Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

17

Capítulo 17

La voz en la oscuridad

El eco de aquella voz recorrió la antigua estación.

Marla sintió que un escalofrío le recorría la espalda.

Miró a Adrián.

Él ya se había colocado delante de ella, como si su primer impulso fuera protegerla.

Samuel intentó abrir la pesada puerta de hierro.

Empujó una vez.

Luego otra.

No se movió ni un centímetro.

—Está cerrada desde afuera —dijo entre dientes.

La voz volvió a escucharse por los viejos altavoces.

—No se molesten. Nadie entrará... y nadie saldrá hasta que yo lo decida.

Marla dio un paso al frente.

—¿Quién eres?

Una risa grave respondió.

—La pregunta correcta no es quién soy...

Es por qué ustedes están aquí.

Adrián levantó la vista hacia los altavoces.

—Si querías hablar conmigo, no era necesario involucrarla.

—¿De verdad sigues creyendo que todo gira alrededor de ti?

El silencio se apoderó del lugar.

—Ella siempre fue la pieza más importante del tablero.

Marla sintió que el corazón le golpeaba el pecho.

—¡Deja de hablar con acertijos!

La voz guardó silencio durante unos segundos.

—Abre la caja.

Los tres dirigieron la mirada hacia la vieja caja de madera que seguía dentro del casillero número veintisiete.

Adrián negó con firmeza.

—Primero da la cara.

Otra risa.

—Todavía no.

Aún no has aprendido que aquí las reglas las pongo yo.

Marla respiró profundamente.

Sin esperar la aprobación de nadie, tomó la caja entre sus manos.

Era más pesada de lo que imaginaba.

La colocó sobre un banco de madera cubierto de polvo.

El pequeño candado estaba oxidado.

Samuel encontró una barra de hierro en el suelo y, tras varios intentos, logró romperlo.

La tapa se abrió lentamente.

Dentro había un álbum de fotografías, un reloj de bolsillo idéntico al encontrado entre las cenizas del hotel y una carta sellada con cera roja.

Marla tomó el álbum.

Las primeras páginas mostraban imágenes antiguas de una familia sonriente.

Niños jugando.

Cumpleaños.

Viajes.

Pero al pasar una hoja, sus dedos se detuvieron.

La fotografía mostraba a un hombre joven estrechando la mano de otro.

Marla reconoció de inmediato a uno de ellos.

Era Adrián... muchos años más joven.

El otro hombre era desconocido para ella.

Adrián, en cambio, quedó completamente inmóvil.

—No...

Susurró casi sin voz.

—Es imposible.

Marla levantó la mirada.

—¿Lo conoces?

Adrián tardó unos segundos en responder.

—Sí.

Es Leonardo Rivas.

Pero esta fotografía fue tomada años antes de que trabajáramos juntos.

Samuel abrió los ojos con sorpresa.

—Entonces ustedes ya se conocían.

—No...

Eso es lo imposible.

Jamás lo había visto antes de contratarlo.

La voz volvió a escucharse.

—La memoria puede ser más frágil de lo que imaginas, Adrián.

Y algunas personas llevan décadas viviendo una historia que nunca ocurrió como les hicieron creer.

Antes de que alguien pudiera responder, todas las luces de emergencia de la estación se apagaron al mismo tiempo.

La oscuridad los envolvió por completo.

Solo se escuchaba la respiración agitada de los tres.

Y entonces...

Un sonido de pasos.

Lentos.

Firmes.

Cada vez más cerca.

Marla buscó la mano de Adrián casi por instinto.

Él la sujetó con fuerza.

Ninguno dijo una palabra.

Porque quien caminaba hacia ellos...

Ya no estaba oculto detrás de un altavoz.

Estaba dentro de la estación.

Continuará...




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