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Honey había aprendido que la espera también podía convertirse en una forma de humillación.
No lo descubrió de inmediato, sino después de muchas cenas enfriándose sobre la mesa, de mensajes sin respuesta y de todas las ocasiones en que se repetía que Bruno tenía responsabilidades importantes para recordar que lo esperaban en casa.
Esa noche, mientras contemplaba las velas consumirse en el centro del comedor, comprendió que lo más doloroso no era que su esposo llegara tarde, sino que una parte de ella aún conservara la esperanza de verlo entrar por la puerta.
El comedor de la mansión De Santis se veía impecable bajo la luz cálida de los candelabros; la vajilla de porcelana, las copas de cristal y las flores blancas que Honey había escogido por la mañana formaban una escena perfecta, demasiado elegante para la tristeza que crecía dentro de ella.
No había organizado una gran celebración ni invitado a nadie, solo quería cenar con su esposo, sentarse frente a él sin teléfonos, documentos o asistentes interrumpiéndolos y compartir unas horas que se parecieran a las de un matrimonio verdadero.
Era una petición sencilla.
Sin embargo, después de tres años junto a Bruno, Honey sabía que las cosas más sencillas eran las que más difícilmente conseguía de él, miró el reloj de pared y sintió que su estómago se encogió.
Faltaban pocos minutos para las once y Bruno no había llamado. Le había enviado un mensaje por la tarde para preguntarle a qué hora regresaría, pero él no lo había respondido.
Honey dejó el teléfono boca abajo y dirigió la vista hacia su pequeña Gartze; jugaba sobre la alfombra con un pequeño conejo de tela, arrastrándolo por una de las orejas mientras murmuraba palabras que solo ella comprendía.
Gartze acababa de cumplir dos años y tenía la costumbre de caminar detrás de Honey por toda la casa. Todavía tropezaba con sus propios pies cuando intentaba correr, mezclaba palabras y se aferraba a las piernas de su madre cuando alguien desconocido se acercaba demasiado.
Esa noche vestía un pijama rosa y llevaba el cabello oscuro recogido en dos pequeñas coletas que comenzaban a deshacerse. Honey la contempló durante unos segundos y sintió una ternura tan intensa que consiguió desplazar parte del dolor.
—Ven aquí, pequeña revoltosa —murmuró al inclinarse para levantarla. Gartze soltó una risa y rodeó su cuello con los brazos, apretando el conejo entre ambas, Honey le besó la mejilla y respiró el aroma dulce de su cabello antes de agregar. —Ya es tarde, vamos a dormir.
A sus dos años, Gartze conocía un mundo mucho más sencillo: los brazos de su madre, la voz cariñosa de sus abuelos, los juegos ruidosos de sus tíos y la seguridad de que alguien acudiría cada vez que llorara.
Honey deseaba conservar ese mundo para ella.
La llevó hasta la habitación y encendió la lámpara que proyectaba pequeñas estrellas sobre el techo, Bruno había ordenado decorar aquel espacio antes del nacimiento de Gartze.
Había contratado a una diseñadora, escogido muebles costosos y exigido que no faltara nada. Durante el embarazo, Honey interpretó cada una de aquellas decisiones como una muestra de entusiasmo, pensando que Bruno no sabía expresar lo que sentía y que, quizá, preparar una habitación perfecta era su manera de decir que también esperaba con ilusión a su hija.
Con el tiempo comprendió que para su esposo resultaba mucho más sencillo pagar por una cuna que sentarse junto a ella durante una noche difícil, Bruno podía comprar juguetes, contratar niñeras y asegurarse de que Gartze tuviera los mejores médicos, pero rara vez estaba presente para descubrir qué canción la tranquilizaba, por qué temía a las tormentas o cómo pronunciaba su nombre cuando acababa de despertar.
Honey acostó a la niña y permaneció a su lado mientras sus párpados comenzaban a cerrarse. Gartze sostuvo uno de sus dedos y murmuró un débil «mamá» que le provocó una sonrisa.
Honey acarició su frente hasta que la respiración de la pequeña se volvió profunda y tranquila. Después se quedó observándola durante varios minutos, sintiendo que todo lo que había soportado cambiaba de significado cuando miraba a su hija.
Antes de Gartze, Honey había creído que podía resistir la indiferencia de Bruno, había soportado el silencio por amor.
Convertido cada gesto mínimo en una promesa porque necesitaba creer que la decisión de casarse con él no había sido un error, pero ya no era únicamente su corazón el que estaba en juego.
No quería que Gartze creciera viendo a su madre esperar cada noche a un hombre que no llegaba, no quería que aprendiera a confundir las comodidades con el cariño ni que algún día creyera que una mujer debía agradecer cualquier migaja de atención solo porque vivía rodeada de lujos.
Gartze merecía conocer un amor cálido, paciente y presente, el mismo que Honey había recibido desde niña en la casa Ferraro.
Al regresar al comedor, encontró las velas casi consumidas y la comida completamente fría. Tomó asiento frente al lugar vacío de Bruno y deslizó los dedos por el borde de su copa.
Tres años atrás, a aquella misma hora, todavía llevaba puesto el vestido de novia y se esforzaba por disimular el miedo que sentía al entrar por primera vez en la mansión De Santis como esposa de Bruno.