Mi corazón no es tuyo

Capítulo 2: Decisión tomada

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Honey no esperó una respuesta, salió del comedor con el teléfono entre los dedos y apenas alcanzó el primer escalón cuando escuchó los pasos de Bruno detrás de ella.

—Honey, detente.

Ella siguió avanzando, pero las zancadas de Bruno fueron más largas. La alcanzó antes de que pudiera subir otro escalón y la sujetó del brazo.

—Te dije que te detuvieras.

Honey bajó la mirada hacia la mano que la retenía, durante tres años aquel tono habría bastado para hacerla callar, para obligarla a buscar las palabras correctas y evitar otra discusión.

Esta vez levantó el rostro, sus miradas se encontraron y Honey no apartó la suya.

—Suéltame, Bruno.

—No hasta que dejes de actuar como si pudieras terminar tres años de matrimonio en cinco minutos.

Honey se estremeció.

—Ese es el problema, Bruno. Nunca fuimos un matrimonio, yo solo tardé tres años en aceptarlo.

Bruno se quedó inmóvil, Honey sintió cómo sus dedos perdían fuerza alrededor de su brazo, pero él todavía no la soltó.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sí lo sé. —Honey tragó el nudo que amenazaba con quebrarle la voz. —Lo que no sabía era que mientras yo intentaba convertirme en tu esposa, tú llevabas años convencido de que solo quería convertirme en una De Santis.

La mandíbula de Bruno se tensó, Honey dio un pequeño tirón, él la soltó, y ella se apartó antes de que él pudiera cambiar de opinión.

No esperó una respuesta; subió las escaleras con el corazón golpeándole con fuerza.

—Honey.

Ella no se detuvo, entró en la habitación de Gartze y encendió únicamente la lámpara junto a la cama, la niña seguía dormida con el conejo de tela abrazado contra el pecho, ajena a todo.

Honey la contempló unos segundos antes de abrir el armario y sacar una pequeña maleta; guardó dos pijamas, ropa para los próximos días y algunos artículos que Gartze utilizaba a diario.

No necesitaba llevarse demasiado; podía regresar por sus cosas después, esa noche solo quería salir antes de que Bruno encontrará otra manera de hacerla dudar.

Honey escuchó sus pasos acercarse antes de que su voz llegara desde la puerta. —¿Realmente vas a hacerlo?

Honey no interrumpió lo que hacía. —Sí.

Bruno permaneció junto a la puerta mientras ella tomaba el pequeño abrigo de Gartze y lo guardaba. Honey percibía su presencia detrás, pero se obligó a concentrarse en cada prenda.

—Mañana estarás más tranquila.

—Ya estoy tranquila.

—Entonces deja la maleta y vamos a dormir.

Honey cerró el cajón y giró hacia él. —¿Por qué lo haría?

Bruno frunció el ceño. —Porque esta es tu casa.

Honey observó la habitación de su hija. —Una casa y un hogar no son lo mismo, ahora quiero un hogar lejos de ti.

Bruno dio un paso hacia ella. —Gartze pertenece aquí.

La frase consiguió que Honey se tensara. —Gartze no pertenece a ningún lugar por llevar tu apellido.

—Sabes a qué me refiero.

—Esta noche descubrí que no sé a qué te refieres cuando hablas de mi hija.

Bruno apretó la mandíbula, Honey regresó a la maleta.

—No vuelvas a utilizar lo que dije de esa manera.

—¿De qué manera debo utilizarlo? —preguntó mientras cerraba el cierre. —Explícamelo, Bruno. Quizá exista una forma bonita de decirle a una mujer que crees que quedó embarazada para asegurar su lugar dentro de los De Santis.

—Nunca dudé de que Gartze fuera mi hija.

Honey lo miró con incredulidad.

—¿Eso debería hacerme sentir mejor? Sabes que no podía existir ninguna duda, Bruno. Fuiste mi primera vez.

Él no respondió, Honey tomó la maleta y la dejó junto a la puerta.

—No vas a despertarla ahora, son más de las doce.

—Lo sé.

—Entonces déjala dormir.

Aquella preocupación repentina le provocó una punzada de rabia.

Honey se enderezó. —¿Sabes qué hace cuando se despierta de madrugada? —Bruno la miró en silencio. —¿Sabes qué canción la tranquiliza? ¿Cuál de sus medicamentos no tolera? ¿A qué hora duerme la siesta cuando está cansada?

La expresión de Bruno se endureció, Honey no necesitó escuchar una respuesta.

—Eso imaginé.

Se inclinó y levantó a Gartze con cuidado, la niña protestó bajito y escondió el rostro contra su cuello.

—Mamá...

—Aquí estoy, mi amor. Sigue durmiendo.

Honey la envolvió con la manta y le acarició la espalda hasta que su cuerpo se relajó, Bruno se acercó.

—Dámela.

Honey dudó, no quería convertir a su hija en parte de aquella batalla, así que se acercó un poco.




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