Capítulo 28
El nombre que nunca conoció
Marla no podía apartar la vista de la fotografía.
La bebé sonreía inocentemente, ajena al misterio que la rodearía durante toda su vida.
Sus manos temblaban.
—¿Qué significa esto...? —susurró.
Adrián tomó la fotografía y volvió a leer la frase escrita al reverso.
"Su verdadero nombre nunca fue Marla."
Samuel comenzó a revisar el resto del contenido de la mochila.
—Aquí hay más.
Sacó un sobre amarillento, sellado con cera.
En el frente estaba escrito:
"Solo Marla puede leer esta carta."
Ella respiró hondo.
Rompió el sello lentamente.
Dentro encontró una carta escrita a mano.
Reconoció la letra de Leonardo.
«Marla:
Si estás leyendo estas líneas, significa que ya no estoy para protegerte. Perdóname por guardar silencio durante tantos años. Lo hice porque era la única forma de mantenerte con vida.
Lo primero que debes saber es que Hilda y Enrique son tus verdaderos padres en todo lo que realmente importa. Ellos te criaron, te amaron y te dieron una vida llena de cariño. Nunca permitas que nadie te haga dudar de eso.
Sin embargo, existe una verdad que te ocultaron desde el día en que naciste.»
Marla sintió que las lágrimas comenzaban a caer.
Continuó leyendo.
«No cambies tu vida por lo que descubrirás. Tu pasado explica muchas cosas, pero no define la mujer en la que te has convertido.»
Al llegar al final de la hoja, encontró una dirección.
No era una casa.
Era un monasterio ubicado en las montañas.
Y una fecha.
17 de octubre de 2004.
Samuel tomó el documento.
—Ese lugar cerró hace casi veinte años.
Adrián frunció el ceño.
—Entonces, ¿por qué quiere que vayamos allí?
Antes de que alguien respondiera, cayó un pequeño objeto del interior del sobre.
Era un medallón de plata.
Marla lo abrió.
Dentro había dos fotografías diminutas.
En una aparecía ella siendo un bebé.
En la otra, una mujer joven sonreía mientras la abrazaba.
Marla nunca había visto ese rostro.
Pero sintió algo imposible de explicar.
Una mezcla de nostalgia.
Y tristeza.
Como si, en algún lugar de su memoria, aquella mujer siempre hubiera existido.
Adrián observó el medallón.
En la parte trasera había una inscripción grabada.
"Para mi pequeña Lucía. Nunca dejaré de buscarte."
Marla quedó paralizada.
Lucía.
Ese era el nombre.
No el suyo.
O al menos...
No el que había conocido durante toda su vida.
En ese momento sonó el teléfono de Samuel.
Contestó rápidamente.
Escuchó durante unos segundos.
Su expresión cambió por completo.
—Adrián...
—¿Qué ocurre?
Samuel tragó saliva.
—Encontraron la cabaña.
Adrián respiró hondo.
—¿Y Leonardo?
Samuel bajó lentamente el teléfono.
—No encontraron ningún cuerpo.
Los tres se quedaron en silencio.
Si Leonardo no estaba muerto...
Solo existían dos posibilidades.
Había logrado escapar.
O alguien se lo había llevado.
Y cualquiera de las dos cambiaba completamente el juego.
Continuará...