Los sueños que cabían en una libreta
Marla siempre llevaba una pequeña libreta azul en su mochila.
No era elegante ni costosa. Las esquinas estaban dobladas y algunas páginas tenían manchas de café. Para cualquiera habría parecido una libreta común, pero para ella era el lugar donde guardaba sus mayores sueños.
Cada vez que descubría un hotel interesante, anotaba ideas.
"La recepción debe hacer sentir al huésped como en casa."
"Una sonrisa vale más que un discurso aprendido."
"Quiero crear un lugar al que las personas deseen volver, no solo por las habitaciones, sino por cómo las hicieron sentir."
Emma solía burlarse de ella.
—¿Otra vez escribiendo?
Marla levantó la vista y sonrió.
—Las ideas se olvidan si no las anotas.
—El día que abras tu propio hotel, esa libreta va a terminar en un museo.
Las dos rieron.
Después de clases caminaron hasta un pequeño parque cercano a la universidad.
Era uno de sus lugares favoritos.
Se sentaron bajo un viejo árbol mientras compartían una botella de jugo y hablaban del futuro.
—¿Nunca has pensado en enamorarte? —preguntó Emma de repente.
Marla soltó una pequeña carcajada.
—Ahora mismo me preocupa más aprobar los exámenes.
—No cambies de tema.
Marla suspiró.
—Claro que me gustaría enamorarme algún día... pero quiero que sea de verdad. Sin mentiras, sin intereses y sin tener que fingir ser alguien que no soy.
Emma la observó con una sonrisa.
—Eres una romántica, aunque intentes ocultarlo.
Marla negó entre risas.
—Tal vez un poquito.
Ninguna de las dos imaginaba que, unos meses después, la palabra fingir tendría un significado completamente diferente para ella.
El sol comenzaba a ocultarse cuando emprendieron el camino de regreso.
Antes de llegar a la parada del autobús, Marla sintió que alguien la observaba.
Se giró.
Solo había personas caminando con prisa, vendedores ambulantes y el ruido habitual de la ciudad.
—¿Qué pasa? —preguntó Emma.
—Nada... creo que fue mi imaginación.
Sonrió para restarle importancia.
Pero, al otro lado de la calle, un hombre bajó lentamente el teléfono con el que acababa de tomarle una fotografía.
La observó alejarse sin llamar la atención.
Después hizo una llamada.
—Sí... sigue sin sospechar nada.
Guardó el teléfono en el bolsillo y desapareció entre la multitud.
Mientras tanto, Marla continuó caminando con la misma tranquilidad de siempre.
Aún no lo sabía.
Pero aquella tarde, sin darse cuenta, acababa de convertirse en el centro de un juego mucho más grande que ella.