Mi corazón no es tuyo

Capítulo 4: Siempre estuvo esperando

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Bruno permaneció frente a la entrada hasta que las luces del automóvil desaparecieron tras las rejas de la propiedad, durante unos segundos siguió observando el camino vacío, como si esperara que Isaac frenará, diera media vuelta y trajera a Honey de regreso.

El automóvil no regresó y Bruno tuvo que aceptar lo evidente: Honey realmente se había marchado.

Entró en la mansión y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria; el eco del portazo recorrió el vestíbulo y dejó tras de sí un silencio extraño, incómodo, diferente al que encontraba tantas noches cuando llegaba pasada la medianoche.

La casa siempre había sido silenciosa, pero esa noche el silencio parecía ocupar cada rincón. Bruno permaneció inmóvil durante unos segundos, intentando comprender qué había cambiado, hasta que una certeza desagradable comenzó a abrirse paso: el silencio no era nuevo.

Lo nuevo era que Honey ya no estaba allí para llenarlo, su mirada fue directamente al comedor y sus pasos se dirigieron hacia allí; las velas estaban consumidas, la cena estaba fría y las dos copas permanecían prácticamente intactas.

Sobre su plato descansaba el anillo que Honey había dejado antes de subir por Gartze, Bruno lo tomó entre los dedos y recordó sus palabras con una precisión que consiguió irritarlo.

—Nunca fuimos un matrimonio, yo solo tardé tres años en aceptarlo.

Cerró la mano alrededor del anillo y respiró hondo, Honey estaba herida, enfadada y seguramente demasiado alterada para pensar con claridad, por la mañana, después de descansar y hablar con su familia, entendería que abandonar tres años de matrimonio por una discusión era absurdo.

Honey nunca había sido impulsiva, tampoco era una mujer que abandonara fácilmente aquello que amaba y Bruno lo sabía mejor que nadie; durante tres años había permanecido allí, paciente, dispuesta a esperar incluso cuando él llegaba tarde o pasaban días hablando únicamente de asuntos necesarios, por eso estaba convencido de que regresaría.

Bruno subió las escaleras y caminó hacia el dormitorio, resolvería ese asunto por la mañana, hablaría con Honey y traería a Gartze de vuelta a casa. Los problemas siempre tenían una solución y él había construido su vida encontrándola antes que cualquier otra persona.

Al abrir la puerta se detuvo, su pijama estaba doblado sobre uno de los sillones, exactamente dónde Honey acostumbraba dejarlo cuando sabía que regresaría tarde. Bruno permaneció observándolo mientras una sensación incómoda comenzaba a instalarse dentro de su pecho.

Se quitó el saco por costumbre y miró hacia el lado izquierdo, esperando encontrarla acercándose para tomarlo de sus manos.

—Déjalo, yo lo guardo —decía Honey cada vez que coincidían despiertos.

Había escuchado aquella frase tantas veces que había dejado de darle importancia, algunas noches ni siquiera le agradecía; simplemente se quitaba el saco, el reloj y la corbata mientras ella recogía detrás de él antes de regresar a la cama.

Sin embargo, en ese instante ella no extendió las manos, Bruno dejó el saco sobre el respaldo de una silla y caminó hacia la cama; el lado de Honey estaba perfectamente arreglado, sin el libro que acostumbraba abandonar sobre la almohada ni el vaso de agua que muchas veces compartían durante la madrugada.

Recordó las noches en que entraba y encontraba a Honey despierta, con el cabello suelto y un libro entre las manos. Ella apenas levantaba los ojos, no, ella levantaba la mirada hacia él y casi siempre hacía la misma pregunta mientras cerraba el libro.

—¿Comiste?

Bruno acostumbraba responder con pocas palabras, algunas veces Honey se levantaba de todas formas, bajaba a la cocina y regresaba con algo para él, otras simplemente le indicaba que había dejado comida preparada y esperaba hasta verlo acostarse antes de apagar la lámpara.

Él siempre había pensado que esa era simplemente Honey.

Nunca se había preguntado cuánto tiempo llevaba esperándolo, nego mientras guardaba su reloj en uno de los cajones y algo llamó su atención. Una caja envuelta en papel oscuro descansaba al fondo, acompañada por una pequeña tarjeta donde su nombre aparecía escrito con la letra de Honey.

La tomó y se sentó en el borde de la cama, retiró el papel con cuidado y encontró un estuche de piel que contenía unos gemelos sobrios, elegantes, exactamente del estilo que acostumbraba utilizar en reuniones importantes.

En el interior había un pequeño grabado: III. Tres años, Bruno pasó el pulgar sobre la inscripción y encontró una nota doblada debajo del estuche. La abrió sin saber por qué sentía una resistencia absurda a leer algo escrito por su propia esposa.

Feliz aniversario.

Sé que nuestro matrimonio no comenzó como los demás, pero durante estos tres años dejé de verlo como un acuerdo.

No sé si alguna vez sentiste lo mismo, pero todavía espero que, entre todas las cosas que otros decidieron por nosotros, terminemos eligiéndonos.

con amor Honey.

Bruno dejó la nota sobre la cama y pasó una mano por su rostro; Honey lo amaba. Ella misma acababa de escribirlo, durante tres años había soportado sus ausencias, sus horarios y una distancia que él nunca se molestó en explicar, así que una noche de enojo no podía borrar todo eso.




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