El hombre detrás del apellido
Marla apenas durmió aquella noche.
Cada vez que cerraba los ojos, recordaba el rostro del desconocido que le había entregado aquella elegante tarjeta negra.
Adrián Valverde.
Había leído decenas de artículos sobre él antes de acostarse. Todos coincidían en describirlo de la misma manera: brillante, reservado y uno de los empresarios hoteleros más exitosos del Caribe.
Lo que ninguno explicaba era por qué un hombre como él quería reunirse con una estudiante que ni siquiera había terminado la universidad.
A las nueve y media de la mañana, Marla bajó del autobús frente a un edificio de cristal que parecía tocar el cielo.
En la fachada destacaban unas letras metálicas que brillaban bajo el sol.
VALVERDE HOTELS GROUP
Tragó saliva.
—Esto es mucho más grande de lo que imaginaba...
Durante unos segundos pensó en darse la vuelta.
Quizá todo había sido un error.
Quizá la tarjeta había sido entregada por cortesía y ella estaba interpretando demasiado aquel encuentro.
Pero ya había llegado hasta allí.
Respiró hondo, acomodó el bolso sobre su hombro y cruzó las puertas automáticas.
El vestíbulo era imponente.
Un enorme candelabro iluminaba el lugar.
El suelo de mármol reflejaba cada paso de las personas que iban y venían con trajes impecables y carpetas bajo el brazo.
Marla sintió que estaba completamente fuera de lugar.
Se acercó con timidez al mostrador de recepción.
—Buenos días...
La recepcionista levantó la vista y sonrió con amabilidad.
—¿La señorita Marla Montero?
Marla abrió ligeramente los ojos.
—Sí...
—El señor Valverde la está esperando.
Aquellas palabras hicieron que los nervios regresaran de golpe.
La recepcionista hizo una llamada rápida y, menos de un minuto después, un hombre de unos treinta años apareció en el vestíbulo.
—Buenos días. Soy Samuel Ortiz, asistente personal del señor Valverde.
Le tendió la mano.
—Sígame, por favor.
Mientras caminaban por amplios pasillos, Marla observó fotografías de hoteles frente al mar, premios internacionales y reconocimientos empresariales.
Todo transmitía elegancia, éxito y años de trabajo.
—¿Está nerviosa? —preguntó Samuel con una sonrisa discreta.
Ella soltó una pequeña risa.
—¿Se nota tanto?
—Un poco.
Entraron en un ascensor privado.
Cuando las puertas se cerraron, el silencio se volvió incómodo.
El ascensor comenzó a subir.
Piso diez.
Piso quince.
Piso veinte.
Piso veinticinco.
Cada número aumentaba la sensación de que estaba entrando en un mundo completamente diferente al suyo.
Finalmente, las puertas se abrieron.
Samuel la condujo hasta una gran oficina con paredes de cristal.
Desde allí podía verse casi toda la ciudad.
En el centro, de espaldas a la puerta, un hombre contemplaba el paisaje con las manos en los bolsillos.
No hizo falta que se girara para que Marla supiera quién era.
—Señor Valverde —anunció Samuel.
Adrián se volvió lentamente.
Llevaba un traje gris oscuro perfectamente ajustado y una expresión tan serena como la del día anterior.
—Gracias, Samuel.
El asistente abandonó la oficina, dejando a ambos completamente solos.
Durante unos segundos ninguno habló.
—Pensé que no vendría —dijo finalmente Adrián.
—Yo también lo pensé.
Una leve sonrisa apareció en el rostro del empresario.
—Entonces me alegra que haya cambiado de opinión.
Le señaló uno de los sillones frente a su escritorio.
—Siéntese, por favor.
Marla obedeció.
Adrián tomó asiento frente a ella.
No abrió ninguna carpeta.
No hizo preguntas sobre dinero.
Simplemente comenzó a conversar.
Quería saber por qué había elegido estudiar Hotelería y Turismo, qué soñaba hacer después de graduarse y qué era lo que más disfrutaba de esa profesión.
Marla respondió con honestidad.
Habló de la importancia de hacer sentir bienvenidas a las personas, de cómo un buen servicio podía convertir un viaje común en un recuerdo inolvidable y de su deseo de trabajar algún día dirigiendo un hotel.
Adrián escuchaba con atención.
Sin interrumpirla.
Sin mirar el teléfono.
Cuando ella terminó de hablar, él permaneció unos instantes en silencio.
Parecía confirmar algo que llevaba tiempo buscando.
Marla decidió hacer la pregunta que llevaba desde el día anterior rondando en su cabeza.
—Señor Valverde...
Él levantó la vista.