Mi adiós, tu castigo

Capitulo 1

Samantha

—Lucas, conduce al edificio Belmonte.

El chófer se tensa al instante, apretando el volante con mucha fuerza.

—Señorita Cross, tal vez deberíamos… —empieza a decir, con la voz dubitativa.

Es momento de dejar de fingir.

—Lucas —repongo, con tono firme—, edificio Belmonte !Ahora!.

Me pongo las gafas de sol y me recargo contra el cristal de la ventanilla.

El auto permanece inmóvil un minuto más, antes de arrancar lentamente.

Por fuera me muestro tranquila como si nada sucediera, como si nada me afectara , pero por dentro me estoy muriendo, como si me hubieran arrancado el corazón. Ya no puedo soportar el dolor que mi esposo me da.

Dos años. Dos años de matrimonio, y aquí voy, al edificio donde él tiene su departamento, dónde él la mantiene a ella a la mujer que lleva amando hace mucho tiempo.

Algunos comparan el matrimonio con una tetera fría sobre una estufa encendida: el amor no surge de golpe, o bueno tal vez si el típico amor a primera vista que solo pocos lo tienen, mientras para otros el amor se debe construir día con día.

Nuestra tetera nunca llegó a calentarse.

Crecí creyendo que el matrimonio sería algo mágico algo único. No podía estar más equivocada. Desde niña supe que me casaría con quien mis padres decidieran. Y así fue.
La unión de dos familias, un acuerdo en el que los hijos solo sirven para conseguir beneficios.

Los míos recibieron el dinero que habían perdido tras la caída de nuestro imperio familiar. Los padres de Sebastián obtuvieron estatus, influencia y contactos valiosos.

¿Y yo? ¿Qué gané yo con todo esto?

Frialdad. Distancia. Soledad. Dolor.

Sebastián… no es cruel conmigo, ni me trata con violencia. Sencillamente, me ignora. Como si yo no existiera.

Durante dos años hice todo lo que me enseñaron: lo recibía con una sonrisa al volver del trabajo, nunca le contradecía, siempre callada. Ingenua, sumisa, creía que el amor se podía dar con el tiempo. Pensaba que al menos se podría cultivar poco a poco.

Y ahora, dos años después de la boda, me encuentro frente a la puerta del departamento, con la mano levantada. Toco el timbre y, en cuanto se abre, aparece ante mí una mujer rubia, de una belleza deslumbrante.

La conozco pues obvio que si.

La sonrisa se le borra de los labios tan deprisa como se me van las ganas de seguir aquí.

Dos mujeres un camino o en este caso un hombre.

Las dos queremos al mismo hombre.

Una lleva su apellido, tiene estatus y reconocimiento público, pero no recibe ni una migaja de cariño.

La otra vive en la sombra, pero recibe todas sus atenciones, su tiempo y su afecto.

Dios mío, daría lo que fuera por cambiarme de lugar con ella.

Marlene parpadea, se sujeta el cuello de su bata de seda lila e intenta cubrirse el escote.

—No deberías haber venido —dice, con voz temblorosa.

Bien. Así no hace falta que nos presentemos ya sabe quién soy.

—¿Ah, no? —respondo, arqueando una ceja—. Yo creo que debería haber venido hace mucho.

—A Sebastián no le va a gustar nada —dice ella, inquieta.

—Crees que me importa eso, me importa una mierda.

Entro. El departamento está a nombre de mi esposo; aquí tengo más autoridad que nadie. Miro a mi alrededor: sus cosas están por todas partes. Fotografías, adornos, libros… Lleva meses instalándose aquí, construyendo su vida junto a él, la vida que yo debería tener.

No quiero sentarme. Sé que en cada rincón de este sofá, en cada mueble, han estado juntos. Pero las piernas me fallan y me dejo caer al borde del asiento.

—¿Ni siquiera me ofreces un café? —digo, con una sonrisa amarga, mirándola de reojo.

Marlene es mayor que yo. Tengo veintidós; ella ronda los veintiséis. Y es hermosa, mucho más que yo.

—Tú eres su esposa —dice ella, sentándose frente a mí—. Tú mandas aquí.

—Me alegra que lo tengas claro —respondo.

Nada de esto es como me lo había imaginado.

—Quiero tu sinceridad ¿Cuánto tiempo llevan juntos? —logro preguntar, con un nudo en la garganta que me cuesta tragar.

—Mejor pregúntaselo a Sebastián —responde, inquieta.

—Te lo estoy preguntando a ti o ¿Tienes miedo de decirme la verdad?

—Me pidió que no me acercara a ti. Me amenazó con que, si intentaba hablar contigo, lo pagaría caro.

En ese instante se escucha como una puerta es cerrada con fuerza. Las dos nos sobresaltamos y nos miramos sin saber qué hacer.

Se escuchan pasos rápidos y pesados. Sebastián entra en la sala, nos mira con seriedad y se ajusta la corbata.

—¿Qué significa esto, Samantha? —me pregunta, sin mostrar sorpresa.

—¿Me lo preguntas a mí? —respondo—. Mejor dime tú ¿qué demonios haces aquí?

El corazón me va a mil por hora. Tengo las manos heladas. La determinación que traía se desvanece bajo su mirada fría y severa.

—Pensé que estabas por encima de estas escenas —dice, cruzándose de brazos.

—Y yo pensé que mi esposo estaba por encima de la traición.

—Vamos, Samantha —responde, con gesto de cansancio—. Sabías desde el principio que nuestro matrimonio no era un matrimonio por amor, solo era algo que nos convenía a ambas familias nada de sentimientos ya deberías de una maldita vez aceptarlo. Yo no te amo no siento nada por ti, mientras más rápido lo aceptes será mejor.

Eso fue todo, no solo me hirió sino me humilló con sus palabras hirientes delante de su amante.

—¡Entonces por qué aceptaste casarte conmigo lo hubieras hecho con esta si tanto la amas y me hubieras dejado en paz! —grito, poniéndome de pie de golpe.

Una sonrisa irónica se le dibuja en los labios.

—¿Y quién te dice que la amo? —dice, como si ella no estuviera presente.

Lo miro sin creer lo que dice. ¿Cómo puede decir eso?

—Tú… —tartamudeo—. ¿Entonces qué demonios haces Sebastián? ¿Por qué vienes aqu?

Se sienta en el sofá, como si estuviera en su despacho dando una orden. Marlene se queda en el sillón, callada, observando toda la escena.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.