Las condiciones
Marla permaneció inmóvil.
Durante unos segundos, el silencio fue tan profundo que podía escuchar el suave zumbido del aire acondicionado.
Parpadeó varias veces, convencida de que había entendido mal.
—¿Perdón...? —preguntó al fin.
Adrián no desvió la mirada.
—Quiero que te cases conmigo.
Marla soltó una risa nerviosa.
—Esto... esto es una broma, ¿verdad?
El empresario negó con calma.
—No acostumbro a bromear con asuntos importantes.
Ella se puso de pie de inmediato.
—Creo que vine al lugar equivocado.
Tomó su bolso con intención de marcharse, pero Adrián habló antes de que alcanzara la puerta.
—Si sales ahora, seguirás pensando que estoy loco.
Marla se detuvo.
—Pero si te quedas cinco minutos más, al menos entenderás por qué hice esta propuesta.
No había desesperación en su voz.
Solo seguridad.
Marla respiró hondo.
Cinco minutos.
Eso era todo.
Volvió a sentarse, cruzándose de brazos.
—Tiene exactamente cinco minutos.
Adrián asintió.
—Es suficiente.
Se levantó de su silla y caminó hasta el enorme ventanal que dominaba la ciudad.
—Mi abuelo fundó esta empresa hace más de cincuenta años. Cuando falleció, dejó un testamento con una condición para que yo pudiera conservar el control de Valverde Hotels Group.
Marla frunció el ceño.
—¿Qué condición?
—Debo estar legalmente casado antes de cumplir los cuarenta años.
Ella arqueó una ceja.
—¿Habla en serio?
—Completamente.
Adrián volvió a sentarse frente a ella.
—Si no cumplo esa cláusula, perderé la presidencia del grupo y el control pasará al consejo familiar.
Marla guardó silencio.
Era una situación extraña... pero sonaba demasiado específica para ser inventada.
—¿Y por qué yo? —preguntó.
Él respondió sin titubear.
—Porque no me conocías.
Aquella respuesta la desconcertó.
—Eso no tiene sentido.
—Precisamente sí lo tiene. Durante años conocí mujeres interesadas en mi apellido, en mi dinero o en la imagen pública que podían obtener estando a mi lado. Ayer te observé durante casi una hora. Nunca miraste quién estaba sentado a tu alrededor. Solo estabas concentrada en tu libro.
Marla sintió un leve rubor en las mejillas.
—Eso no significa que sea la persona indicada para casarse con usted.
—No. Pero significa que eres diferente.
El silencio volvió a instalarse entre ambos.
Adrián abrió la carpeta negra.
Dentro había varias hojas perfectamente organizadas.
—Esto es un contrato matrimonial.
Marla observó el documento sin tocarlo.
—Escúchame primero.
Él comenzó a enumerar las condiciones.
—El matrimonio durará exactamente un año.
—Seguiremos nuestras propias vidas, siempre que no afecte la imagen pública del acuerdo.
—Dormitorios separados siempre que sea posible.
—Respeto absoluto entre ambos.
—Ninguna relación sentimental con terceras personas durante la vigencia del contrato.
Marla levantó la mano.
—Un momento.
Él guardó silencio.
—¿Usted pretende que una desconocida acepte casarse con usted solo porque necesita cumplir una cláusula de un testamento?
—No.
Abrió la última página de la carpeta y la giró hacia ella.
—Pretendo compensarte por ello.
Marla bajó la vista.
En la hoja aparecía una cifra que hizo que su respiración se detuviera por un instante.
Era una cantidad de dinero que jamás había imaginado tener.
Suficiente para terminar la universidad.
Ayudar a su familia.
Y comenzar la vida profesional con tranquilidad.
Sintió un nudo en el estómago.
Nunca había visto tantos ceros juntos.
Levantó lentamente la mirada hacia Adrián.
—¿Está dispuesto a pagar todo esto... por un matrimonio falso?
Él respondió con la misma serenidad.
—Estoy dispuesto a pagar por la tranquilidad de saber que ambas partes saldremos beneficiadas.
Marla cerró la carpeta con cuidado.
Su cabeza era un torbellino.
Aquella propuesta era absurda.
Arriesgada.
Y, sin embargo...
También era la solución a todos los problemas que la habían acompañado durante los últimos meses.
Adrián no insistió.
Simplemente se levantó y caminó hasta la puerta de la oficina.
—No necesito una respuesta hoy.
Tomó una segunda copia del contrato y se la entregó.