Un desconocido de traje negro
Dicen que las decisiones que cambian una vida llegan sin avisar. La mía llevaba un traje negro, una mirada imposible de descifrar y apareció el día en que pensé que todos mis sueños se estaban derrumbando.
Marla Montero respiró hondo antes de empujar la puerta de la oficina administrativa de la universidad.
El aire acondicionado contrastaba con el calor sofocante de aquella mañana en Santo Domingo. A su alrededor, varios estudiantes esperaban su turno revisando documentos, haciendo llamadas o escribiendo mensajes con evidente nerviosismo.
Ella apretó la carpeta azul contra su pecho.
Dentro estaban los papeles que representaban cuatro años de esfuerzo: récord de notas, certificaciones, constancias de prácticas y todo lo necesario para continuar el proceso que la acercaba a su graduación en Hotelería y Turismo.
—Señorita Montero.
Al escuchar su apellido, levantó la vista y sonrió con educación.
Entró a la oficina.
El encargado revisó los documentos uno por uno mientras el sonido del teclado llenaba el silencio.
Marla mantenía las manos entrelazadas sobre las piernas. No dejaba de mover uno de sus dedos, un pequeño hábito que aparecía cada vez que estaba nerviosa.
Pasaron unos segundos.
Luego un minuto.
El hombre suspiró.
Y ese simple gesto hizo que el corazón de Marla comenzara a latir con fuerza.
—Hay un inconveniente.
Aquellas tres palabras fueron suficientes para borrar la tranquilidad que había intentado conservar toda la mañana.
—¿Qué ocurre?
El encargado giró la pantalla del computador hacia ella.
—Todavía aparece un balance pendiente. Hasta que esa situación no sea resuelta, no podemos continuar con el proceso.
Marla sintió que el estómago se le hacía un nudo.
Había imaginado muchos obstáculos durante la carrera, pero ninguno tan cerca de la meta.
—¿No existe otra opción?
El hombre negó lentamente.
—Lo lamento.
Ella bajó la mirada.
Durante años había estudiado mientras renunciaba a muchas cosas. Había pasado fines de semana enteros preparando trabajos, había rechazado invitaciones de amigos y aprendido a conformarse con lo necesario porque tenía un solo objetivo: convertirse en profesional.
Y ahora...
Todo parecía detenerse.
Respiró profundamente antes de ponerse de pie.
—Gracias por su tiempo.
Su voz apenas escondía la decepción.
Salió del edificio sintiendo que el peso de la carpeta era mucho mayor que unos minutos antes.
El campus universitario seguía lleno de estudiantes riendo, conversando y caminando hacia sus clases.
El mundo seguía avanzando.
Solo el suyo parecía haberse detenido.
Continuó caminando sin un rumbo fijo hasta llegar a una pequeña cafetería situada frente a la universidad.
Era un lugar tranquilo.
Mesas de madera.
Música suave.
El aroma del café recién preparado envolvía el ambiente.
Pidió el café más económico del menú y ocupó una mesa junto a la ventana.
Mientras esperaba, abrió el libro que siempre llevaba consigo.
Leer era la única manera que conocía de olvidar, aunque fuera por unos minutos, todo aquello que no podía controlar.
No sabía que alguien la observaba desde el otro extremo del salón.
Vestido con un impecable traje negro, un hombre cerró lentamente la carpeta que estaba revisando.
No prestó atención al resto de los clientes.
Solo a la joven que sonreía discretamente mientras leía un libro, como si el ruido del mundo desapareciera alrededor de ella.
Algo en aquella escena llamó su atención.
No era una sonrisa exagerada.
No buscaba impresionar a nadie.
Era una tranquilidad poco común.
Su asistente, sentado frente a él, levantó la vista.
—¿Ocurre algo, señor?
El hombre tardó unos segundos en responder.
—Nada.
Pero siguió observándola.
Era extraño.
En un mundo donde todos parecían correr detrás del dinero, aquella joven parecía encontrar paz en unas simples páginas.
Y eso despertó una curiosidad que hacía mucho tiempo no sentía.
Sin saberlo, acababa de fijarse en la única mujer capaz de cambiar el rumbo de su vida.
Marla terminó su café, guardó el libro en el bolso y se levantó para marcharse.
Al salir, una hoja escapó de su carpeta y el viento comenzó a arrastrarla por la acera.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano la atrapó.
—Disculpe...
Ella giró de inmediato.
El mismo hombre del traje negro sostenía el documento.
—Creo que esto es suyo.
Marla sonrió con alivio.
—¡Muchas gracias! Si lo perdía tendría que solicitar otra copia.
Él le entregó la hoja sin dejar de observarla.