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Bruno cerró la puerta del automóvil con más fuerza de la necesaria y permaneció unos segundos inmóvil antes de indicarle al conductor que avanzara.
Seguía enfadado.
Con Honey, con la situación y, sobre todo, consigo mismo por continuar sintiendo el roce de sus dedos en el nudo de la corbata.
«Yo tampoco te pertenezco.»
Aflojó el nudo que ella había acomodado minutos antes, pero sus dedos se detuvieron antes de deshacerlo por completo.
Honey siempre había hecho honor a su nombre; Era dulce como la miel, cariñosa, paciente y capaz de esperarlo durante horas para recibirlo de madrugada preguntando primero si había comido antes de mencionar que nuevamente había llegado tarde.
Bruno se había acostumbrado tanto a esa dulzura que terminó creyendo que era inagotable, pero esa mañana Honey no había cedido.
Lo miró sin retroceder, rechazó su anillo y se acercó a él cuando Bruno esperaba exactamente lo contrario y, para su propia irritación, le había fascinado.
Esa chispa retadora en los ojos de su esposa le resultaba peligrosamente atractiva. Tal vez porque, por primera vez, Honey no intentaba complacerlo.
Lo estaba enfrentando.
Bruno miró por la ventana y soltó una respiración lenta, definitivamente prefería esa versión de Honey sin la palabra divorcio de por medio, sacó el teléfono y llamó a su abogado.
—Señor De Santis.
—Si mi esposa solicita el divorcio y yo no firmo, ¿puede continuar?
El silencio al otro lado duró demasiado.
—Puede iniciar el procedimiento, aunque usted se oponga. Negarse puede prolongar determinadas etapas, pero no impedirlo indefinidamente.
La mandíbula de Bruno se endureció. —¿Ya presentó algo?
—No que yo sepa, puedo revisarlo.
—Hazlo. —Hizo una breve pausa.
—Necesito saber si existe alguna circunstancia que pudiera complicar el proceso; infidelidad, separación previa, algún acuerdo reciente o una situación relacionada con la niña.
—No hubo infidelidad.
La respuesta salió más dura de lo necesario, Bruno desvió la mirada hacia la ciudad.
—Nunca hubo otra mujer.
Ni la habría, podía haber fallado como esposo de muchas maneras, pero jamás había buscado fuera de su matrimonio lo que tenía en casa.
Su abogado carraspeó. —No insinuaba que hubiera sido usted.
Bruno frunció el ceño. —Tampoco fue Honey.
La idea de su esposa con otro hombre apareció durante un segundo y fue suficiente para tensarle todo el cuerpo y la descartó de inmediato.
—Quiero el acuerdo matrimonial completo sobre mi escritorio antes del mediodía. También cada documento relacionado con la negociación original con los Ferraro.
—¿Piensa utilizar alguna cláusula para impedir el divorcio? —Bruno guardó silencio un instante.
—Quiero saber exactamente qué firmamos, qué sigue vigente y hasta dónde llegan mis opciones.
—Entonces permita que le dé una recomendación antes de hacer cualquier movimiento.
—Habla.
Su paciencia comenzaba a agotarse y esa conversación estaba llevándolo exactamente hacia el tema que menos quería considerar: la posibilidad real de que Honey consiguiera divorciarse de él.
—No utilice a su hija como mecanismo de presión. —Bruno endureció la mandíbula.
—No necesito que me enseñes a ser padre.
—Le estoy hablando como abogado.
Por un instante guardó silencio, Gartze había apoyado la cabeza sobre su hombro esa mañana y pocos minutos después había corrido feliz hacia su abuelo.
No sabía qué canción la calmaba, no conocía con certeza su horario de siesta y aun así había llegado a casa de los Ferraro dispuesto a llevarla consigo solo porque era su padre.
—Gartze queda fuera —decidió. —Si Honey presenta el divorcio, responderemos al divorcio. Mi hija no será utilizada para obligarla a regresar.
—Entendido.
Bruno terminó la llamada y guardó el teléfono. Que no utilizara a Gartze no significaba que estuviera dispuesto a perder a Honey.
La recuperaría.
No sabía todavía cómo, pero una cosa tenía clara: durante tres años no hubo nadie más y tampoco pensaba que lo hubiera después.
Honey era su esposa, la señora De Santis, y Bruno pensaba que así seguiría siendo.
Momento después el automóvil se detuvo frente al edificio corporativo y Bruno bajó, su asistente lo esperaba cerca de los elevadores con una tableta entre las manos y comenzó a informarle sobre los cambios de agenda en cuanto lo vio acercarse.
La reunión de las diez había sido trasladada a la sala principal y el equipo de inversiones esperaba varias aprobaciones antes del mediodía. Sin embargo, se interrumpió al notar el nudo de la corbata deshecho; eso era inusual, siempre se veía impecable gracias a su esposa.