver la cacerola que estaba en el fuego. Desde donde estaba parada tenía una visión clara de la ventana que daba al patio trasero. Cada tanto vigilaba como su esposo e hija construían una casa para Gordon (que no iba a usar). Tenía su propia habitación en la casa, ¿para qué querría una casa de perros?

—A lo mejor llevaba binoculares.

—Mamá, ¿quién se detendría si ve a un hombre con binoculares?

—Lo dijeron en las noticias, si una persona hace dedo no se detengan —dijo con terquedad—. No entiendo como pueden andar en esas motocicletas sin congelarse. Hay demasiados peligros. La hija de Estela trabaja en una inmobiliaria, puedo preguntarle si tiene un apartamento a buen precio. La renta no es tan alta y si se mudan cerca podrán venir a los almuerzos.

Se venía venir una discusión, mientras Edward pensaba en un cambio de tema y Elliot dejaba la cacerola para intervenir, el sonido de una trompeta los acallo. Un violín siguió la melodía y luego una voz profunda. Bean, quien rodeó la casa para averiguar lo que pasaba, asomó la cabeza.

—Tienen que ver esto.

Toda la familia Campbell (y Ellis), incluido un perro pequinés y una cabra hiperactiva fueron a tropel a la entrada de la casa. Un grupo de mariachis daba una serenata, al notar a los espectadores reunidos en la puerta dieron paso a una mujer con un vestido rojo.

—No es cierto —susurró Edward. Todos los ojos se centraron en él, quedando claro a quién iba dirigido la llamativa declaración.

—Ay, Ed, cariño. ¿Qué le vas a decir a Willy? —lamento su madre.

Edward bajó los escalones de dos en dos. Megan no tenía cara de una mujer enamorada sino de estar congelándose, tenía los labios azules y sus manos metidas debajo de sus axilas.

—¿Cómo se te ocurre salir vestida así en pleno invierno?

—Que sepas que todo es tu culpa. Tuve que buscar en google que tipo de declaraciones gustan a los románticos empedernidos.

—Morir de frío no es romántico.

—¿En serio me estás reclamando? Increíble. Debí dejar que tomaras ese avión.

—¿Por qué te pones a la defensiva? Solo dije que no era la manera, me hubiera conformado con una cena y velas.

—No estoy a la defensiva. Querías una declaración romántica y eso es lo que traigo. Deberías al menos sentirte agradecido con el gesto. ¿Tienes idea de lo difícil que es encontrar mariachis? Al parecer tienes que reservarlo con tiempo.




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