La caja 315
La amenaza seguía resonando en la mente de los tres.
"Si abren esa caja... uno de ustedes no regresará con vida."
Samuel rompió el silencio.
—Todavía estamos a tiempo de detenernos.
Adrián negó con firmeza.
—No.
Llevamos demasiado tiempo persiguiendo respuestas.
No pienso retroceder ahora.
Marla dio un paso a su lado.
—No irás solo.
Él la miró con preocupación.
—Marla...
—No intentes convencerme. Todo esto también tiene que ver conmigo.
Por un instante, ninguno de los dos habló.
Adrián terminó sonriendo con resignación.
—Está bien.
Pero no te apartes de mí.
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A la mañana siguiente llegaron al banco donde, según el recibo, se encontraba la caja de seguridad número 315.
Era un edificio antiguo, elegante y silencioso.
Un empleado los condujo hasta la bóveda subterránea.
—La caja está registrada a nombre del señor Eduardo Valverde —explicó—. Según sus instrucciones, solo puede abrirse en presencia de un heredero directo.
Adrián presentó su identificación.
El empleado asintió y giró dos llaves al mismo tiempo.
La pesada puerta metálica se abrió lentamente.
Dentro había una caja negra.
Nada más.
Adrián la tomó con cuidado y la colocó sobre una mesa.
Marla sintió que el corazón le latía con fuerza.
Era el momento que habían estado esperando.
Al abrirla encontraron un sobre, un reloj de bolsillo idéntico a los anteriores y una memoria USB.
Samuel conectó la memoria a una computadora del banco.
Esta vez el archivo comenzó a reproducirse sin problemas.
En la pantalla apareció Eduardo Valverde.
No era una grabación de voz.
Era un video.
Su rostro reflejaba cansancio.
Y miedo.
—Si estás viendo esto, Adrián... significa que fracasé.
Respiró profundamente antes de continuar.
—Durante años te mentí para protegerte.
También mentí sobre Leonardo.
Él no traicionó a la empresa.
Intentó impedir que alguien mucho más poderoso destruyera nuestra familia.
Marla y Samuel intercambiaron una mirada de sorpresa.
Eduardo bajó la cabeza.
—Yo fui quien tomó la peor decisión de mi vida.
Y la pagué demasiado tarde.
La imagen comenzó a distorsionarse por unos segundos.
Cuando volvió a verse con claridad, Eduardo pronunció unas palabras que dejaron a los tres sin aliento.
—Si Marla Montero llegó hasta ti...
No la apartes de tu lado.
Porque ella...
Antes de que pudiera terminar la frase, la pantalla se volvió completamente negra.
Samuel golpeó el teclado.
—¡No puede ser!
El archivo estaba dañado.
Los últimos segundos del video habían desaparecido.
Adrián apretó los puños con impotencia.
Otra vez.
Siempre faltaba la parte más importante.
En ese momento, sonó la alarma del banco.
Las luces comenzaron a parpadear.
Los empleados corrían por los pasillos.
Un guardia abrió la puerta de la bóveda.
—¡Tienen que salir ahora mismo!
—¿Qué está pasando? —preguntó Samuel.
El hombre respiraba con dificultad.
—Alguien acaba de entrar armado al edificio...
Y preguntó específicamente por ustedes.
Continuará...