Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

4

Treinta páginas de mentiras

La carpeta parecía pesar más de lo que realmente pesaba.

Marla la sostenía contra su pecho mientras caminaba sin rumbo por las calles de Santo Domingo. El ruido de los vehículos, las conversaciones de los transeúntes y el sonido de las bocinas se mezclaban en un murmullo lejano.

Su mente estaba en otro lugar.

—Un matrimonio por contrato... —susurró para sí.

Todavía le costaba creer que aquella conversación hubiera ocurrido de verdad.

Al llegar a su apartamento, dejó el bolso sobre el sofá y colocó la carpeta sobre la mesa del comedor.

La observó durante varios minutos.

No quería abrirla.

Temía que, al hacerlo, todo dejara de parecer una locura y empezara a sentirse demasiado real.

Finalmente, respiró hondo y levantó la tapa.

El documento estaba perfectamente organizado.

Treinta páginas.

Cada una con cláusulas, condiciones y firmas preparadas.

Comenzó a leer.

Cláusula primera: ambas partes contraerían matrimonio legal por un período de un año.

Cláusula segunda: el contrato permanecería completamente confidencial.

Cláusula tercera: deberían asistir juntos a eventos públicos y familiares cuando fuera necesario.

Cláusula cuarta: ninguno podría revelar la verdadera naturaleza del matrimonio.

Marla pasó las páginas lentamente.

No era un contrato improvisado.

Había sido preparado por abogados.

Cada detalle estaba previsto.

Mientras avanzaba en la lectura, encontró una cláusula que llamó especialmente su atención.

"La señora Montero podrá continuar con sus estudios y desarrollar su carrera profesional con absoluta libertad. El señor Valverde no interferirá en sus decisiones académicas o laborales."

Frunció el ceño.

Aquello no sonaba como alguien que quisiera controlar su vida.

Siguió leyendo.

Hasta que llegó a la última página.

Allí estaba nuevamente la cifra acordada.

Sintió un vuelco en el estómago.

Con ese dinero podría pagar la universidad, terminar su carrera sin preocupaciones y ayudar a su familia.

Pero... ¿a qué precio?

---

Al mismo tiempo, en el último piso de Valverde Hotels Group, Adrián permanecía de pie frente al ventanal de su oficina.

Samuel entró sin hacer ruido.

—¿Cree que aceptará?

Adrián tardó unos segundos en responder.

—No lo sé.

—Podría buscar a otra persona.

Él negó con la cabeza.

—No quiero a otra persona.

Samuel lo miró sorprendido.

—¿Está seguro de que no está dejando que las emociones influyan en esta decisión?

Adrián esbozó una leve sonrisa.

—Precisamente intento evitarlo.

Se volvió hacia su asistente.

—Necesito una mujer que pueda sostener una mentira sin convertirse en parte del problema.

Samuel cruzó los brazos.

—¿Y cree que Marla es esa mujer?

Adrián recordó la serenidad con la que hablaba de su carrera, la forma en que sonrió al recuperar su hoja perdida y la sinceridad con la que respondió cada pregunta.

—Creo que todavía existe gente que hace las cosas por convicción y no por interés.

Y estaba dispuesto a comprobarlo.

---

Marla cerró la carpeta cuando escuchó sonar el teléfono.

Era Emma.

—¡Por fin contestas! ¿Cómo te fue con ese misterioso empresario?

Marla guardó silencio unos segundos.

—No vas a creerme.

—Inténtalo.

Marla soltó una risa nerviosa.

—Me pidió que me casara con él.

Al otro lado de la llamada hubo un silencio absoluto.

Luego...

—¿¡QUÉ!?

Marla tuvo que apartar el teléfono de la oreja.

—Eso mismo dije yo.

Emma comenzó a hacer preguntas una tras otra.

¿Quién era ese hombre?

¿Estaba loco?

¿Era una estafa?

¿Había llamado a la policía?

Marla respondió como pudo, hasta que ambas terminaron riéndose de lo absurda que sonaba la situación.

Sin embargo, cuando colgó, la sonrisa desapareció.

Porque sabía que, por absurda que pareciera...

La propuesta era completamente real.

Miró una vez más el contrato.

Después tomó un bolígrafo.

Lo sostuvo sobre la última página.

La punta rozó el espacio destinado a su firma.

Su corazón latía con fuerza.

Solo necesitaba escribir su nombre.

Pero antes de hacerlo...

Sonó el timbre de la puerta.

Marla dejó el bolígrafo sobre la mesa y caminó hasta la entrada.

Al abrir, encontró a un mensajero con un elegante sobre color marfil.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.