Mi esposo por contrato… hasta que dejó de fingir

29

Capítulo 29

El monasterio del silencio

El amanecer encontró a Marla despierta.

El medallón seguía entre sus manos.

Lo abrió una vez más.

La inscripción no había cambiado.

"Para mi pequeña Lucía. Nunca dejaré de buscarte."

Cada vez que leía aquellas palabras, sentía que una parte de su vida se desmoronaba.

Adrián entró en la sala con dos tazas de café.

—No dormiste, ¿verdad?

Marla negó con una leve sonrisa.

—¿Cómo dormir después de descubrir que quizás ni siquiera conozco mi verdadero nombre?

Adrián se sentó a su lado.

—Escúchame bien.

Ella levantó la mirada.

—No importa cómo te llamaras al nacer.

Para mí sigues siendo Marla.

Porque ese es el nombre de la mujer que conocí... y de la que...

Se detuvo antes de terminar la frase.

Marla sintió que el corazón se aceleraba.

Adrián desvió la mirada, incómodo.

—Lo que intento decir es que un nombre no cambia quién eres.

Ella sonrió por primera vez en días.

—Gracias.

---

Horas después, los tres emprendieron el viaje hacia el antiguo monasterio.

El camino ascendía entre montañas cubiertas por una espesa neblina.

Después de casi tres horas de viaje, las ruinas aparecieron frente a ellos.

El edificio era enorme.

Las paredes de piedra seguían en pie, aunque el tiempo había dejado profundas grietas.

Las puertas de madera estaban entreabiertas.

Samuel observó el lugar.

—Hace años que nadie vive aquí.

Adrián no estaba tan seguro.

—Alguien limpia el camino.

Miren las huellas.

Marla bajó del vehículo.

El aire era frío.

Extrañamente tranquilo.

Empujó la puerta principal.

Un largo chirrido rompió el silencio.

El interior estaba cubierto de polvo...

Excepto por un pasillo.

Alguien había pasado por allí recientemente.

Siguieron las marcas hasta llegar a una pequeña capilla.

En el centro había un altar de piedra.

Y sobre él...

Una caja de madera.

Marla se acercó lentamente.

La tapa tenía grabado el mismo símbolo que aparecía en su medallón.

Al abrirla encontró un cuaderno de cuero.

En la primera página podía leerse:

"Diario de Sor Helena."

Pasó la siguiente hoja.

La letra era elegante.

«17 de octubre de 2004.»

«Hoy llegó una bebé. La trajeron antes del amanecer. Quien la dejó aquí lloraba desconsoladamente y solo repetía una frase: "Prométame que nadie encontrará a mi hija".»

Marla sintió un nudo en la garganta.

Continuó leyendo.

«La pequeña llevaba un medallón con el nombre Lucía.»

Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.

Antes de seguir leyendo, escucharon un ruido detrás del altar.

Adrián se giró inmediatamente.

—¿Quién está ahí?

Una figura salió lentamente de las sombras.

Era una anciana con un hábito gris.

Su cabello completamente blanco caía sobre los hombros.

Los observó durante unos segundos.

Cuando sus ojos se encontraron con los de Marla, sonrió con tristeza.

—Has tardado mucho en regresar...

Lucía.

Marla dio un paso atrás.

—Yo... yo soy Marla.

La anciana negó con suavidad.

—Ese fue el nombre que te dieron para protegerte.

Pero yo estuve aquí...

El día en que llegaste.

Y jamás olvidé tu verdadero rostro.

Continuará...




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