Mi adiós, tu castigo

Capitulo 2

Samantha

Todo se me cae de las manos. El azúcar se derrama sobre la encimera, la fruta cortada cae al suelo. No alcancé la taza y me cayó agua hirviendo en la mano.

- ¡Ay! - grito.

—No eres tú misma querida, está todo bien— pregunta mi suegra, sacudiendo la cabeza.

—Estoy bien, Marlen— digo forzando una sonrisa y meto la mano bajo el chorro de agua fría.

El hecho de que los nombres de la amante y la madre de mi esposo sean tan parecidos me parece algo demoníaco y simbólico.

Marlene y Marlen.

Me pregunto si mi suegra sabe de la doble vida de su hijo, yo creo que sí.

—¿Pasó algo entre tú y Sebastián?" Me mira fijamente con una mirada penetrante.

—No, nada de que preocuparse— fuerzo una sonrisa, fue un día cansado como para empeorarlo más.

Mi suegra frunce los labios, no tan convencida con mi respuesta. Hago todo lo posible por contenerme, esforzándome más con mi sonrisa falsa, porque si no lo hago, me echaré a llorar delante de una mujer en la que no encontraré ningún apoyo.

Marlen, como siempre, es muy habladora. Me cuenta sus planes para organizar el festejo de su aniversario con su esposo y me pide consejos. Mis respuestas no son las mejores mi cabeza está hecho un lío como para estar dando ideas en algo que ni siquiera tiene algún interés para mí.

En cierto momento, mi suegra se da cuenta de que no le sirvo de nada y se prepara para irse. Ya en la puerta, me acaricia la mejilla y me mira fijamente.

—Dale un hijo —dice inesperadamente—. Eso ayudará.

Abro la boca. Y la vuelvo a cerrar. Mi corazón late tan fuerte en mi pecho que parece oírse en toda la zona.

- ¿Qué….

Marlen es una mujer bastante fría, pero a pesar de eso me abraza y me aprieta contra ella, susurrándome al oído:

—Se lo que sucede Samantha, dale un hijo—, insistió. —Eso ayudará confía en mí.

Cuando mi suegra se va, entro a trompicones en mi habitación. Aprieto los puños con rabia. ¡Que le de un hijo! ¿Con qué propósito? ¿Que cambiaría? No me amará solo por darle un hijo. Un hijo no va a derretir el corazón helado de Sebastián. Y a estás alturas dudo que tenga corazón y muchos menos sentimientos.

Me desnudo para ducharme y me quedo parada frente al espejo, comparándome involuntariamente con la amante de mi esposo.

Ella es considerablemente más alta, más delgada y más refinada. Todo una modelo.

Yo no soy bajita, pero tampoco le llego a su altura. Mis pechos, mi trasero... No son los mejores Pero si son deseables. Y no, no estoy gorda, solo tengo curvas, algo que siempre me ha enorgullecido. Pero ahora no. Me siento como una vaca gorda.

Cierro los ojos con fuerza y ​​voy a la ducha.

Esto no puede estar pasando. ¿Y ahora qué? Estoy embarazada, y cuando empiece a subir de peso, ¿me preguntó si me volveré completamente loca?

Me encuentro de pie, desorientada, bajo el cálido chorro que cae encima de mi.

No tengo ni idea de qué hacer. Me siento como una niña perdida en un centro comercial abarrotado. De una cosa estoy segura Sebastián no puede saber de mi embarazo. Por ahora, es mejor así.

Me baño y me lavo la cara con lágrimas al mismo tiempo. Alejo los pensamientos sobre lo que Sebastián está haciendo ahora. Cómo se acuesta con su amante. Borro de mi mente las imágenes de cómo, dónde y en qué posiciones, pero siguen viniendo a mi como un torrente.

Me dejo caer al suelo y lloro como una pequeña niña.

Lo peor es que no puedo irme.

No tengo nada. Absolutamente nada y tampoco a nadie.

Sí, estoy estudiando. Todavía me faltan cuatro meses para graduarme. En teoría, podría trabajar como mesera o en cualquier otro trabajo, pero sería un trabajo de poca paga, y sin titulo dudo que pueda encontrar un trabajo bien pagado.

Todo aquí le pertenece a mi esposo, y cualquier proceso judicial dejaría a mi bebé con su padre. Si me voy ahora, antes de que se note mi barriga, debo estar preparada para no pasar necesidades. La cuestión es ¿De dónde sacaré el dinero? Mis padres no son una opción mi padre venera a Sebastián como a una deidad. Prefiere pegarme antes que concederme el divorcio.

Callejón sin salida. Eso es todo.

Me seco las lagrimas, intentando convencerme de que todo estará bien y no entrar en pánico. Al menos por ahora y por el bien de mi bebé.

Me seco el pelo y los mechones oscuros se rizan al instante en la parte baja de mi espalda. Me pongo un camisón de seda con un escote de encaje que deja ver un poco de piel. De repente, siento repulsión por este tipo de ropa.

Ya más tranquila, entro a la habitación, donde me encuentro con mi esposo. Está sentado en una silla con la elegancia de un maestro en su oficio, con las piernas cruzadas. Sus manos descansan relajadas sobre los reposabrazos.

La habitación está poco iluminada, así que no puedo ver bien su rostro, pero por alguna razón siento miedo y se me eriza la piel.




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