La confesión
El viejo casete descansaba sobre el escritorio.
Adrián lo observó durante unos segundos sin atreverse a tocarlo.
Era la voz de su padre.
O, al menos, eso decía la etiqueta.
Samuel encontró un antiguo reproductor en uno de los estantes del despacho.
Después de varios intentos, logró hacerlo funcionar.
El mecanismo comenzó a girar lentamente.
Un sonido de interferencia llenó la habitación.
Y entonces...
La voz de Eduardo Valverde rompió el silencio.
—Si alguien está escuchando esta grabación... significa que ya no estoy vivo.
Marla sintió un escalofrío.
Adrián cerró los ojos.
Hacía años que no escuchaba la voz de su padre.
—No sé cuánto tiempo ha pasado desde que grabé esto, pero hay errores que nunca dejan de perseguirte.
La cinta emitió un pequeño ruido.
Después continuó.
—Leonardo no fue el único culpable.
Adrián abrió los ojos de golpe.
Samuel intercambió una mirada con Marla.
Ninguno dijo una palabra.
—Todos cometimos errores.
Yo...
Leonardo...
Y alguien más.
Alguien que siempre permaneció en las sombras.
La respiración de Adrián se aceleró.
Por primera vez, su padre admitía que la historia que él conocía estaba incompleta.
La grabación siguió.
—Si esa persona descubre que esta cinta existe...
Buscará destruirla.
Porque conoce un secreto capaz de acabar con todo lo que construimos.
De pronto, la cinta comenzó a distorsionarse.
La voz se volvió casi incomprensible.
Solo pudieron distinguir unas pocas palabras.
"...la niña..."
"...protegerla..."
"...prométeme que nunca..."
Y entonces...
Silencio.
El casete dejó de girar.
Samuel intentó hacerlo avanzar.
Nada.
Lo rebobinó.
La cinta estaba cortada.
Alguien había arrancado el resto de la grabación.
—No... —murmuró Adrián.
Golpeó el escritorio con frustración.
—¡Faltaba la parte más importante!
Marla tomó la mitad del casete entre sus manos.
No parecía un accidente.
El corte era limpio.
Alguien lo había hecho con mucho cuidado.
Mientras examinaba la carcasa de plástico, notó algo extraño.
Había un pequeño papel doblado oculto dentro.
Lo sacó lentamente.
Era un recibo de una caja de seguridad bancaria.
Número 315.
Con una fecha de hacía veintidós años.
Samuel sonrió por primera vez en toda la noche.
—Tal vez tu padre sabía que la cinta podía ser encontrada.
Adrián levantó la vista.
—¿Crees que escondió el resto?
—Es la única explicación.
Marla observó el recibo.
En la parte inferior había una frase escrita con la misma letra de Eduardo Valverde.
"La segunda mitad contiene la verdad."
Los tres permanecieron en silencio.
Durante meses habían perseguido respuestas.
Y ahora sabían que la confesión estaba incompleta.
Pero antes de que pudieran abandonar la mansión, el teléfono de Adrián comenzó a sonar.
Número desconocido.
Contestó.
No hubo saludo.
Solo una voz fría.
—No cometan el error de buscar la caja de seguridad.
Adrián apretó el teléfono.
—¿Quién habla?
La persona ignoró la pregunta.
—Si abren esa caja...
Uno de ustedes no regresará con vida.
La llamada terminó.
Marla sintió que el miedo volvía a instalarse en su pecho.
Miró el recibo.
Luego a Adrián.
Sabían que era una trampa.
Pero también sabían que ya era demasiado tarde para dar marcha atrás.
Continuará...