La verdad tiene dos versiones
La lluvia caía con fuerza sobre la ciudad cuando el automóvil de Adrián se detuvo frente a una vieja cabaña de madera, escondida entre los árboles.
Samuel apagó el motor.
—Es aquí.
Marla miró por la ventana.
El lugar parecía abandonado.
Las tablas de la fachada estaban desgastadas por el tiempo y una tenue luz se filtraba por una de las ventanas.
—¿Y si es una trampa? —preguntó.
Adrián tomó su mano.
—Si lo es, la enfrentaremos juntos.
Ella sintió un leve calor recorrer su pecho.
Por primera vez, aquel gesto no formaba parte del contrato.
Era completamente sincero.
Los tres caminaron hasta la puerta.
Adrián llamó dos veces.
Nadie respondió.
Cuando estaba a punto de insistir, la puerta se abrió lentamente.
Un hombre de unos sesenta años apareció frente a ellos.
Tenía el cabello completamente canoso, la barba descuidada y profundas ojeras.
Pero sus ojos seguían transmitiendo inteligencia.
—Pensé que tardarían más en encontrarme —dijo con calma.
Marla lo observó.
Aquel hombre no tenía el aspecto de un criminal.
Parecía alguien que llevaba demasiados años huyendo.
—¿Leonardo Rivas? —preguntó Adrián.
El hombre asintió.
—Sí.
Y supongo que vienes a exigir respuestas.
Entraron en la cabaña.
No había lujos.
Solo una mesa, cuatro sillas y una estantería llena de carpetas.
Leonardo tomó una fotografía enmarcada.
Era una imagen antigua.
En ella aparecían Eduardo Valverde, él... y una mujer joven cargando a una bebé.
Colocó la fotografía sobre la mesa.
—Todo comenzó el día en que esa niña nació.
Marla sintió un escalofrío.
—¿Quién es la bebé?
Leonardo levantó la mirada hacia ella.
—Eso es lo que intenté proteger durante más de veinte años.
Adrián dio un paso al frente.
—Mi padre dijo que tú intentaste destruir a nuestra familia.
Leonardo dejó escapar una amarga sonrisa.
—Tu padre mintió.
Pero no porque fuera un mal hombre.
Mintió porque alguien lo obligó.
Samuel frunció el ceño.
—¿Quién?
Leonardo caminó hasta un viejo armario y sacó una carpeta gruesa.
La dejó sobre la mesa.
—Aquí están los documentos originales que todos intentaron desaparecer.
No había fraude.
No hubo robo.
Solo una traición.
Pero no fue la mía.
Adrián abrió lentamente la carpeta.
Dentro encontró contratos, fotografías y una carta firmada por Eduardo.
Su respiración se aceleró.
Era la prueba que llevaba meses buscando.
Sin embargo, antes de que pudiera leerla, el sonido de un motor interrumpió el silencio.
Leonardo se asomó por la ventana.
Su rostro perdió todo el color.
—Nos encontraron...
Varios vehículos negros acababan de rodear la cabaña.
Hombres armados descendían de ellos.
Leonardo dio un paso atrás.
—Escúchenme con atención...
Si hoy caigo, ustedes deben llevar esa carpeta a la prensa.
Es la única forma de detenerlos.
Un disparo rompió el cristal de la ventana.
Marla gritó.
Adrián la protegió de inmediato.
La puerta principal recibió un fuerte golpe.
Después otro.
Y otro más.
Hasta que comenzó a ceder.
Leonardo respiró profundamente.
Miró a Marla por última vez.
Y pronunció unas palabras que la dejaron completamente paralizada.
—Perdóname...
Te prometí que nunca permitiría que supieras quién eres.
Continuará...